Carlos Reyes Sahagún

La familia de este aficionado a la escritura, incluido él, recibió el año de gracia de 2013 en Oaxaca, según le conté hace unas semanas. El día antes del regreso visitamos la basílica menor de Nuestra Señora de la Soledad, patrona de la ciudad de Oaxaca, en lo que fue la cereza de ese viaje. Como era víspera de la fiesta de reyes, en las calles menudeaban los jóvenes que vendían globos con la leyenda queridos reyes magos y, de cuando en cuando, en el aire se observaban las aves, los aviones y los globos dirigidos a los sabios de oriente, esos escudriñadores del cielo.

Acudimos al santuario atraídos por la buena fama de esta advocación mariana, la magnífica arquitectura virreinal de su casa, cantera profusamente labrada, y las nieves de garrafa que venden en la plaza, en locales improvisados entre los jardines.

Nuestra Señora de la Soledad es una imagen de tamaño natural, de forma triangular. La manera como está vestida propicia que sólo se observe la cara, extremadamente seria, dicho con todo respeto; distante.

Por cierto, contrariamente a lo que ocurre aquí, que la patrona de Aguascalientes, la Mariquita de la Asunción, recibe a sus bienquerientes en el altar mayor de la catedral, en Oaxaca no es así, y en la sede episcopal preside una escultura muy interesante; muy contemporánea, de… Nuestra Señora de la Asunción.

Entramos al templo justo en el momento en que se realizaba un ritual matrimonial, así que decidimos regresar más tarde, para poder ver el edificio a gusto, pero en eso vi en la mitad de la nave a un conjunto de músicos trompa de hule; una banda de alientos… Entonces decidí que esto no podíamos perdérnoslo, escuchar la tuba, la tambora, las trompetas, los clarinetes, saxofones y trombones, teniendo como caja de resonancia el cuerpo basilical… 12 músicos en total.

Habíamos llegado en el momento en que el señor sacerdote se empleaba a fondo con el discurso nupcial, lanzando toda clase de prevenciones; intentando vacunar a los temerarios contrayentes en contra de la tentación de lanzarse improperios en el corto, mediano y aun largo plazo, y aventar los trastos nomás por no me gustan tus frijoles, ¿por qué no pones la ropa sucia en su lugar?, etc. Así que resolvimos esperar al ofertorio, y escuchar a la banda en el ofrecimiento del pan y el vino. Pero, ¿qué cree? Terminada la homilía vino el rito matrimonial propiamente dicho, y después… ¡El cordero de Dios!…

Yo sabía que Oaxaca era muy diferente a este altiplano seco de México, de cinturón piteado y vino blanco de los altos de Jalisco; casi otro país, pero no hasta ese extremo, porque en todas las celebraciones nupciales a las que he asistido, aquí y en China -es un decir- invariablemente el ritual matrimonial ocurre entre el evangelio y el ofertorio…

Luego vino la comunión, que me habría encantado que durara el resto de la jornada, nomás para seguir escuchando a estos hombres y su música llena de gracia; en verdad una maravilla, el acompañamiento grave de la tuba, lento, lento, y las trompetas hablándose de tú con los saxofones, y los clarinetes como niños, a no dejarse; de veras una maravilla, y en medio las voces lánguidas de estos hombres de piel oscura, todo mezclado y rebotado contra las paredes y techos de ésta, la casa de doña Chole.

Concluyó la ceremonia con la bendición, un aplauso y la petición de más música, que fue debidamente satisfecha. Pero contrariamente a como acostumbramos aquí, allá los novios, flamantes esposos, se quedaron al frente a recibir los parabienes de sus parientes y amigos, y desde luego para tomarse la foto; hasta yo me sentí fotógrafo de bodas y les tomé algunas, y también retraté profusamente la basílica, la imagen de Mariquita de la Soledad, su expresión tranquila, de reina castellana; remota, y mientras la observaba me la imaginé recorriendo los caminos polvosos de la Nueva España hacia ésta, su casa; las sierras que se extienden al sur de la capital del virreinato ella, que es una reina, escuchando con sus castos oídos el traquetear de la carreta, las mulas y quizá una que otra maldición de los arrieros… Fotografié también a uno de varios ángeles que cumplen con la honrosa tarea de sostener un candil, a Dios Padre pegado al techo, justo encima del altar, en el centro, la túnica blanca y el manto rojo, echado hacia atrás, como si el viento solar lo agitara, la expresión muy seria; muy en el papel que le dio el artista virreinal que lo labró, la mano derecha alzada, los dedos índice y medio como haciendo la v de la victoria ¡lo juro!, los demás doblados hacia la palma de la mano, en una postura bastante incómoda; ya lo intenté, y duele… ¡Claro! ¡Como es Dios Padre, el esfuerzo le hace lo que al viento a Juárez, que seguramente vio de cuando en cuando esta imagen que observé ahora que anduve en Oaxaca.

En fin, que los valientes esposos se tomaron la foto con todos aquellos que quisieron, y luego fueron hacia la salida, en donde los esperaban sus invitados. Me fui detrás de ellos, no sin contemplar el hermoso órgano barroco, con sus decorados dorados que semejan cortinajes y guirnaldas, y sus líneas verdes. Está colocado del lado izquierdo del coro y se nota que fue restaurado recientemente.

Los esposos fueron recibidos en el atrio con una diana, a la que siguieron las mañanas del rey David. Ahí continuaron las felicitaciones y las fotografías, y los ex novios recibieron un collar de galletas de animalitos, bombones y, supongo, chocolates que semejan monedas de oro. Una mujer llevaba un palo de unos dos metros, y colgados a él, un montón de collares de flores de bugambilia de color grosella, y hojas, que entregó a los parroquianos. La banda se lanzó con otra melodía y el baile se generalizó ahí, en pleno atrio.

Picado por la curiosidad, pregunté si era común esta transformación litúrgica, y me dijeron que no, que los matrimonios eran en Oaxaca como en China, y que lo que ocurrió fue que los prometidos llegaron a las 13:30 hrs., a una misa de 13 hrs…. A lo mejor se la estaban pensando.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).