Luis Muñoz Fernández

Desde que hace años leí algunos de los libros de Desmond Morris -“El mono desnudo”, “El zoo humano” y “Comportamiento íntimo”- he abrigado la idea de que en las zonas más antiguas de nuestro cerebro sigue viviendo el simio que fuimos durante miles y miles de años.

Lo he llamado “el australopiteco que todos llevamos dentro”. Lejos de ser un vestigio evolutivo, goza de plena vitalidad y se asoma desinhibido a la primera oportunidad que se le presenta. Eso puede explicar que, pese a siglos de religión, cultura y avance científico, sigamos obedeciendo a nuestros instintos más básicos.

El asunto viene a colación ya que días atrás Roberto Blancarte, distinguido sociólogo y miembro del Colegio de Bioética, me decía que siempre le asombraba la credulidad de la gente y que no entendía el fuerte arraigo del pensamiento mágico en buena parte de la población, incluso en personas instruidas. Le respondí que a lo mejor la respuesta se encontraba en nuestra historia evolutiva y cultural.

Cuando nos remontamos al pasado lejano enfrentamos enigmas difíciles de esclarecer. Es imposible llegar a saber lo que pensaba un australopiteco. Ha sido más fácil entender el registro fósil e incluso develar parte del genoma del hombre de neandertal, pero el enfoque puramente biológico de un problema cultural parece insuficiente.

El paleontólogo Juan Luis Arsuaga lo expresa así: “Es evidente que explicar la psicología y la sociología humanas basándose sólo en la genética es un caso de reduccionismo abusivo… Pero, ¿podrían ser compatibles (mirando hacia arriba en la escala de la complejidad) la biología, la psicología y la sociología, como son compatibles (mirando hacia abajo) la biología, la química y la física? ¿Los diferentes niveles de explicación pueden integrarse unos en otros hasta llegar al de la sociología?”. El doctor Leonardo Viniegra, estudioso del fenómeno vital, piensa que sí.

Yuval Noah Harare afirma que la revolución cognitiva de nuestra especie inició hace unos setenta mil años. Durante los cuarenta mil años siguientes, los humanos desarrollaron una forma de pensar revolucionaria y, sobre todo, crearon un lenguaje que les permitió comunicarse y formar sociedades complejas. Concibieron y expresaron cosas que no existían en el mundo material: dioses, símbolos y mitos. El pensamiento mágico le lleva al pensamiento científico una ventaja de al menos sesenta mil años.

Visto así, fue apenas ayer cuando bajamos del árbol para empezar a caminar por el Gran Valle del Rift.

 

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