Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En más de un lugar leí, aunque nunca lo he puesto a prueba, que si a una rana se la coloca en un recipiente con agua al fuego lento y empieza a subir el calor, el batracio no detecta el cambio de temperatura y termina cociéndose, sin hacer ni un intento por escapar de su propia sopa. Me dicen que la razón es que esos animales no son de sangre caliente, es decir que su sangre se mantiene más o menos a la temperatura ambiente, cuando se les coloca en agua fresca y poco a poco sube la temperatura no hacen nada a diferencia de si se les deposita en un recipiente con agua ya muy caliente.

A menudo el tal caldo de rana se utiliza como alegoría de comportamientos en las relaciones humanas, en las que se van dando cambios paulatinos aparentemente de poca monta, en las que al parecer los protagonistas terminan aceptando como cosa natural situaciones que de golpe nunca aceptarían. Suele suceder en procesos de violencia doméstica en que expresiones o comportamientos van subiendo de tono, a menudo con expresiones de arrepentimiento y enmienda, para luego continuar ascendiendo y en muchos casos la víctima tolera como cosa natural actitudes ofensivas, discriminadoras, lesivas, etc., hasta que un factor, generalmente externo, hace que se reconozca la relación como violenta y finalmente reacciona la víctima. En otros casos lamentablemente se termina por aceptar malos tratos y violencias, a veces por temor, a veces por “necesidad”, a veces por vergüenza y no pocas veces porque no se tiene conciencia clara de la situación de violencia en la que vive.

Algo parecido, en escala citadina, nos está aconteciendo en esta ciudad, en la que todavía las autoridades presumen su tranquilidad, tranquilidad aparente porque basta con escuchar los noticieros, particularmente los policíacos, que se especializan en dar a conocer esas noticias y cumplen con una demanda social, y leer los periódicos diarios o los semanarios que dan cuenta, con sus dosis amarillistas, de los actos antisociales.

No digamos el caso de los suicidios, los que de hace tiempo son lamentablemente numerosos, sino también asaltos, homicidios, robos de vehículos, robo a los hogares, secuestros express y extorsiones, por citar los más socorridos por el hampa que va desde la de cuello blanco hasta la sin cuello o apenas con camiseta. Los datos oficiales suelen ser optimistas, siempre se encuentra la forma de disimular las malas noticias con una presentación en que se destaquen pequeños aspectos positivos y se encubra la realidad.

Es posible que en el panorama nacional la situación de Aguascalientes siga siendo de las menos graves de la República, pero mal de muchos consuelo de tontos. Una estadística razonable sería compararnos con nosotros mismos, de la tranquilidad proverbial de nuestra ciudad o de nuestro estado, pasamos a tener de manera constante hechos de sangre, especialmente las mal llamadas “ejecuciones” o “ajustes de cuentas” que en su denominación tienen una carga que parece aparentar como una menor importancia, porque, al fin, “se están matando entre ellos”, cuando, en rigor, lo que están evidenciando es el nivel altísimo de presencia de grupos de delincuencia organizada. Debe haber una relación directa entre este tipo de asesinatos y la saturación de grupos delincuenciales.

Pero si hace algunos años un asesinato despertaba la alarma en la sociedad, la inquietud, la sensación de inseguridad, y, desde luego, la repulsa, ahora, cada vez más parecemos la rana del caldo. La temperatura de los hechos violentos ha subido de forma exponencialmente y sin embargo parece que eso ha traído, por el contrario, una especie de anestesia. Aumentan los crímenes, aumentan los asaltos, aumenta la violencia, aumenta el desorden citadino, ante la poca efectividad de las policías y la abulia generalizada.

Basta con echar una ojeada a las noticias recientes. En plena avenida Madero, en una sucursal bancaria, apenas a las diez de la noche, es asaltada una persona que acababa de retirar dinero de un cajero bancario. Es el centro, es el primer cuadro, es una de las avenidas más patrulladas. En estos días, pero por la mañana, en la avenida Las Américas, una de las de mayor circulación del centro, se perpetró un asalto en el que la víctima también había retirado dinero de un banco. ¿Cómo es que los delincuentes conocían o logran identificar precisamente a las personas que retiran cantidades importantes de dinero?

Es sabido que uno de los factores reales que desencadenan conductas delictuosas es el consumo de drogas en grupos en situación de pobreza, lo que, por supuesto, no significa de ninguna manera estigmatizar a los grupos de menos poder adquisitivo, sino señalar que el adicto que no tiene los ingresos para solventar sus vicios se encuentra en la “necesidad” de allegarse a como dé lugar su dosis. Esto es conocido de la policía. Se conoce también cuáles son los lugares de la capital y de los municipios con mayor incidencia de adicciones infantiles y juveniles, que son caldo de cultivo para la delincuencia.

La creación de la Guardia (incivil) Nacional, ha sido uno de los grandes fiascos de la administración morenista. Desde su integración, rescatando rescoldos de policías señalados como focos de corrupción, adicionados con soldados que no querían entrar en ella, mal preparados para la función policíaca y utilizados, al menos en Aguascalientes, como una especie de grupo coreográfico disuasor, que no disuade a nadie, ni, en principio, resuelve nada, porque como decían las abuelas: no es ni chicha ni limonada.

Se sabe que Winston Churchill solía decir que la guerra era un tema demasiado importante como para dejarlo en manos de los militares. Parafraseándolo se podría decir que la seguridad pública y aún la seguridad nacional es un tema demasiado importante como para dejarlo en manos de los militares. La presencia de más de quince años del ejército en las calles con funciones policíacas sin resultados positivos a la baja muestra para los que tengan ojos para ver que el combate a la delincuencia no transita por allí.

El cambio de gobierno en Aguascalientes será una buena oportunidad para replantear la estrategia, que, hasta hora, nos tiene en una sopa de rana.

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