Moshé Leher

Yo nunca he tenido ninguna clase de fascinación por el poder, ni por los poderosos; por el oficio que ejercí cuatro décadas traté a algunos, pero no sentí jamás, cuando les pude ver de cerca, nada cercano a aquella erótica del poder y si me acerqué a ellos fue por pura obligación; en ese sentido, ante sus dichos, sentí que para mi fuero interno valía aquello de ‘dígalo Agamenón o dígalo el portero’.

Y no hablo de nuestros poderosos vernáculos, seres en general mediocres intelectualmente, rácanos, de pequeñas ruindades, enamorados, como todos los poderosos, de su imagen y encantados de conocerse a sí mismos; para ser justos hay dos excepciones, un ex gobernador de formación militar que tenía buena entraña y otro, todavía vivo, que es una persona inteligente. Hasta allí.

Ayer justo desayunaba con un amigo madrileño y salió a la sobremesa mi experiencia como corresponsal extranjero, de la que mejor guardo el recuerdo de una corrida de toros en Las Ventas, una entrevista a Vargas Llosa, la visita a Sarajevo (ya firmada la Paz de Daytona, claro) y algún clásico Real Madrid-Barcelona, que haber conocido al Rey -hoy emérito- Juan Carlos de Borbón.

Recuerdo especialmente una entrevista con Patricio Aylwin, el primer presidente chileno después de la deleznable dictadura de Pinochet, quien estuvo en Barcelona en una reunión de la agonizante Internacional Social Demócrata (la segunda), que presidía entonces Antoni Durán Lleida, líder de la ya extinta Unió Democrática de Catalunya; una más en el Palau de la generalitat, en solitario, con Jordi Pujol; alguna más con el uruguayo Julio María Sanguinetti, quien me dijo que el Uruguay era, a diferencia del resto de los países iberoamericanos, un país con poca corrupción por el sencillo hecho de que los uruguayos no eran corruptos.

Hace unas semanas, una de las tres escasas -e innecesarias- asistencias a las corridas de toros de la pasada Feria, estaba yo en un pequeño barecito afuera de la plaza, cuando vi pasar, hecho un cadáver andante a un ex gobernador de esta tierra de apaches, que en sus días era un dechado de soberbia y, para decirlo mal y pronto, un majadero.

Ya tenía yo referencias de su mal estado de salud: un amigo, de los muchos agraviados por ese hombre de bajos instintos y peores modales, me dijo que al verlo sintió ganas de recriminarle no sé qué bajezas que padeció de su parte, pero que al verlo tan enfermo se había sentido mal por él y optó mejor por guardarse sus reclamos, que no es forma de corresponder a tanta ruindad, pues lo enfermo -ni lo muerto- quitan la condición de canalla a un canalla. Punto.

Cuento esto ahora que, nada más asomarme en las redes un rato, veo que las hoy candidatas a la gubernatura libran una verdadera guerra de patadas y taconazos bajo la mesa, acusando a sus contrincantes, que sí enemigas, nunca mejor dicho, porque parece que se les va la vida en ganar la contienda.

A Dios rogando (la zanahoria) y con el palo dando (el ídem), prometiendo que nada mejor nos puede pasar que ser gobernadas por una de ellas y nada peor que estar bajo el yugo de sus contrincantes ya que cada una de ellas es, a su decir (por medios anónimos, claro), el sumun de la maldad y lo avieso.

Parece que nacieron para servirnos, para liquidar a los que amenazan nuestra seguridad, mejorar nuestra economía, darnos lo mejor de lo mejor en salud, educación, servicios, transporte, oportunidades de negocios; una de ellas, la de ya saben quién, se presenta incluso como una opción casi de obligación moral, enarbolando la alta y probada moralidad de su jefe, el presidente… En esto de prometer el paraíso en la tierra de la ‘gente buena’ (¿buena para qué?), salieron todavía más audaces que sus antecesores masculinos.

Casi podemos hablar que en ellas hay abnegación casi materna, donde ellas quieren ser nuestras madres amorosas y nosotros sus desamparados hijos, dispuestas hasta el sacrificio para nuestro bienestar, que es la palabreja de moda; habrá que componerles un doloroso bolero o un lacrimoso tango para agradecerles que se tomen tantas molestias por nosotros.

¡Shabat Shalom!

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