Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Mi nieta Isaura, como todos los nietos, es la más linda, inteligente, simpática, ocurrente, etc., etc., con lo cual convengo con todos los abuelos del mundo, y con perdón de los no abuelos les platico la más reciente ocurrencia. Como esponjita que es, pescó en algún lado los apellidos “López Obrador” que empezó a repetir con cierta dificultad en la sílaba “bra”. Por la noche, una tía de ella le llamó para desearle buenas noches, la chiquilla le deseó que soñara con los angelitos y aprovechando la novedad, la tía le dijo: yo siempre le rezo a López Obrador, le pido por mi país y siempre sueño con él y duermo tranquila pensando que él está al frente. Isaura, al botepronto le contestó: ¡Ah chirrión! ¿Como Diosito?

La ocurrencia de la nieta que no pasa de ser una puntada inocente, se replica sin embargo en una gran cantidad de personas de nuestra patria que, si no lo ven como un Dios, sí lo ponen un grado abajo de la Virgen de Guadalupe y desde luego como la encarnación del Tlatoani azteca: el señor de la palabra. Pero no es sólo que mucha gente lo vea así. Los mexicanos somos dados a la hipérbole, al culto excesivo, casi a la idolatría. En su tiempo lo fue con Don Porfirio, también con “Tata Lázaro”, Juárez no lo fue pero sus fanáticos han intentado hacerlo y ahora con López Obrador que está convencido de encarnar un destino manifiesto para pasar a la posteridad, a veces pienso que su ideal sería morir en la presidencia y si es de forma violenta, mejor, para pasar a los altares de la patria por la consagración perenne del martirologio. Ayer por la mañana en su programa promocional y catártico descalificó al presidente de la Corte y demás cortesanos, degradó a los magistrados del Tribunal Electoral y arremetió contra el Congreso, tildándolo de no estar a la altura de las circunstancias y los requerimientos de la patria, descalificó y difamó a todos, siendo él, López Obrador, el único que lleva el paso en el desfile.

Me recordó dos historias con nada que ver entre sí, salvo esa visión magalómana y egocentrista. Platican, lo que es muy probable, que conversaban tres grandes directores de orquesta: Arturo Toscanini, Leopoldo Stokowsky y Herbert Von Karajan. En algún momento Toscanini les dijo: Yo soy el mejor director de todos los tiempos. Stokowsky replicó: ¿Quién te lo dijo? Y rápido el italiano ripostó: Me lo dijo Dios. Karajan miró a los dos y dirigiéndose a Toscanini le precisó: No es cierto, yo no te he dicho nada. La otra historia se originó en el Instituto de Ciencias de Aguascalientes y se le atribuye a un rector, que, reprendiendo a un alumno hizo un paréntesis y le preguntó: Andan diciendo que yo soy Dios, ¿Usted qué piensa?, el alumno aturdido sólo atino a decir: Que sí, maestro. Claro, hombre, claro, remató el rector.

El afán protagónico, centralista, controlador, megalomaníaco, zarino, arrasa con todo. Merece la pena analizar por reciente el caso del artículo décimo tercero transitorio de la reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación. Las reformas enviadas al Congreso fueron aprobadas prácticamente como fueron enviadas, sin variar una coma. No habían pasado todavía la desastrosa, para AMLO, elección de junio ni la malhadada consulta, que dieron una muestra real de cómo su “voto duro” ha disminuido fuertemente. Al cuarto para las doce y al parecer atendiendo una recomendación del jurídico de la Presidencia, un representante popular del Partido Verde Oportunista agregó una propuesta que no estaba en la minuta: un artículo transitorio que modificaba la disposición constitucional de la duración del periodo del presidente de la Corte, ampliándolo en dos años. Cualquier estudiante avanzado de civismo y cualquier estudiante atrasado de derecho saben que, para modificar una disposición constitucional se requiere una mayoría calificada del Congreso y la aprobación de la mayoría de las legislaturas de los estados. Un absurdo jurídico de ese tamaño hasta un ministro de la Corte lo entiende, excepto el ministro presidente, que evitó pronunciarse y empezó a cabildear buscando el apoyo de sus compañeros. El de AMLO ya lo tenía. Grupos de diputados interpusieron acciones de inconstitucionalidad y el presidente de la Corte se sacó de la manga una figura de consulta administrativa en la que él no tendría que excusarse. Recurso legaloide que mostraba que al no tenerlas todas consigo buscaba presionar con su presencia y su voto.

AMLO invitó a desayunar a un grupo de ministros que suponía incondicionales o condicionables a sus intereses, pero, héte aquí que la ministra Ríos Fajart declinó la invitación, la consulta se resquebrajó y la posibilidad de construir una mayoría en torno a la aprobación del transitorio se desdibujó. La mayoría de los ministros no estaban dispuestos a exhibirse como lo hicieron con la redacción de la consulta para investigar a los “actores políticos del pasado”.

El resultado de la consulta fue una bofetada para el presidente. Más del noventa y ocho por ciento de los electores repudiaron con su ausencia el pretendido “ejercicio democrático”, la “consulta vinculante que no vinculaba a nadie”, la pregunta cantinflesca que no concluía en nada.

El presidente le echó la culpa al INE, su segundo villano favorito, el primero es Calderón y de pasó volvió a arremeter contra el Poder Judicial, contra los ministros y los magistrados. La verdad es que, hasta un ministro se cansa de ser denostado, difamado, atacado y señalado como capaz de las peores ruindades y bajezas.

Los magistrados del Tribunal Electoral dieron el primer paso, desconocieron a su presidente y eligieron otro. Las amenazas y diatribas presidenciales no los asustaron ni conmovieron. Luego los ministros por conducto de su decano hicieron saber que no apoyarían la extensión del mandato. El ministro presidente le informó a AMLO y le anunció que haría pública su negativa a la extensión de su mandato, como una cosa propia, producto de su decencia, de su reflexión y de su constitucionalismo.

El ministro convocó a rueda de prensa a las 10.00 a.m. e hizo su anuncio. Una hora antes en la mañanera AMLO lo ventaneó. Dijo que sus compañeros ministros que eran todos herencia de la corrupción no lo querían, agregó que el Poder Judicial estaba podrido.

Antier se conoció el proyecto del decano de la Corte que evidenció que el anuncio de Zaldívar atendió, no a sus convicciones sino al rechazo de los demás ministros a la inconsitucionalidad.

Antier Zaldívar pareció anotarse un punto bueno al anunciar la solución del conflicto del Tribunal Electoral.

Ayer AMLO lo descalificó, no estuvo de acuerdo con la solución y anticipó que luchará por la reestructuración del INE y del Tribunal electoral, contra la podredumbre del Poder Judicial y contra la corrupción que campea en el Congreso.

Sólo AMLO lleva el paso en el desfile y a ese paso, se va quedando solo.

 

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