Aires posmodernos

Por J. Jesús López García

En general el concepto de la posmodernidad se ha utilizado en distintas disciplinas en diferentes tiempos; en términos de estudios históricos inició al finalizar la Segunda Guerra Mundial, sin embargo cristalizó en expresiones culturales, intelectuales y artísticas uno o dos lustros después. Tras los desastres producidos por las dos primeras guerras modernas, mecanizadas e implacables, de envergadura global, con una producción industrial de difuntos y repercusiones geopolíticas hasta ese momento insospechadas, la modernidad experimentó cierta decepción en cuanto a su promesa de un futuro mejor.

Cierto es que la llamada conquista del espacio a manos de soviéticos y de los norteamericanos, fue una empresa humana que insufló fuerte confianza de los seres humanos en ellos mismos; pero esa carrera tenía un dejo por demostrar quién ostentaba el título de la superpotencia mundial. Era la Guerra Fría y las dos grandes potencias continuaron socavando de alguna manera lo que de esperanzador tenía la modernidad.

La posmodernidad desde los ángulos de la cultura, las artes y el pensamiento tuvo dos grandes sesgos –a veces discrepantes entre si–: por un lado uno reaccionario a la modernidad, crítico de ella y al mismo tiempo anteponiéndole una parafernalia de corte tradicional que buscó en modelos pasados la principal fuente de su lucha antimoderna. Por otro lado, un ángulo que rescató de esos modelos tradicionales su esencia básica para complementar a la modernidad tratando de reconciliarla con el pasado al que parecía destruir en inicio.

De la posmodernidad reaccionaria pueden citarse casos de varios grados de fortuna que van de lo más reverente a lo más disruptivo: De la copia de elementos clásicos a la estridencia de la Piazza d’Italia (Plaza de Italia en Nuevo Orleans) por el arquitecto Charles Moore (1925-1993), parece haber un gran trecho, pero la verdad es que todo ese flujo de ejemplares compartía cierto desprecio por la modernidad, suficiente para burlarse de ella. “Aprendiendo de Las Vegas” proclamaban Robert Venturi (1925-2018) y Denise Scott Brown (1931- ), como un remedio para la solemnidad y lo que ellos consideraban dogmatismo, dentro de la Escuela Moderna de Arquitectura.

Mas alejado de ello eran los edificios de Aldo Rossi (1931-1997), que buscaba en los modelos de la Antigüedad –como los columbarios–, un asidero intelectual y estético a sus propios experimentos dentro de la sobriedad clásica. Desde esa perspectiva El Museo Nacional de Arte Romano en Mérida –la Mérida española, no la mexicana– de Rafael Moneo (1937- ) hace uso del arco de medio punto romano, el gran tema para estructurar ese edificio destinado a exhibir colecciones de la Antigüedad grecolatina. El otro sesgo es menos evidente y corresponde a un uso más que de formas, de significantes traducidos a la silueta de los sólidos platónicos. De esa manera, cilindros, pirámides y demás formas, se emplearon para lanzar la reconsideración de las formas puras como principio de diseño para la arquitectura.

Desde ese punto de vista, más que una reacción, esa versión de la posmodernidad, es tan experimental y revolucionaria con las formas tradicionales, como lo fue el Movimiento Moderno con su lenguaje inédito. Esta posmodernidad está representada por figuras diversas, desde un Louis Kahn (1901-1974) hasta Carlo Scarpa (1906-1978).

En Aguascalientes se han levantado múltiples ejemplos de arquitectura posmoderna como el ubicado en la avenida Independencia No. 1849, que presenta en la solución un lenguaje sencillo, manifiesto en el uso de recortes en perfiles y esquinas, algunas variaciones de color en franjas ordenadas en una estructura vertical, como lo hacía el suizo Mario Botta (1943- ). La paleta de color en tonos suaves y el azul de los cristales, todo ello es tributario de la posmodernidad de corte historicista que aún sigue practicándose.

El posmodernismo arquitectónico tuvo su parte más expresiva en los años 70 y 80, siendo en esa última década cuando comenzó a extrapolarse en su experimentación de formas, cada vez más atrevidas y menos sujetas al historicismo. El deconstructivismo surgido a finales de la década de 1980, es una corriente resultante de ese nuevo enfoque posmoderno.

La arquitectura no es solamente un testigo de su tiempo, o de sus múltiples tiempos, también es una actividad humana que refleja de manera a veces dramática, a veces mesurada el sentir de su momento y a través de ello estructurar una manera de ser de una sociedad en su historia. Tal vez no explote mucho el filón revolucionario del Movimiento Moderno, pero sí encarna bien la sensación de extrañeza del ser humano frente a los graves trastornos que la modernidad también infligió al mundo; su llamado al orden bajo las premisas de la tradición fue, y es aún, una manera estética de reinterpretar un canon que mas que reconstituir modelos del pasado, buscaba reconectar el presente y el futuro con un pasado que nunca se fue del todo.

Lo anterior expuesto lo podemos analizar en varios edificios levantados en nuestra ciudad, particularmente a partir de la década de los noventa del pasado siglo. Ejemplo de ello lo tenemos en avenida Universidad esquina con la calle Sierra de Humo No. 102.