
Los edificios civiles de importancia de la etapa virreinal no tuvieron el mismo relieve, sin embargo, de los que se puede dar cuenta poseen, en algunos casos, características señoriales como la casa de los marqueses de Guadalupe -actual Palacio de Gobierno- o la finca de la familia Terán Peredo, sin contar muchas otras de haciendas cercanas. El patrimonio construido presenta acercamientos varios desde la representación comunal a través de una fuerte devoción; la paulatina consolidación de una costumbre edilicia propia regional, y un acercamiento testimonial de construcciones especiales que marcaron episodios diversos en la vida comunitaria, a manera de la Escuela Pía, que si bien modesta, fue el inicio preciso de la educación formal de la infancia en la ciudad y el estado; o la erección de la columna conmemorativa dedicada a Carlos IV -ocupada realmente por la efigie de Fernando VII derribada tras la consumación de la Independencia en 1821- y que aún se encuentra en el centro de la Plaza de la Patria.
La construcción de elementos arquitectónicos de carácter patrimonial fue en aumento a medida que la ocupación de la región amplió sus alcances geográficos, económicos y políticos, por lo que Aguascalientes fue declarada ciudad y posteriormente capital de un estado independiente en el siglo XIX, ocurriendo a partir de la pacificación del territorio mexicano tras los procesos de emancipación de la corona española, hasta proyectarse al presente. Desafortunadamente tras la guerra de Independencia mucho del acervo arquitectónico fue destruido sin mayor reflexión, como una forma de repudio a un capítulo de la nueva historia nacional. Es así como los monumentos de fuerte raigambre hereditaria no pueden desligarse de sus contextos histórico, artístico, arquitectónico y urbano. Acompañando a toda finca de valor patrimonial existe un entramado conformado por calles, plazas y edificaciones secundarias de las que no puede prescindirse para la comprensión del objeto al que se confiere un valor representativo.
De entre lo construido, la vivienda y los sitios de producción y comercio poseen un peso específico por su abundancia natural, la primera, y por su capacidad de convocatoria frente a la población, los otros dos. Los barrios tradicionales aglutinan los tres tipos de edificación: casas, fabricación y compra-venta conformando. Barriadas de hortelanos, de adoberos, de loceros, de canteros, de talabarteros, entre otros, configuraron todo el núcleo fundacional de la villa, sirviendo como telón de fondo a las fincas principales, contextualizándolos y significándolos.
Pero al tiempo, la misma actividad de esos sitios servía como surtidor de significantes para el lugar en sí mismo reproduciendo en la villa a su escala y con las particularidades de su situación lo que acontecía en los arrabales de las grandes ciudades como la de México donde carpinteros talabarteros y demás, bregaban en las calles dadas las condiciones ajustadas de los establecimientos que rentaban. La organización en la localidad obedecía coyunturas y reglamentos; en ocasiones, como en el caso de las tintorerías y las curtidurías, por tener acceso a servicios de infraestructura como el drenaje y el agua; las herrerías y platerías se apoyaban en el cuidado de los gendarmes.
La contextualización aludida también es útil para entender las características de la tradición arquitectónica local dispuesta en una blanca franja continua con respecto al alineamiento de la calle, configurando patios y zaguanes de eco mediterráneo, favoreciendo vanos verticales debido a las capacidades estructurales del adobe y las platabandas de madera o piedra para filtrar al mismo tiempo la intensidad de luz solar. La cal en las fachadas con propósitos antisépticos daba al sitio una blancura contrastante con la sillería rosada o amarilla de piedra de las fincas distinguidas. La tradición provincial no sólo se centraba en ellas, realmente se decantaba en la construcción menor y creaba un marco gremial para los ejecutantes, algunos de los cuales ostentaban en sus creaciones el orgullo de su autoría, tal como el maestro constructor Santiago Medina cuya «firma» puede apreciarse en una imposta del Camarín de la Virgen de la Inmaculada Concepción del templo de San Diego, dando crédito de paso al patrono de la obra, el capitán del regimiento de Dragones del Rey don Juan Francisco Calera.
En la etapa virreinal, los límites del crecimiento de la traza se mantuvieron de una manera obvia: al poniente el río San Pedro se planteaba como un fuerte borde; múltiples arroyos tales como del Cedazo, de los Adoberos y de los Arellano fragmentaban la comunicación al interior de la villa, pero más allá de las linderos naturales, las fronteras típicas de un sistema administrativo y político centralizado eran representadas por la lejanía relativa de los centros donde se asentaba el poder, no sólo político sino también el religioso y económico. Lo anterior cambió a la llegada de la industrialización a la ciudad a fines del siglo XIX; las pautas del crecimiento técnico ordenadas con base en líneas de comunicación no destruyeron el peso del centro de la ciudad como aglutinador, pero si permitieron el crecimiento de la misma hacia sus márgenes.








