Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Este asunto del desabasto de gasolina que no es desabasto, sino desabasto; que no es escasez sino falta de distribución; las filas kilométricas a la espera de alimentar el automotor, las miles de horas invertidas en las redes sociales telefónicas y videojuegos que las acompañan mientras se espera, me recordó un cuento del escritor argentino Julio Cortázar, “La autopista del sur”, ese mismo que inicia con la siguiente oración, que es casi un epígrafe: “Al principio la muchacha del Dauphine –un automóvil de la marca Renault- había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo”.

La autopista del sur” es un relato sobre lo que ocurre en una autopista en Francia, atestada de vehículos que regresan a la capital luego de un fin de semana. De pronto, los automotores se detienen, vaya usted a saber por qué, y permanecen así durante meses, y en el lapso unos nacen y otros mueren, hay que buscar alimentos, etc., hasta que, de pronto, de la misma manera como se paralizó la marcha de vehículos, el tráfico se reanuda y colorín colorado…

Si me permite, y a la manera “cortazariana” en este cuento, nada más de ver las filas ante las gasolineras, en verdad kilométricas, y en ocasiones cerrado el expendio del energético; esperas de horas a deshoras. Nada más de ver todo esto se me ocurre que alguien debería escribir un relato que planteara, por ejemplo, la posibilidad de estudiar una carrera universitaria en línea mientras aguarda para llenar el tanque de combustible. ¿Por qué no, si hay quien ofrece aprobar la educación preparatoria en un solo examen? Comenzaría esta formación seria y sólida al llegar a formarse, con un propedéutico, y culminaría cuando pagara usted la dotación energética recibida, de tal manera que con el cambio de lo pagado le entregarían el título que lo acreditaría como licenciado en algo…Así de lenta sería la distribución de gasolinas.

En fin, que esta desgraciada situación tendría que movernos a reflexionar a propósito del futuro, porque en verdad os digo: cada día está más cerca el agotamiento de los combustibles fósiles. ¿Y después? ¿Después qué sigue? ¿Cómo vamos a movernos; a mover la economía?, ¿esperaremos, como suele ocurrir, a que el destino nos alcance, y con este el caos, la violencia?

Por otra parte, resulta obvio que esta situación valoriza aún más a la bicicleta, por lo menos como medio de transporte personal y para distancias humanamente accesibles y más o menos rápidas, y en todo caso lo que es preciso hacer es incrementar la infraestructura propicia para su circulación, así como la seguridad para los conductores. Por principio de cuentas esta sería una importante contribución para dejar atrás la retardataria idea de pueblo bicicletero, para convertirnos en ciudad con ciclismo urbano, es decir, civilizado; cosmopolita.

Sin duda uno de los elementos de esta última dimensión del ciclismo está dado por la existencia de calles pavimentadas, sin duda uno de los logros más importantes de la urbanización. En el caso de Aguascalientes este fue un hecho relativamente reciente. Por ejemplo, recuerdo perfectamente haber visto, a mediados de los años sesenta del siglo anterior, las calles de la colonia Gremial en terracería, y sólo pavimentada la avenida general Miguel Barragán, y esto por ser la salida a Zacatecas; el entronque local con aquella magna obra denominada Carretera Panamericana, o Carretera Cristóbal Colón. Recuerdo también que en una de estas arterias, perpendicular a Barragán; quizá Félix de la Paz o Enrique Estrada, corría a cielo abierto el arroyo de los Arellano, que venía desde la llamada Presa de los Gringos y transcurría luego por la Colonia Altavista, hasta el costado norte del Panteón de la Cruz. De ahí continuaba hasta su desembocadura en el río San Pedro, a la altura del actual panteón Jardines Eternos, como de hecho sigue ocurriendo, sólo que ahora entubado.

También recuerdo haber visto este arroyo a cielo abierto a la altura de la entonces Avenida Circunvalación –era la parte más baja en ese tramo-, en donde no había nada construido hasta la actual avenida Fundición, y esto último más recientemente, digamos a mediados de los años setenta.

De seguro las terracerías no fueron del todo amigables con las bicicletas, pero las cosas cambiaron con el paulatino proceso de pavimentación de calles, tanto para quienes utilizaban el biciclo como medio de transporte, como para quienes practicaban el ciclismo deportivo y/o quienes se pasaban de lanzas. Así lo indica para este último caso la nota publicada por El Sol del Centro en su edición del 16 de marzo de 1952. Y dice: “Varios vecinos de la calle de Pedro Parga se quejan de la velocidad desenfrenada que imprimen a sus vehículos los automovilistas y algunos ciclistas aprovechando que dicha arteria está pavimentada

“Si estos “ases de la velocidad”, tomando en cuenta que no hay ningún agente de tránsito por ahí, han creído que se encuentran en una pista, por lo que se han ocasionado accidentes a los peatones que tienen que caminar por esa calle”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).