Luis Muñoz Fernández

El viernes 31 de julio de 2020 Felipe VI, rey de España, acudió a San Millán de la Cogolla, municipio riojano, para inaugurar la reunión del presidente del Gobierno con sus homólogos, los presidentes de las comunidades autónomas españolas. Pero no sólo viajó con ese propósito. También celebró allí una reunión privada con Pedro Sánchez para afinar los detalles de lo que todos sabríamos el lunes 3 de agosto: que Juan Carlos I, rey emérito, había decidido “trasladarse” fuera de España por un tiempo indefinido.

En efecto, el domingo 2 de agosto Juan Carlos I viajó a Sanxenxo, población de la provincia de Pontevedra (Galicia), donde cenó con sus colegas de travesías en aquel velero deportivo llamado con curiosa y exacta anticipación “El Bribón”. Salió al día siguiente de la Península Ibérica con rumbo desconocido hasta este momento, haciendo una escala técnica en Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos.

Dado lo reciente de estos acontecimientos, hay todavía muchos detalles desconocidos y numerosos rumores. Sin embargo, la Casa del Rey difundió desde el mismo lunes un comunicado en el que el rey emérito le explicaba a su hijo Felipe VI los motivos por los que decidió salir de España para vivir en otro país: “para contribuir a facilitar el ejercicio de tus funciones, desde la tranquilidad y el sosiego que requiere tu alta responsabilidad”.

No sólo para no estorbar el desempeño que como jefe de Estado ejerce Felipe VI, sino también para anular la amenaza que la conducta del rey emérito representa para una institución monárquica cuyo prestigio está en caída libre.

La turbulenta vida privada de Juan Carlos I se ha vuelto cada vez más difícil de ocultar. Amoríos varios, injustificados viajes de placer, cacerías de especies en extinción y, sobre todo, una fortuna de origen opaco en paraísos fiscales, han dado al traste con la buena fama que tenía el anciano monarca y han dañado gravemente la imagen de España.

Una lástima. José Álvarez Junco, distinguido historiador, lo ha plasmado con estas palabras: “Es imperdonable que él mismo haya deteriorado ese prestigio. Y que siga creyendo tener derecho a una vida privada. Un rey no tiene vida privada. La ejemplaridad, esperable de cualquier cargo público, es doblemente exigible en él”.

Tal vez este adiós al rey emérito anticipe el fin de la monarquía constitucional española.

 

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