Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Anteayer en la Mañanera, la secretaria de Seguridad (?) Pública del país, hay que decirle de alguna manera, anunció pomposamente ante el licenciado López Obrador (ancho de satisfacción, gordo como gato capón), la sensible baja en el índice de delitos de competencia federal, lo que anuncia, sin duda, que estamos entrando en una era de paz, semejante al de la Arcadia feliz. La señora no tomó en cuenta (supongo que intencionalmente) los datos últimos de la semana anterior, lo que le hubiera arruinado el porcentaje y su optimista presentación. Decía Benjamín Disraeli, el estadista inglés, que había mentiras, mentirotas y estadísticas. Si hoy me como un pollo entero y mi vecino se queda sin comer, estadísticamente cada uno habrá comido medio pollo. Si los 108  homicidios violentos del domingo los atribuimos al crimen organizado, los cargaríamos a los números de la seguridad nacional, si la Federación se hace de la vista gorda y los deja, en principio, a la intervención de las autoridades locales, engrosarán la cuenta de las estadísticas de las entidades federativas y el Gobierno Federal lo podrá mostrar como logro a nivel nacional.

No obstante, el esfuerzo por maquillar las cifras es infructuoso, la percepción de inseguridad permea a lo largo y ancho del país. La violencia generalizada nos coloca en los primeros lugares mundialmente hablando, con excepción de los países en guerra abierta.

Sin duda lleva razón el presidente al considerar que hay condiciones estructurales que son ocasión (no causa) de la criminalidad y que, de no combatirlas a fondo, seguirán siendo caldo de cultivo para la generación de delincuentes. Esto desde luego no es ni una fórmula exacta ni una ecuación. Pero suponiendo que haya atinado al diagnóstico, es evidente que se ha equivocado de medio a medio con el tratamiento. En materia de seguridad las cifras son los indicativos. No se miden las intenciones, no se miden los propósitos, no se miden los deseos: se miden los resultados. Suponiendo que bastara con modificar algunas condiciones tales como el ingreso para cambiar la tendencia delincuencial, el reparto dadivoso e indiscriminado que ha hecho el gobierno de López Obrador de las llamadas “becas” y “pensiones” algún efecto habría tenido, pero, por el contrario, de los últimos sexenios éste ha sido el más violento, lo que lo convierte de hecho en el más violento de la historia de México desde la Revolución para acá, con excepción, quizás, de la etapa de la Cristiada. La razón es sencilla y hasta un fósil de Ciencias Políticas podría entenderlo si no estuviera obnubilado por el poder y la soberbia. El reparto de limosnas no cambia estructuras, no modifica idiosincracias ni transforma paradigmas. Echeverría, el modelo que secretamente admira López Obrador, al que imita consciente o inconscientemente, lo tuvo claro, el cambio tendría que empezar por la educación. Echeverría creó un sistema de instituciones educativas agropecuarias, otro de estudios tecnológicos, descentralizó la educación y apoyó al desarrollo de los centros de investigación. Cometió muchos errores, el peor quizás designar como su sucesor a un frívolo padrotón (le dudé en escribirlo, pero me gustó). A Echeverría no le alcanzó el tiempo pero sentó unas bases que deberían haber sido el eje transformador del país.

López Obrador, suponiendo que fuese bien intencionado, tiene, según dicen y según se ve, el defecto de no escuchar, de no reflexionar y de no transigir. Durante su campaña se iniciaron una serie de consultas en las que se convocó en las diferentes entidades federativas a las “fuerzas vivas” de la educación y a otras que si no muertas, al menos parecen disecadas. Se hizo un gran esfuerzo y participaron, lo digo de cierto por Aguascalientes, personalidades del más alto nivel y reconocimiento nacional tales como, por señalar a alguien, Felipe Martínez Rizo. Era un material fresco, riquísimo, de la mejor calidad y, desde luego, de la mejor intención para trabajar en la creación de un proyecto nacional educativo. ¿Qué se hizo con ese material? Había que procesarlo, había que trabajarlo, había que transformarlo en material de trabajo y convertirlo en un plan ejecutivo ¿Qué se hizo con ese material? Cuatro años después, el Marxito del presidente, el acosador expulsado del INERM, al que no quieren de embajador, el que fracasó con el programa de los libros de texto, ahora sale con un proyecto que, de entrada, tiene el pecado original de no haber sido trabajado de manera consensuada y que, difícilmente, a estas alturas del sexenio y con lo desgastado que se encuentra el presidente, podrá echarse a andar.

Dice un refrán que “palabra y piedra suelta, no tienen vuelta”. López Obrador se convierte en rehén de sus propias palabras. Con un temperamento infantil, inmaduro, caprichoso, quiere tener todo: el cuadrito, el clavito y el hoyito. Lo más grave es que, como Carlos Castañeda se construye “Una realidad aparte”, su propia realidad, que unos canallas, esos sí, traidores a la Patria, se encargan de festinar y alimentar.

Nadie en su sano juicio (conste que lo uso como figura retórica, no como diagnóstico, ni lo mande Dios quiera), podría transformar la vergonzosa huida del Ejército perseguido por una turbamulta, en una estrategia heroica, y la más vergonzosa explicación del secretario de la Defensa Nacional que dijo que una vez reagrupados regresaron e incautaron cinco laboratorios pero no lograron ni un sólo detenido, gran acto de planeación táctica militar.

Regiones enteras del país se encuentran en manos de la delincuencia, ni el Ejército ni los paramilitares de la Guardia, tienen presencia en muchos sitios. Mientras en la autopista principal del país en un embotellamiento se pueda asaltar impunemente a 300 vehículos, mientras a plena luz en una población se pueda fusilar y desaparecer una veintena de personas, mientras haya ciudades fantasmas porque sus pobladores han sido desplazados por la delincuencia, mientras en capitales de estado sigan apareciendo decapitados y colgados, mientras continúe el huachicoleo, la extorsión, el secuestro, las desapariciones, las muertes violentas y todo tipo de delincuencia organizada y desorganizada, sr. presidente: ¡Váyase al carajo con sus abrazos!

Sus balandronadas en el plano internacional no nos sirven en el país. Las vidas no retoñan. Sus dádivas, sus limosnas (por cierto con sombrero ajeno) no le van a asegurar un lugar sino, como dice usted, en el basurero de la historia. Le quedan poco más de dos años, suficientes para intentar gobernar con un sentido de unidad, de armonía, de paz, de transparencia y de democracia. Recuerde, por eso se votó por Usted. Puede ser que esté a tiempo de evitar que el país entero se le vaya a su rancho. 

bullidero.blogspot.com                 facebook jemartinj               

¡Participa con tu opinión!