Luis Muñoz Fernández

Hace bastante tiempo ya que aquella dicotomía planteada en 1959 por el físico y novelista inglés Charles Percy Snow en su famosa conferencia Las dos culturas ha sido superada. Snow describía la poca comunicación y conocimiento mutuo que existía entre dos campos del saber aparentemente irreconciliables: el de las ciencias y el de las humanidades. Snow lo expresaba de la siguiente manera:

“Un buen número de veces he estado en reuniones de personas que, por las normas de la cultura tradicional, se creen muy educadas y que mucho gusto han expresado su incredulidad por el analfabetismo de los científicos. Una o dos veces me han provocado y he pedido a los interlocutores cuántos de ellos podrían describir la Segunda Ley de la Termodinámica, la ley de entropía. La respuesta fue fría y negativa. Sin embargo, yo estaba pidiendo algo que para los científicos sería equivalente preguntar: ¿Has leído una obra de Shakespeare?”.

Hoy, pese a que tenemos una concepción muy distinta y ya casi nadie se atreve a negar que la ciencia es parte de la cultura, sigue siendo necesario defender que el mejor enfoque para entender el mundo y a nosotros mismos pasa por la interdisciplinareidad, que incluye tanto a las ciencias como a las humanidades.

Por fortuna, en este sentido tenemos magníficos exponentes, tanto en el ámbito anglosajón como en el latinoamericano, por citar solamente los que nos resultan más cercanos. En nuestro medio ha destacado en su esfuerzo por acercar lo que antaño fueron Las dos culturas a José Manuel Sánchez Ron, físico de formación e historiador de la ciencia de gran influencia, que ha publicado magníficas obras que son un referencia obligada en ambas orillas del Atlántico.

Ya en una obra previa que le hizo merecedor del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2011, a la que Sánchez Ron tituló La Nueva Ilustración: Ciencia, Tecnología y Humanidades en un mundo interdisciplinar (Ediciones Nobel, 2011), el autor insistía en que necesitamos un enfoque que integre a las ciencias y las humanidades si pretendemos avanzar en el conocimiento. Desde luego que el término  La Nueva Ilustración hace referencia al esfuerzo interdisciplinar que caracterizó a los enciclopedistas del siglo XVIII, entre ellos D’Alembert, que en la introducción al primer volumen de la Enciclopedia publicado en 1751 señalaba lo siguiente:

“…Por poco que se haya reflexionado sobre el enlace que los descubrimientos tienen entre sí, es fácil reparar en que las ciencias y las artes se prestan ayuda mutuamente, y que existe, por consiguiente, una cadena que las une”.

José Manuel Sánchez Ron es catedrático emérito de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro, entre otras, de la Real Academia de la Lengua y de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España. Acaba de publicar una obra titulada El canon oculto. Una nueva biblioteca de Alejandría para la ciencia. (Crítica, 2024), en cuya introducción señala lo siguiente:

“Este libro es fruto de una vida, de mis lecturas a lo largo de los años, y de un compromiso ¿moral? de rebatir la tan extendida costumbre según la cual los cánones de lo mejor que la humanidad ha producido a lo largo de su andadura se elaboran con la inclusión, únicamente, de obras de literatura, junto con ocasionales textos de filosofía e historia. Con la excepción de The Origin of Species de Charles Darwin, rara vez asoman a esas relaciones libros de ciencia, como si su lectura y conocimiento no formasen parte de la cultura y no pudiesen dar placer a quienes se acercan a ellos, además de garantizar el acceso a lo mejor de la sabiduría que los seres humanos han alcanzado”.

 Por eso en este libro Sánchez Ron selecciona y reseña cien libros notables en la historia de la ciencia:

“Quiero cumplir con este compromiso personal antes de que mis días se acorten, mi memoria se nuble y mi ánimo empiece a flaquear. Así será, en qué medida, por supuesto, no lo sé. He necesitado de días completos, de memoria fiable y de ánimo suficiente para compilar este canon de cien libros de ciencia que estimo merecen no ser olvidados y, si es posible, que deben ser leídos”.

Hay otra razón muy poderosa y actual para que exista ese trabajo compartido, esa retroalimentación entre las ciencias y las humanidades. La expone con gran claridad Carmen Estrada, neurocientífica y catedrática de Fisiología Humana, actualmente jubilada y dedicada al estudio del griego clásico. Lo hace en su libro La herencia de Eva. Del instinto de curiosidad a la ciencia moderna (Taurus, 2024). Tras remontar el inicio del espíritu científico a la Eva bíblica que, impelida por la curiosidad, come de la manzana que proporciona sabiduría y conocimiento, señala lo que ha ocurrido con la ciencia en los últimos años:

“Sin embargo, esa situación prometedora [de la ciencia] sufrió un cambio de rumbo cuando el elemento rector de la sociedad pasó a ser la competencia sin límites, la codicia y la acumulación de bienes cada vez en menos manos, fenómeno que ha ido in crescendo hasta la actualidad. La ciencia comenzó entonces a apreciarse no como una herramienta del pensamiento y del conocimiento del mundo, sino sobre todo como proveedora de esas nuevas técnicas –las cuales, como quien recibe un título nobiliario, pasaron a llamarse tecnologías– y de nuevos y más rentables negocios…

Este libro es un intento de comprender la ciencia y la situación incómoda a la que se ha visto abocada en la sociedad neoliberal y globalizada actual. Sólo recuperando el humanismo científico, o una ciencia humanista, podremos, si no frenar, al menos mitigar la caída desde el brusco terraplén por el que, lo reconozcamos o no, nos estamos precipitando”.

Creo que este mensaje es muy claro y que tenemos que esforzarnos en educar a las nuevas generaciones con el enfoque integral que sólo puede ofrecer una equilibrada combinación de las ciencias con las humanidades.

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