Luis Muñoz Fernández

Gabriele Nissim, periodista italiano de ascendencia judía, cita en su libro “La bondad insensata” a Vasili Grossman, escritor ruso también judío: “Yo no creo en el bien, creo en la bondad. […] Es la bondad de un hombre para con otro hombre, una bondad sin testigos, pequeña, sin grandes teorías. La bondad insensata podríamos llamarla. La bondad de los hombres más allá del bien religioso y social”.

Nissim escribe inspirado en el juez Moshe Bejski, artífice del Jardín de los justos de Jerusalén, iniciativa del Estado de Israel que reconoce a quienes, sin ser de confesión judía o extranjeros, merecen especial consideración por haber salvado la vida a algún judío, particularmente durante el Holocausto o Shoah.

Bejsi, quien afirmaba que sólo a partir de un pesimismo razonable se puede ser razonablemente optimista, citaba al emperador Marco Aurelio: “No esperes ver establecida la república de Platón; antes bien conténtate con que se promueva un poquito de utilidad pública; ni pienses tampoco que ese pequeño progreso sea escaso fruto de tu trabajo”.

También decía que quizá todos tenemos una fuerza interior con la que podemos remediar una injusticia con pequeñas acciones: “No se trata de buscar la excelencia, la coherencia absoluta y el heroísmo… […] Por el contrario, puede convertirse en ‘justo’ incluso quien tiene el valor de romper con el conformismo y llevar a cabo un único acto de bien, de amor o de justicia”.

No sé si mi hermano Alejandro podría ser calificado de justo en el sentido mencionado, pero de lo que no tengo duda -nadie que lo conoció la tiene- es que siempre estuvo dispuesto a ayudar a los demás, a resolver todo tipo de problemas ajenos sin recibir más que cariño a cambio.

De todo aquello que movía sus acciones benefactoras, las más poderosas fueron siempre la injusticia y la pobreza, a las que nunca quiso ser indiferente. En nuestras conversaciones cotidianas fueron el combustible de la indignación que hacía restallar el látigo verbal contra los poderes materiales y espirituales de este mundo.

Provenimos de familias comunes que superaron a base de esfuerzo y tesón las penurias de la Guerra Civil española y, sobre todo, de la posguerra, cuando la escasez de lo más elemental se hizo particularmente amenazadora. Nos heredaron un espíritu de lucha contra la adversidad. Y Alejandro luchó siempre a favor de muchos, pero en especial de los más pobres. No le arredró la magnitud de las dificultades. Era un insensato.

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