Moshé Leher

Una de las grandes virtudes de redes sociales como el Facebook y otras calamidades, es que sirve para ver cuál de nuestros amigos está con la novia monumental, qué familia cercana anda de safari en África, quien está de nuevo en su departamento de Playa del Carmen, o cuál de nuestros conocidos anda por Madrid, viendo torear a Talavante… Todo mientras que uno está encerrado en casa, pensando que ya no tarda el recibo (sablazo) de la CFE, que se nos vence la letra del coche, todo mientras una leve brisa, de una levedad casi quántica, nos recuerda que cuando baje el sol, esa furia hidrogenada, hay que subir a la azotea para dos cosas: echar esa capa que falta de impermeabilizante (y evitar que se nos caiga el techo), primero; y, segundo, a evitar que un mareo súbito me precipite de cabeza a la cochera, ocho metros abajo.

Es lo que tienen las causas perdidas, cuando uno repara que esto de ser, si no misántropo, pero sí un poco huraño, se contenta pensando que no nos morimos (o sea que no me muero yo) de ganas de ir a ver cebras y hienas, que ir a Playa del Carmen tampoco es cosa del otro mundo -calor más abrasador que el de aquí y balaceras en cualquier momento-, que cuesta menos ir a ver la corrida de san Isidro en una cantina, que gastar una fortuna: avión, taxis, hoteles, billetes para la plaza…

Mientras el mundo así rueda, sin preocuparse si uno anda en Saint-Tropez, o por lo menos en las playas de Sayulita, o si el jet lo espera para llevarlo al yate que a su vez nos va a llevar, o a salto de mata de los acreedores, yo me entretuve las dos últimas semanas haciendo lo único que, parece, sé hacer: leer y escribir, además de morirme de calor, que tampoco se me da mal.

La reseña de la que ya conté algo, y que me quedó pasable, a pesar de que el estilo me resultó ampuloso (los climas africanos no es que suelan dar premios Nobel a patadas, con la salvedad de poetas tropicales), me puso a leer no solo el librito que coordinó el maestro Lamo de Espinosa, sino algunas cosas sobre la relación entre España y la Iberoamérica, algo sobre el Franquismo, una monografía sobre la relación, que acabó en pleito, entre Ortega y Gasset y nuestro Alfonso Reyes y, ya de último momento, ‘La conquista de la Transición (1960-78) de Óscar Alzaga, en su día compañero de viaje de Adolfo Suárez.

Encarrerado ya me decidí a escribir un ensayito de una veintena de páginas que traía rondándome la mente, siempre siguiendo la operación recomendada por Borges: pensar (hasta donde me da el meollo), crear, escribir y publicar (ahora que, como profetizó el citado, que no tuvo la desgracia de experimentar las redes, ahora se empieza por el fin: por publicar); en la operación de pensar y de crear me puse a releer (con aviesas intenciones de tomar prestadas ideas ajenas, que las propias me son caras, por pocas) a Paz, sobre todo el Ogro y la Posdata, a Bartra (Las redes imaginarias y La Jaula), a Lafay, algunas monografías sobre Bobbio y un librito muy interesante de Armando González Torres (‘Las Guerras culturales de Octavio Paz’, que publicó el Colmex) y alguna cosa más, incluido un pastoso ensayo de Carpizo y unas líneas claras y hasta iluminadoras de doña Soledad Loaeza.

El asunto es que llevo dos semanas haciendo lo que pensé que nunca volvería a hacer, escribir como si en ello me fuera la vida; sabiendo que se trata de una causa perdida, otra vez ateniéndome a Borges, al que traigo muy presente, por aquello de las ídem, que dijo que es de caballeros el apoyarlas (las causas perdidas, por si hay que dejarlo en claro).

En eso, ayer, suena el timbre de casa: Como no espero a nadie barajo, mientras voy a la puerta, temeroso, las posibilidades: un cobrador, harto probable; un asaltante despistado, siempre un asunto plausible en estas tierras; unos testigos de Jehová, otra posibilidad; un antiguo amor, se habrá escapado del manicomio…

Es un señor que, muy amable, me pregunta a qué me dedico ahora:

A deber, a pagar cuando puedo, a escribir un poco, a dejar para pasado mañana lo que puedo hacer mañana… Y poca cosa más.

Me viene a ofrecer trabajo, o algo así… Continúo el lunes, que de estos sustos no se repone uno así como así.

¡Shabat Shalom!

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