Noé García Gómez

Desde hace más de 40 años hay un conflicto de tierras entre dos pueblos chiapanecos, el de Aldama y Chenalhó, este último es donde se originó el grupo paramilitar que perpetuó la masacre de Acteal en el año 1997 y auspiciado y encubierto por el priismo de la época, ya que le servían de porros y grupo de choque para su dominio electoral. En 2016 la violencia se reactivó y escaló, provocando desplazados, muertos y heridos.

El grupo de Las Abejas de Acteal ha denunciado: “Sin más preámbulo y sin pena y miedo, denunciamos que el conflicto entre los pueblos de Aldama y Santa Martha Chenalhó, en el estado de Chiapas, es consecuencia directa de la impunidad de la guerra de contrainsurgencia en Chiapas y el caso de la Masacre de Acteal”. En aquellos tiempos del priismo una práctica era la de crear y administrar conflictos que parezcan intercomunitarios con el objetivo de romper el tejido social y comunitario de los pueblos originarios, y así imponer sus megaproyectos, la agrupación de Las Abejas dice “ahora de eso se encarga el gobierno de la ‘4 Transformación’”, agregan “¿Por qué a casi 23 años de la Masacre de Acteal, en lugar de investigar y llevar a juicio a los paramilitares autores materiales e intelectuales, en Chenalhó reviven la violencia y los desplazamientos forzados? Por qué las armas de los paramilitares que usaron en la masacre de Acteal nunca fueron decomisadas, al contrario, las mismas autoridades municipales, estatales y federales han permitido la violencia usando armas como medio de arreglar cualquier diferencia política e ideológica”.

Lo peor de todo es que llegó, -como casi todo llega- a la mañanera del presidente López Obrador y ahí más que exigir justicia y garantizar castigo el presidente con una risa ruidosa y burlona descalificó las masacres y minimizó el conflicto; el presidente junto a su subsecretario Alejandro Encinas -ambos hombres que se nombran como de izquierda- colocaron el mismo nivel a las víctimas y a los victimarios; con ello encubriendo a los grupos paramilitares del sur del país. ¿Cómo es posible que una de las luchas más arraigadas de la izquierda, como el combate a la represión, la guerra sucia y el uso del paramilitarismo, hoy sea tolerado por un gobierno que se autodenomina de izquierda?

Organizaciones civiles y sociales han aportado videos, testimonios y distintas pruebas donde grupos paramilitares y autoridades estatales agreden, persiguen, acosan, golpean y encarcelan por sus ideas políticas a los habitantes de Aldama.

La organización tzotzil ha manifestado abiertamente: “Ante la escalada de violencia resurgida en Chenalhó, en donde los mismos patrones y tácticas de terror y de muerte se repiten, les preguntamos directamente a Andrés Manuel López Obrador y a Alejandro Encinas, ¿creen que los ‘acuerdos amistosos’, son las herramientas eficaces en los casos en los que niñas y niños, ancianos y ancianas, mujeres y hombres en Aldama y Santa Martha, están pasando frío, hambre, hasta incluso están al borde de la muerte?”.

La realidad es que una paz sin justicia no es paz, es simplemente deshacerse del problema, no se puede aceptar una justicia a medias.