Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana pasada concluí mi colaboración con la cita de una nota publicada por El Sol del Centro el 16 de marzo de 1952, en la que el diario daba cuenta de que vecinos de la calle Pedro Parga se quejaban de que automovilistas y ciclistas habían convertido esa arteria en pista de carreras, aprovechando el hecho de que la antigua vía de Apostolado ya estaba pavimentada. El texto terminaba señalando que “si estos ‘ases de la velocidad’, tomando en cuenta que no hay ningún agente de tránsito por ahí, han creído que se encuentran en una pista, por lo que se han ocasionado accidentes a los peatones que tienen que caminar por esa calle”.

Redacción confusa aparte, me llama la atención esto de la “velocidad desenfrenada”. Teniendo en cuenta que la calle Pedro Parga va de Morelos a Zaragoza, apenas un par de cuadras, y en las que además se permitía el estacionamiento en la acera norte, ¿cuál sería esta velocidad “desenfrenada”? ¿50, 60 kilómetros por hora? Tengo la impresión de que, dadas las condiciones imperantes en aquel tiempo, los vehículos no llegarían ni siquiera a los 40 kilómetros por hora, pero en todo caso el redactor de la nota, acostumbrado a un tránsito lento, porque las calles no estaban pavimentadas o porque pocas personas poseían automotores, inconscientemente acusaba recibo de esa forma, del génesis de algo que se venía de manera irreversible, una nueva forma de vida, signada por las prisas; la velocidad, gracias a contar con vías pavimentadas.

Y sin embargo estas quejas sobre el comportamiento de los conductores de automotores y/o ciclistas, no eran nuevas. El 23 de junio de 1946, el diario de la cadena García Valseca publicó una protesta en contra de la actitud de “un grupo de ciclistas”, que habían“hecho uso de nuestras arterias como si fueran pistas de carreras y ya se han registrado accidentes provocados por velocidad excesiva, hemos tenido conocimiento de que algunas agencias de bicicletas no las dotan de sirenas y aparatos generadores de luz eléctrica, siendo esta una de las causas de que los transeúntes sufran muchas veces el atropellamiento de los ciclistas”.

¡Imagínese! Pretender en ese tiempo que los aparatos contaran con “generadores de luz eléctrica” –yo las conocí como farolas– y silbato. Sin duda se trata de una asignatura pendiente, en términos de avanzar hacia una ciudad con ciclismo urbano, a las que se suman nuevos requerimientos, propios de esta obsesión por la seguridad que caracteriza a nuestro tiempo, el uso de casco y chaleco reflectante, algo que a nadie se le ocurrió en aquella época.

En otro momento el mismo diario denunciaba, en su edición del 4 de noviembre de 1950, que un grupo de jóvenes de entre 14 y 20 años había convertido el jardín de San Marcos en pista de carreras de bicicletas, poniendo en peligro a los niños que ahí jugaban, y sin que el Departamento de Tránsito hiciera algo para evitarlo, y lo mismo ocurría de cuando en cuando en la entonces Plaza de Armas, hoy Plaza de la Patria.

Supongo que aquellos ciclistas de los que se quejaba el diario eran los ancestros de estos otros que por desgracia siguen haciéndose presentes en la ciudad. Me refiero a aquellos que se pasan los semáforos en rojo, circulan en sentido contrario al señalado en las calles, o temerariamente acostumbran zigzaguear entre los automotores; los mismos que no sólo no se protegen con los aditamentos que los hacen visibles, sino que son un peligro para los demás.

Supongo que son un resabio de otra época; lo que el pasado nos dejó, la época en que en Aguascalientes se tuvo un gran auge ciclístico entre los años 30 y principios de los 80 del siglo anterior. Era aquella una ciudad más pequeña, y por eso mismo más distendida, por lo que no era tan peligroso –tan peligroso como ahora– andar en bicicleta.

Esta situación me recuerda un texto escrito por el sociólogo Genaro Zalpa Ramírez, quien se avecindó en Aguascalientes en 1976, procedente de Michoacán. A propósito de su experiencia con nuestra urbe, en 1983 escribió en El Unicornio, suplemento cultural de El Sol del Centro, un artículo en el que se refirió a “las escenas que afortunadamente todavía se pueden ver, de los aguamieleros transportando en las mañanas su producto en bicicleta; de niños y jóvenes jugando con sus bicicletas; de señores ya mayores en no menos mayores bicicletas; de la señora transportada en la parrilla de la bicicleta del marido; ocasionalmente de algunos universitarios (alumnos y profesores) llegando a la Universidad en bicicleta…” A esto agregaría una escena común de años antes a las señaladas por Zalpa: decenas, quizá centenas, de trabajadores del riel que acudían a ese gran centro de trabajo en bicicleta.

Resulta complicado, por no decir que imposible, determinar cuántas bicicletas ha habido en Aguascalientes a lo largo de la historia de este vehículo. A reserva de una investigación más acuciosa en este rubro, particularmente en los archivos, seguramente inexistentes, de la Dirección de Tránsito, en febrero de 1952, con el pretexto de la renovación de placas de vehículos, El Sol del Centro publicó una nota en que daba cuenta que había en Aguascalientes más de 3,000 vehículos entre camiones, automóviles y bicicletas, según información procedente del Departamento de Tránsito, de los cuales casi la mitad correspondían a los biciclos. De los 3,000 vehículos 1,100 eran automóviles particulares y 85 de sitio. Por otra parte, estaban censados 528 camiones y 1,250 bicicletas.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).