Alicia de J. Giacinti Comte

Agustín Yáñez es mi favorito entre los escritores mexicanos y hoy quiero comentar “Al filo del agua” de la que se ha dicho que cierra el ciclo de la Novela de la Revolución Mexicana y fue la primera novela mexicana a la altura de las europeas del siglo XX.
Agustín Yáñez nació en 1904, en Guadalajara, capital del Estado de Jalisco, en donde nacieron algunos de los más conspicuos representantes de la literatura mexicana del siglo pasado. Baste por ahora con recordar a Juan Rulfo, a Mariano Azuela, a Juan José Arreola y a Francisco González León. Algo tendrá Jalisco para que de ahí proceda esa pléyade de escritores.
Yáñez fue gobernador de su estado de 1953 a 1959 y Secretario de Educación Pública de 1964 a 1970. Antes de ocupar la gubernatura ya había publicado, en 1947, su obra maestra que es “Al filo del agua” y, previamente, en 1941, esa obrita llena de ternura que se llama “Flor de juegos antiguos”, en la que repasa todos aquellos juegos que nos fascinaron a los niños que nacimos sin televisión, sin videojuegos y sin internet. Más adelante publicó “La creación” (1959), “La tierra pródiga” (1960) localizada en Bahía de Banderas, “Ojerosa y pintada” (1960), “Las tierras flacas” (1962), ambientada en lugares limítrofes de Jalisco con Aguascalientes, por El Llano, y Tres cuentos (1964). No volvió a publicar ficción hasta 1975 con “Vueltas del tiempo”, pero sí ensayos con los más diversos temas. Yáñez, abogado de profesión y escritor y maestro por vocación, murió en enero de 1980. Perteneció al Seminario de Cultura Mexicana, al Colegio Nacional y a la Academia Mexicana de la Lengua. Recibió el Premio Nacional de Letras, en 1973.
“En Al filo del agua” hay un alto nivel narrativo y poético. Yáñez señaló que el título que le dio a su obra corresponde a un antiguo dicho de la región, cuando la lluvia es inminente. En el caso de su novela, lo que es inminente es la Revolución Mexicana.
La adopción de nuevas corrientes narrativas cerró el ciclo de la novela de la Revolución. Aunque el tema continúa persiguiendo a los autores, queda superado el regionalismo fácil en nombre de una obra de arte que retrata el conflicto en un plano universal. Los novelistas han adquirido técnicas, fondo filosófico y planteamientos metafísicos de la novela europea de la posguerra. Las angustias, desasosiegos y los desgarramientos de las nuevas generaciones dan lugar a una novela en que lo esencial es el fluir de la conciencia y en la que Agustín Yáñez se revela como un laborioso maestro. Es una realidad que pocos escritores han hecho tan sobresaliente contribución al desarrollo de la novela contemporánea en Hispanoamérica como este autor. Quizá podríamos mencionar también a mi admirado cubano, Alejo Carpentier, de quien hablaré en otra colaboración.
Si fuera preciso señalar un tema puntual de “Al filo del agua”, éste sería la inminencia de la revolución en un medio cerrado y depresivo. En su transcurso se manifiestan las nuevas ideas y las crisis a partir de ese mundo obtuso. La novela, de inspiración provinciana, está situada en un pueblo de Jalisco, muy característico por su geografía de áridos contornos y en una zona de difícil comunicación con el resto del país. El autor nos describe el ambiente en una sociedad en la que la religión juega un papel preponderante, situación que, en mayor o menor grado, comparten los países de América Latina y de otras latitudes.
No hay equilibrio en la distribución de las subdivisiones de la obra, ya que encontramos capítulos grandes y chicos, al igual que párrafos largos y cortos.
En su desarrollo, los planos se derrumban, los hay simultáneos, cruzados como un montaje y a veces el espacio es pura metáfora. No hay un orden en los episodios, el argumento parece deshilachado, pero los flecos a veces se juntan.
La presentación organizada por el autor se inicia con “Acto preparatorio” que al decir del autor fue lo último que escribió y que es una verdadera síntesis de toda la novela. Es en sí otro recurso literario, el código de la novela: escrito con otro tipo de letra, contiene el germen de todo lo que va a desarrollar y hasta las figuras retóricas que se utilizan en su conjunto. Luego dieciséis partes, cada una dividida en otras menores. Los capítulos del uno al siete son presentaciones, identificaciones. El octavo, parte central de la obra, es “Canicas”, metáfora de la vida de la gente del pueblo que, como dice el viejo Lucas, son canicas que ruedan sin salirse de un límite preestablecido en el tiempo y el espacio. Lucas Macías es quien representa la tradición oral, hace alegorías, saca historias del pasado para explicar el presente. La novela es una serie de cuadros y sucedidos en un pueblo seco sin árboles ni huertos. Un pueblo de mujeres enlutadas, donde los deseos disimulan su respiración, un pueblo de ánimas vivas, un pueblo de templadas voces, un pueblo sin estridencias, sin fiestas. Como dice Yáñez en la conclusión del Acto preparatorio, un pueblo donde “pasa la vida. Llega la muerte. O el amor. El amor, que es la más extraña, la más extrema forma de morir; la más peligrosa y temida forma de vivir el morir”. Desde las casas emana el aire del misterio y hermetismo que sombrea las calles y el pueblo. De las torres bajan las órdenes que rigen el andar de la vida toda. Campanadas a hora fija, clamores, repiques. El personaje central es colectivo, el pueblo en su conjunto. Individualmente los personajes son complejos, inmóviles, interiores y muy trabajados en el aspecto psicológico, por ejemplo, en el primer capítulo, nos parece entrar a la mente de Timoteo, pero es el narrador quien entra en ella y nos cuenta lo que está pasando ahí, como lo hará con los conflictos amorosos y existenciales de Mercedes y otros habitantes de ese pueblo “cuyo nombre no importa recordar”. Todo lo que sabemos de esos personajes es a nivel interno, los conocemos más por dentro que por fuera, acerca de su físico prácticamente no se nos dice nada. Su carácter, sus reflexiones, su personalidad, su manera de ver el mundo circundante está pintado con esa pincelada insistente que repasa el color hasta dejarlo bien definido.
El poder de la religión lo ejerce el señor cura Don Dionisio, quien con su celo extremo controla todos los momentos de la vida de los feligreses. Su percepción del sacerdocio lo induce a desterrar de su vida personal, y de la de sus “ovejas”, hasta la más ligera manifestación de libertad de expresión, de alegría o de ternura por sus semejantes. Con todo, su autoridad no impide que se cometan abusos, típicos de las sociedades latifundistas.
Hacia el final, el ritmo repetitivo y creciente del relato, desemboca ya en actitudes de autorreflexión y de protestas más o menos veladas, que irán anunciando el desenlace previsto: la revolución. Y sí, es que algunos regresan a romper el orden como Micaela con su ropa colorida y sus novedades de la capital y los braceros que regresan del norte con ideas disolventes. Fuereña es Victoria quien primero es aceptada, luego rechazada por su modernidad y obligada a salir del pueblo. El campanero Gabriel, enamorado, cuando la vio partir desde su torre, la despidió con un concierto de campanas. Después, Gabriel se irá del pueblo como se irá María, una de las sobrinas del cura, a quien le gustaba leer y que se escapa furtivamente arrastrada por la fuerza de la Revolución que pasa una noche por el pueblo. Cierra el texto “El Cometa Halley”. El punto de vista es microscópico, telescópico y hasta ubicuo, a la manera de Proust. Como en las obras modernas, hay en esta novela intertextualidad: oraciones y expresiones en latín, notas periodísticas, poesía, construcción religiosa, cultura popular y plástica, repeticiones, a manera de letanía, con frases largas seguidas de otras de una sola palabra, enumeraciones polisindéticas. Por supuesto, hay monólogo interior y flujo de conciencia, soliloquios y diálogos en cabezas atormentadas, símbolos y alegorías, verbosidad… Yáñez no es un escritor realista, es más bien un retratista con fundamentos estéticos, intercalando una cadencia poética en su obra; su forma está comprometida con su temática.
Los invito a leer “Al filo del agua”, les aseguro que la disfrutarán.