RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Se fue el gran ídolo, cantante y mejor ser humano: José Rómulo Sosa Ortiz, José José. El sábado cuando me enteré de la noticia me entristecí igual que millones de mexicanos. Se había ido uno de los cantantes románticos más importantes de nuestro país. Desafortunadamente, su muerte ya era esperada desde hace muchos meses al conocerse que padecía de un cáncer en el  páncreas y aunque el que decide cuándo, cómo y a qué horas está en el cielo, el fatal desenlace estaba latente día a día, aun más, cuando lo veíamos en alguna entrevista observábamos que físicamente estaba muy desmejorado, a pesar de que no era muy grande estaba ya convertido en un anciano disminuido lastimosamente, a ello había que agregarle que luego de haber tenido una potente y hermosa voz, casi ya no podía ni hablar. Muy triste su situación y muy difícil su porvenir. El sábado recordé con mucho cariño cuando hace algunos años me lo presentó mi compadre Marco Antonio Muñiz. Ellos habían venido a Aguascalientes a presentar un extraordinario espectáculo llamado “Bohemia”, en el que participaban cuatro excelentes artistas: Marco Antonio Muñiz, Armando Manzanero, José José y Raúl Di Blasio. ¡Todo un señor espectáculo con cuatro gigantes del mundo musical! El día que se presentarían en nuestra ciudad acudí en la mañana por Marco al aeropuerto, pues días antes me había llamado para decirme que vendría a trabajar y quería saludar a sus ahijados, así que aprovechamos su estancia desde su llegada a Aguascalientes. Ahí en el aeropuerto me presentó a José José, un tipo formidable, cariñoso a más no poder y que se dirigió conmigo como si nos conociéramos de toda la vida, muy amoroso. Se veía un hombre de alma muy transparente. Él se vino con nosotros en mi camioneta al hotel. Llegando sólo se dirigieron a llevar su equipaje a sus habitaciones y desayunamos en el restaurante del hotel. Ahí ya estaban mis hijos esperando a su padrino que con gusto los saludó y entregó algunos obsequios. José José se integró a nuestra mesa junto con su valet, un gay muy simpático que de vez en vez intervenía en la plática con mucha chispa que nos hacía reír.

Ese día dieron dos funciones a las seis de la tarde y nueve de la noche, ambas con teatro a su máxima capacidad, ¡y cómo no! pues eran los grandes de la canción y el romanticismo. Pero antes, al medio día, los artistas fueron a checar y ecualizar el sonido al teatro, cantando con sus músicos unas tres o cuatro canciones. Imagínese usted estar tan solo cinco o seis personas ajenas a los músicos escuchándolos ¡en exclusiva! ¡Maravilloso! A José José le tuvieron que ecualizar con más precisión su micrófono pues ya batallaba mucho para cantar, para alcanzar las notas. Cuando ensayó vi cómo se esforzaba, pero el ánimo que tenía superaba su dificultad física para interpretar como antaño sus canciones. Ya por la tarde, en el teatro, el camerino de José José estaba a un lado del de Marco y enseguida los de Manzanero y Di Blasio. Marco llegó al teatro elegantemente vestido y ya en su camerino se cambió para salir haciendo honor a la manera como era conocido: ¡El lujo de México! Momentos después José José llegó al camerino de Marco también elegantemente vestido de smoking. Enseguida les avisaron que había que salir al escenario y los cuatro artistas, formados uno tras otro, caminaron hasta aparecer uno a uno en el escenario ante el delirio del público que emocionado aplaudía frenéticamente. Ya ahí, tras bambalinas, o piernas del teatro, se quedaron Marco, Manzanero y José José, pues inició Di Blasio con dos melodías y a partir de ahí se alternaron entre ellos para cantar de manera individual y también para hacer duetos y un cuarteto al final entre sí. Sin duda era un regalo enorme para los amantes de la música. Yo estaba junto con mi hermano Ricardo y mi hijo Rodrigo, ahí, tras bambalinas y por ello teníamos la grandiosa oportunidad de observar el show a cinco metros de distancia y a un lado los artistas que esperaban su turno para entrar al escenario. En uno de los momentos que estaba cantando Marco, José que estaba observando, sin voltearme a ver me dijo: “¡Mira nada más a este cabrón el vozarrón que tiene, y yo que me tengo que esforzar para sacar adelante el compromiso!”.  Se me hizo muy curioso oír a José decir una mala palabra pero le salió con franqueza y con admiración hacia Marco. La primera presentación se terminó y a las afueras del teatro ya estaban largas filas de gente ansiando entrar a ocupar sus localidades. Mientras en los camerinos los artistas descansaban, pues era un show de casi ¡tres horas! Y la verdad sí era cansado pues estaban parados todo ese tiempo, ahora imagínese usted seis horas… haga de cuenta un viaje de aquí a México de pie. Y para acabarla, Marco no se sentó en su momento de descanso, pues tiene la costumbre desde siempre de no sentarse para no arrugar su pantalón. Así que se la pasaba de pie hasta acabar el show. José José se quedó con nosotros en el camerino de Marco comentando algunas incidencias del primer show; a ambos les había encantado la respuesta de la gente, que efectivamente se había mostrado muy cariñosa, especialmente con José José, pues se veía cómo se esforzaba para sus interpretaciones; por ejemplo cuando cantó “El triste” yo pensé para mis adentros: “¡Dios mío, qué fortaleza y cariño para su profesión tiene este hombre!”, pues se veía el esfuerzo que hacía para salir avante del compromiso. Sí, lo vi agobiado, pero con mucho ánimo y cariño por lo que hacía; además cuando hacía duetos con Marco él lo arropaba no tratando de dar notas muy altas para no hacerlo ver mal.

Cuando terminó el segundo show, camino al camerino, José José nos preguntó que qué íbamos a hacer. Marco le contestó que cenaríamos en el hotel. José nos dijo que nos acompañaría. “Me hablan cuando ya vayan para allá”. Y en efecto, Marco nada más se quitó el maquillaje, se puso una chamarra y salimos para el restaurante. Mi hijo Rodrigo le fue a hablar a su cuarto a José y momentos después estábamos ya muy a gusto platicando en el restaurante; Di Blasio se integró también en nuestra mesa. El único que no cenó ahí fue Manzanero, él salió del hotel. Pero después me di cuenta porqué los artistas casi siempre desayunan comen y cenan en sus habitaciones, cuando vi que la gente que se habían ido saliendo del teatro a cenar al restaurante del hotel, cuando vieron a los artistas comenzaron a ir a nuestra mesa a pedir autógrafos y sacarse fotos y ellos con gusto aceptaban; a pesar de que había gente un tanto imprudente pues hubo una señora que le pidió a Marco ¡que le cantara una canción! Marco, con toda la paciencia del mundo le cantó un pedacito de canción. Increíble por todo lo que pasan los ídolos.

Después de cenar la sobremesa fue muy agradable. Las anécdotas y vivencias de los artistas eran maravillosas. Luego de un tiempo razonable Marco se despidió y aunque la empresa que los contrató les puso transporte, Marco prefirió que los llevara yo al aeropuerto, así quedamos de vernos por la mañana para llevarlos. José José se quedó y nosotros nos quedamos “un poquito más” -como la canción de Álvaro Carrillo- platicando en el restaurant. Ahí José nos contó cosas muy bonitas y también tristes de su vida, de su andar por el difícil camino del mundo del espectáculo. Algún día tendré la oportunidad de platicársela a usted, estimado lector. ¡Le encantarán! Más noche nos despedimos como si fuéramos amigos de toda la vida, con mucho cariño, pues él era muy cariñoso. Hoy, termino esta columna con una gran tristeza, preguntándome porqué los seres humanos que tienen tanto talento, amor, bonhomía y que no le hacen un mal a nadie, se tienen que morir. José José fue un hombre que vivió con demasiada intensidad, y que tristemente lo que está haciendo su familia allá en Miami es inaudito. José José no merecía un final así. En verdad, muy lamentable poner fin a su historia de esa manera.