Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

En la colaboración anterior se mencionaron algunas causas externas al plantel educativo, que inciden en el abandono escolar y también se hizo mención que había factores internos de la escuela que provocaban la deserción de los alumnos, como las siguientes:

Muchos maestros (de buena fe) dan clases a todos los alumnos por igual como si todos tuvieran el mismo nivel de aprendizaje, el mismo interés y las mismas capacidades; y en las evaluaciones, también, a todos “los miden con la misma vara”. Estos maestros no deberían olvidar que sus alumnos proceden de familias con grandes contrastes; que sus alumnos tienen necesidades, intereses y aspiraciones diferentes, así como potencialidades desiguales: hay estudiantes que tienen facilidades para aprender ciertas cosas y otros tienen dificultades; hay alumnos que aprenden de una manera y otros de forma distinta. Entonces, tratara todos por igual, en las clases y  en las evaluaciones, es ignorar sus particularidades y desdeñar a quienes requieren más apoyos pedagógicos diferenciados. Siendo ésta una de las razones de por qué los estudiantes con más dificultades en los aprendizajes, al sentirse desatendidos, menospreciados y desanimados, optan por abandonar la escuela.

“¿Por qué desertas de la escuela?”, se pregunta a varios alumnos que ya tienen la decisión de abandonar sus estudios. Responden: “Porque se me hacen muy aburridas las clases, no les encuentro ningún interés… las clases son rutinarias, no llaman la atención, son las mismas formas de dar clases todos los días; por eso mejor me voy de la escuela para ocuparme en otra cosa”. En la escuela existe la idea generalizada que no pocos alumnos son apáticos a las clases, que no les interesan los estudios, que no quieren hacer tareas. Sería bueno reflexionar, ¿son apáticos los estudiantes aun en las clases interesantes y útiles?, o ¿son apáticos cuando las clases son aburridas y sin propósitos definidos? En una encuesta reciente que se hizo a los alumnos, al respecto, dicen: “Cuando una clase es interesante y llamativa, todos los alumnos estamos atentos y aprendemos; pero cuando la clase no tiene pies ni cabeza, no es atractiva, ni de utilidad práctica, todos nos aburrimos, hacemos desorden en el salón y no aprendemos”. El aburrimiento y el desinterés, además, provocan reprobación y ésta, a su vez, aumenta la deserción.

Cuando algunos docentes no encuentran formas para poner en orden a los alumnos hiperactivos e indisciplinados y tampoco logran hacerlos trabajar, en lugar de dialogar con estos alumnos para conocerlos y saber las causas de su comportamiento (para brindarles la atención pertinente), los maestros presionan a los directivos para que expulsen a esos estudiantes y efectivamente son expulsados; y para evitar una llamada de atención (por no estar permitida la expulsión) en el registro oficial se reportan como desertores.

Y cuando los padres de familia, de alumnos problemáticos, son citados frecuentemente a la escuela para que conozcan la situación de sus hijos: de las faltas recurrentes que tienen, de las indisciplinas en que incurren, del incumplimiento en las tareas, de las materias reprobadas que tienen y demás problemas que provocan en la escuela; ante estas quejas constantes y reproches que reciben en cara, varios padres de familia concluyen diciendo: “Prefiero que ya den de baja a mi hijo; ya he hablado con él y no entiende; yo tampoco tengo tiempo para seguir acudiendo a la escuela, tan solo para escuchar todas las anomalías de mi hijo”.

Entre otras, estas causas internas de la escuela y las causas externas (mencionadas en la colaboración anterior) son las que dan margen al abandono escolar. No son sencillas de superar, pero son factibles de enfrentar con miras de evitar el abandono escolar al máximo, siempre y cuando todos los actores educativos contribuyan con la parte que les corresponde por el bien de los adolescentes.