Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 

Con cariño para el Dr. Alfonso Pérez Romo, esperando que algún día le podamos considerar vecino y no huésped de esta ciudad.

Creo que era Don Luiso Martínez Cervantes quien solía decir: Cuando afirmo que la consorte del pollino es de una coloración grisácea es porque detento los suficientes elementos capilares en la diestra,  que es tanto como decir “Cuando digo que la burra es parda es porque tengo los pelos en la mano”. Dicho lo cual reafirmo el título de este articulejo, en Aguascalientes lamentablemente las autoridades han pensado en lo inmediato y se han desentendido de muchos y muchas notables vecinos (Por no entrar en las tonterías de la oriundez. Tierra es la que ve comer no la que ve nacer), que han enriquecido con su quehacer y con sus obras a “este querendón girón de la patria” por decirlo ripiosamente. Por no ir mas lejos con un atentado a la memoria de Dn. Francisco de Rivero y Gutiérrez que, prefiero pensarlo así, fue por pecado de omisión, que, sin embargo, pensándolo bien, es mas “pior” (ya se sabe que “pior” es peor que peor), que las autoridades desconozcan lo que debieran saber.

Un poco para darle sabor al caldo, aunque usted desprevenido y “bullyngoso” lector ciudadano (lo de bullyngoso lo explicaré el próximo miércoles, si Dios me presta vida, y El Heraldo, espacio), no esté para saberlo, le cuento que hace unos días en la Comisión Permanente de Cultura del H. Ayuntamiento del municipio de la capital, se presentó la propuesta de edificar un monumento al perro “Humo” y su entrenador. Confieso que mi conocimiento perruno, además de los de casa, se limitaba a Rin-tin-tin, héroe de películas y series de televisión, que me sumió en la mas profunda decepción cuando me enteré, que no era uno sino varios canes los que hacían el papel, cada uno entrenado en una habilidad específica, pero que se presentaba como si fuera único. Ogaño, pienso que la receta rintintitinesca no estaba mal y que podría aplicarse a la vida pública. Así en lugar de tener un solo gobernante, habríamos de tener varios, cada uno hábil en una área determinada y no forzarlos (¡pobrecitos!) a ser “mil usos” de la administración pública. Bueno, los romanos, que en eso de la administración pública se las gastaban, inventaron el municipio y de allí los ayuntamientos, integrados por personas hábiles y preparadas que se colocaban al frente de una área determinada de la función municipal. Así era antes, ahora los regidores son una especie de pequeños diputados en el cabildo, porque ya no tienen la responsabilidad directa de un sector de la administración y los ayuntamientos ya no parecen ser los órganos colegiados como eran antes.

Pero, yo estaba escribiendo de perros. Además de Rin-tin-tin, recuerdo a Lassie que nunca supe si era macho o hembra, quizás fuera hermafrodita, a Amigo que hizo varias películas mexicanas con su entrenador y dueño José Rojo de la Vega, y a otros no de carne y hueso como, por supuesto, “Snoopy”, “Pluto”, “Pulgón”, etc.. Pues, volviendo al perro Humo, se propuso hacerle un monumento porque junto con su entrenador y otros esforzados rescatistas aguascalentenses, participaron en las tareas de remoción de escombros y localización de víctimas en la ciudad de México luego del temblor del pasado 19 de septiembre. Visto así, creo que es muy loable su tarea, pero no hizo mas que aquello para lo que fue entrenado. Cumplió con su tarea y la cumplió bien, como tantas y tantos mujeres y hombres que todos los días cumplen con sus tareas, y las cumplen bien, para que los demás podamos aprovecharnos de su trabajo y de su esfuerzo. Claro que reconocerle tiene un valor inmediato, de oportunidad, por no decir de oportunismo. Yo opiné que quizás podría hacérsele su monumento en el antirrábico o en el parque para mascotas, pero no antes de reconocer a muchos benefactores olvidados.

Don Francisco de Rivero y Gutiérrez, natural de Cabezón de la Sal, España, fue un emigrante que se estableció en la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguascalientes, a mediados del siglo XVIII, dedicándose al comercio con bastante éxito lo que le permitió acumular una pequeña fortuna y con ella convertirse en un benefactor de su tierra de adopción. No hay que hacer caso del dato que aparece en el Portal de internet del Gobierno de Aguascalientes que dice: “27 de Agosto Francisco de Rivero y Gutiérrez y su Legado: La Escuela de Cristo. Líder revolucionario y reformador agrarista, que nació en San Miguel Anenecuilco, el 8 de agosto de 1879 en el Estado de Morelos. Campesino mestizo, que luchó en defensa de los derechos de su pueblo a las tierras; sosteniendo que «la tierra es de quien la trabaja», sospechosamente parecido a Emiliano Zapata, transformado por la incuria de los responsables de la página de internet, en criollo legante de la Escuela de Cristo.

Claro que es una falta de respeto para el patriota suriano pero también para nuestro Rivero y Gutiérrez, que además de obras de caridad personales, legó para la Villa el templo llamado de la 3a. Orden junto a San Diego, Dn. Francisco era terciario. De su peculio construyó un parián que dejó para que de su administración se pagara la educación de la niñez necesitada y, quizás, su obra mas relevante la Fundación Pía “Escuela de Cristo” que fue la primera escuela pública gratuita de la Villa, dotada también de una huerta, para que con su producto se compraran materiales para el maestro y sus escolares, y una importante cantidad en plata dada en censo enfiteútico redimible (préstamo garantizado con las plantaciones) al mayorazgo Rincón Gallardo, para que con sus réditos se pagara al maestro y se atendieran necesidades generales de la escuela. Un verdadero benefactor, porque hizo lo extraordinario, porque pensó en el futuro, pensó en la niñez, y legó obras para su educación gratuita.

Don Francisco de Rivero y Gutiérrez, vivió en una casona noble ubicada en la esquina de lo que ahora forman la calle que lleva su nombre y la 5 de mayo. Casa que fue destruyéndose con la connivencia de las autoridades municipales que fueron autorizando recortes y demoliciones. Quedaba la esquina en la que algún despistado podía leer la placa que atestiguaba que allí había vivido el benefactor. Con la complacencia y permiso del Ayuntamiento de Aguascalientes y con la culpable acción u omisión del INAH, lo que quedaba de la casona del benefactor se destruyó para siempre hace unos días, para dar paso a un comercio sin carácter y sin historia.

Lo dicho: Aguascalientes maltrata a sus benefactores.

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