Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Historia de un matrimonio torcido

Un hombre llamado Vic (Ben Affleck) afronta diariamente lo que ningún hombre quisiera o atrevería a lidiar: su esposa Melinda (Ana de Armas) fornica a placer con cualquier hombre que desee. Esto obedece a un trato mutuo donde ambos estipularon de manera tácita que, para evitar el divorcio ante la corrosión de su amor, él le permitirá a ella seducir y sostener relaciones con quien quiera a cambio de que no deserte del hogar ni de su hija, una chiquilla adorable y parlanchina llamada Trixie (Gracie Jenkins). Con ésta premisa, el veterano director Adrian Lyne, quien no había tocado megáfono alguno desde hace veinte años (su última película fue “Infidelidad” con Richard Gere y Diane Lane), pretende deshilvanar la madeja del thriller erótico una vez más tal cual lo hiciera en cintas como “9 Semanas y Media” (1986), “Atracción Fatal” (1987) o “Una Propuesta Indecorosa” (1993) y reconozco que este punto de partida intriga por su potencial psicológico a niveles dignos de Freud, sobre todo cuando ingresa un componente más al estilo Hitchcock: el asesinato. Lo que en apariencia es una relación con tintes malsanos es en realidad una suerte de juego de poder entre las voluntades expuestas por los personajes principales, quienes no pueden reconocer en voz alta su codependencia y necesitan ocultarla mediante su enigmático proceder. Vic es un hombre que amasó una fortuna diseñando un chip comprado por el ejército norteamericano para perfeccionar sus drones bélicos, mientras que Melinda es una europea que se enamoró de él, contrajo matrimonio y ahora languidece en un hastío marital donde contiene su efervescente deseo ante la monogamia estándar de la cultura occidental. Esto hace que Vic se comporte ocasionalmente monocorde mientras ve cómo desfilan hombres por su casa sin hacer algo al respecto cuando ella tiene antojo de darle rienda suelta a su libido, llevándolo a criar caracoles y posteriormente asesinar a los amantes cuando la situación llega alcanza las limítrofes de su estoicidad y paciencia.
Al inicio el espectador no puede evitar el desconcierto cuando ve a un hombre en calidad de cornudo voluntario. Conforme el guion de Sam Levinson y Zach Helms va desplegándose, comprendemos el porqué de ésta situación, pero no con la contundencia necesaria sino más bien a tientas para jugar con la audiencia y guardar cualquier rasgo de sensatez para soltarlo a cuentagotas. Ésta estrategia hunde a la película, pues para cuando logramos comprender por qué ella y él actúan de este modo, los nudos dramáticos ya se desamarraron y para el tercer acto no sorprende ni un ápice el actuar homicida de Vic. Lyne se apoya demasiado en las actuaciones de Affleck y de Armas para despachar sus lívidos personajes quienes existen sólo para cumplir funciones específicas sin mucha retribución, como las inagotables tomas de Vic mirando tristemente a su señora mientras se lleva fulanos a la cama o los entendibles close ups que le dedica Lyne a Ana de Armas cuando ella contonea seductoramente su organismo en el boudoir, todo presentado como un banal simulacro pasional dominado por la esterilidad erótica. Las posibilidades narrativas de la película están bien desarrolladas en el material fuente, la novela escrita en 1957 por la enorme Patricia Highsmit pero traspoladas con pobreza en esta cinta, un timorato intento por desacralizar la figura macha o promiscua que ni siquiera aterriza adecuadamente sus retruécanos simbólicos, como los caracoles a los que se aficiona Vic que deberían cumplir alguna función interpretativa y se quedan en nada. “Agua Profunda” tiene entre sus curiosidades elementos que pudieron excitarnos al punto de un estimulante clímax, pero la flojera con que Adrian Lyne nos la cuenta es casi como un prolongado coitus interruptus.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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