Daniel Santiago
Agencia Reforma

MONTERREY, NL.- Aún con el dolor a flor de piel tras el asesinato de dos de sus hermanos sacerdotes en la Tarahumara, la comunidad de jesuitas en Monterrey tuvo ayer una misa en la que agradeció por las vidas de quienes con su muerte se convirtieron en mártires: los presbíteros Javier Campos Morales y Joaquín César Mora Salazar.
Dos de los tres sacerdotes jesuitas instalados en Monterrey, los padres Diego Martínez y Jorge Flores, acompañados por Monseñor Luis Eduardo Villarreal, oficiaron una misa emotiva en la que recordaron con alegría anécdotas del «Padre Gallo» y «Morita», como eran cariñosamente conocidos.
A la celebración en la capilla del Centro Cultural Loyola asistieron también Salvador y Guadalupe, hermanos de Javier.
Ambos jesuitas tuvieron fuertes lazos con Monterrey: Javier, de 79 años, era nacido en CDMX, aunque vivió su niñez y adolescencia en la Ciudad. Joaquín, de 81, era regiomontano de nacimiento e hijo del arquitecto Joaquín Mora, fundador y primer director de la Facultad de Arquitectura y Rector de la UANL.
Los dos sacerdotes, con décadas como misioneros en la Sierra Tarahumara, fueron asesinados el lunes en su iglesia de Cerocahui, en Chihuahua, al querer auxiliar a una persona que era perseguida por un hombre armado.
Ante los asistentes, el Padre Jorge compartió los duros momentos que vivieron al recibir la noticia, amortiguados por los mensajes y llamadas de todas partes para expresar solidaridad con la Compañía de Jesús, de Monterrey y de México.
«Justamente la experiencia de Dios estaba en esa cercanía y solidaridad», dijo el Padre Jorge.
«Este sentido de solidaridad es lo que nos devuelve un poco la cordura y la esperanza».
El Padre Diego comentó en la homilía la noticia dada a conocer en Chihuahua sobre el hallazgo de los cuerpos.
«Gracias a Javier, gracias a Joaquín por su labor, por ser con su vida, con su esfuerzo, con su amor a la vida, una luz orientadora en nuestra condición de peregrinos», comentó el Padre Diego, quien fuera líder de la congregación en la Ciudad.
Al final de la celebración, una ex alumna del Padre Joaquín lo recordó como maestro en Tampico.
«Le decíamos ‘El jesuita silencioso’, no hablaba mucho, pero todo lo enseñaba por medio de sus acciones», contó.
En la misa también estuvo la Hermana Consuelo Morales, reconocida activista por los derechos humanos.
Aunque la conmoción era evidente, las sonrisas aparecieron espontáneamente con el recuerdo amable del Padre Javier y su apodo de «Padre Gallo». Así le llamaban en la Tarahumara por su gusto por el canto.
«Está ya en el cielo», expresó el Padre Diego, «cantando, quiquiriqueando».

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