Por J. Jesús López García

En la zona montañosa denominada el Monte Athos en el norte de Grecia, hacia el siglo IX comenzó a erigirse una comunidad monástica que hace más de mil años y hasta nuestra fecha, continúa viva. Los edificios se encaraman desde la montaña a cerca de 2000 metros que se precipitan abruptamente hacia el mar. Entre bosques de castaños, la arquitectura se ha adaptado a un medio accidentado y espectacular.
En cualquier lugar que el ser humano establezca su morada, la arquitectura le estará acompañando, sea en un medio natural o totalmente urbanizado, los edificios se adaptan y adaptarán al sitio. Siguiendo a la necesidad, la construcción irá integrando materiales y técnicas constructivas de maneras ingeniosas.
La residencia Kaufmann, más conocida como «Casa de la Cascada» que el arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright (1867-1959) concibió para la familia del mismo apellido en Pensilvania en los años treinta del siglo pasado, es una edificación única, pues hace de su entorno natural algo más memorable por marcar sobre una cascada la presencia de una finca impresionante que parece imitar las capas tectónicas de la topografía labrada por el agua a través de los cientos o miles de años. Como el complejo monástico griego aludido, la obra se adapta al sitio de manera magistral y de paso hace que el lugar sea aún más especial.
En cada espacio en donde la edificación tenga lugar, existe la posibilidad de crear una arquitectura que parezca separarse del canon imperante, al menos de manera parcial, y con ello, lograr establecer una presencia especial. El entorno natural con su topografía, clima y vegetación, o el entorno urbano con sus alineamientos, traza vial y superposición de tiempos constructivos -con lo que ello entraña en cuestión de materiales, formas y configuraciones espaciales-, son ocasiones para propiciar esos objetos únicos que son los edificios atípicos, aptos para recordarles como algo especial, aunque sea de manera modesta, en su contexto.
El Edificio Ermita del arquitecto Juan Segura (1898-1989) de 1930, ubicado en la confluencia de las avenidas Jalisco y Revolución en Tacubaya, Ciudad de México, presenta un perfil fácilmente reconocible de una manera similar a como lo hace la famosa zona saturada de anuncios luminosos, transformándose en una galería urbana enTimes Square en la ciudad de Nueva York. Esas aristas urbanas surgidas por la convergencia de calles propician elementos arquitectónicos especiales, aunque sea de manera tímida.

Finca en Avenida Madero No. 728 esquina con calle Ejido

En la avenida Francisco I. Madero de nuestra ciudad aguascalentense, justo donde se une a la pequeña calle Ejido, se encuentra dispuesta magistralmente una finca. Inmueble de tres niveles, estrecho pero con frentes a dos calles y tres fachadas; incluye dos apartamentos y una planta baja capaz de alojar un establecimiento comercial. Es un edificio sencillo con algunos quiebres en sus paramentos que sobresalen del límite de su alineamiento en cantiliver abrupto; tiene alguna reminiscencia de la Escuela Moderna, sin embargo lo que le hace especial es su disposición de ser el único edificio de la avenida Madero que posee una perspectiva franca de casi toda la calle, además de conformar junto con el gran laurel que le acompaña en ese pequeño fragmento de ciudad, una sensación de densidad urbana que se pierde en casi todo el resto de Aguascalientes.
La arquitectura se adapta a su sitio y a cambio le modifica. No siempre la modificación es afortunada, en ocasiones puede ser dañina al contexto, pero en los casos citados, la arquitectura llena un vacío o un paisaje con una presencia benigna. Al final como un gran árbol, como la vista de un cerro o de una rivera, la arquitectura también se constituye como parte importante de un entorno, de un hábitat para los humanos y especies que les acompañan.
Esa adaptación obedece al impulso de nuestra especie para modificar su lugar de residencia de acuerdo a su necesidad y a su afán por marcar su paso por el mundo. Sea buena o mala arquitectura, un edificio puede ser una parte importante en la apreciación de un sitio; desafortunadamente al igual que cerros, árboles y demás elementos del paisaje o del territorio, los edificios suelen ser descontados como algo obvio, algo cuya presencia se mantiene sola, y nos percatamos tarde que al igual que los elementos de la naturaleza en peligro de destrucción, también requieren de mantenimiento y de una ocupación constante y permanente para evitar su deterioro y decadencia.
Como en el caso del edificio descrito, en nuestra ciudad no se requiere de una pieza arquitectónica excelsa o impresionante como la casa de Wright, el edificio de Segura o el conjunto monástico griego, basta adaptar a un sitio atípico una construcción que sepa entender el lugar y tratar de hacerlo especial, y es que la solución arquitectónica no es simple, se necesita el oficio en la disciplina, a grado tal que lo que pareciese un impedimento como lo es lo reducido del terreno, se convierta en un elemento que coadyuve a una propuesta atrayente para todas aquellas personas que sepan admirar la arquitectura de nuestra singular ciudad acaliteña.