RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

El lunes pasado se cumplió un año de que se dio por iniciada oficialmente la pandemia del coronavirus en México. En ese entonces muchos oíamos, leíamos y veíamos infinidad de opiniones, pero todas era especulaciones pues a ciencia cierta, ni las autoridades sanitarias sabían a ciencia cierta qué era a lo que el mundo se estaba enfrentando y hoy, a un año de la aparición de este flagelo es la misma, la ciencia médica todavía está dando palos de ciego tratando de desentrañar el conocimiento básico sobre este virus. Sin embargo, la letalidad de esta enfermedad era contundente, sin piedad comenzó a arrasar a miles, hasta llegar a millones de personas alrededor del mundo. El desconcierto entre los principales líderes del mundo era total pues no había ya no digamos un paliativo para este mal, sino un remedio eficaz para controlar la mortalidad que a pasos agigantados recorría el globo terráqueo. Y como en muchas ocasiones ha sucedido, a pesar de las palpables muestras de la tremenda fuerza del virus, millones de habitantes a nivel mundial se mostraban escépticos y manifestaban diferentes teorías sobre la enfermedad, muchas de ellas rayaban en la fantasía, pero muchos decían, y siguen diciendo, que el COVID-19 no existe. Los millones de muertos no los han convencido.

En el transcurso de un año hemos visto cómo los científicos de varios países comenzaron a estudiar a pasos agigantados las posibles variantes que dieran primero con la vacuna que pudiera controlar que siguiera avanzando la pandemia como bola de nieve y en segundo término el lograr encontrar el medicamento que curara la enfermedad. La población mundial observaba con ansia los noticieros día a día esperando que de un momento a otro se diera la noticia de que ¡por fin! se había encontrado la vacuna que nos protegiera. Eso traería un alivio formidable para tratar de volver a hacer, aunque fuera en parte la vida normal que habíamos perdido de manera abrupta. A recuperar la libertad para volver a las actividades laborales que habían sido disminuidas al máximo. Millones de habitantes aparte de haber perdido su libertad de movimiento, así como de haber sufrido el deceso de familiares y amigos. Además, también habían perdido su modus vivendi. Los comercios en general tuvieron que cerrar sus puertas, las fábricas, armadoras de autos, así como todo tipo de industrias habían tenido que reducir al máximo su plantilla laboral. Los restaurantes, centros nocturnos, bares y los mal llamados antros también sufrían por las tremendas restricciones implementadas por las autoridades sanitarias. A ello había que agregar a la población que se dedica a amenizar dichos lugares: los músicos en todas sus acepciones. A ellos también el mundo se les vino encima precipitadamente. Y no sólo a ellos sino a quienes se dedican al ambiente artístico de manera profesional. Otros espectáculos también sufrieron, y siguen sufriendo, de la negativa de que asista el público a los eventos, como sería el futbol profesional. Primero durante unos meses se prohibió tajantemente que hubiera partidos, ya con el paso de los meses se autorizó que hubiera juegos sin público. Al principio el observar los juegos con estados desiertos era algo digno de una película de ciencia ficción. El silencio del estadio contrastaba con el ir y venir de los jugadores. El observar las miles de butacas vacías generaba una sensación de soledad de cementerio. Se extrañaba la algarabía de los aficionados. No se daba crédito a observar un juego de los llamados clásicos, que siempre convocan a miles de aficionados y que llenan los estadios de bote en bote. La nueva realidad era tremendamente triste. Desde luego que los principales actores de los juegos, o sea los jugadores, no sentían la misma sensación con el estadio vació que con el estadio lleno: los gritos, las porras y hasta los insultos de los aficionados.

Para quienes profesan alguna religión ha sido difícil no poder asistir a los oficios religiosos. En lo personal, junto con mi familia ya cumplimos un año sin acudir a las misas dominicales presenciales. Eso lo hemos suplido observando las misas por televisión. Afortunadamente por medio de You Tube o Facebook se pude presenciar las misas diariamente. De los cines ni hablar. Estos han estado desolados. Poca gente se ha atrevido a acudir a las salas cinematográficas, pues se piensa, a pesar de la información que se ha dado a conocer de que no hay peligro de contagio, que sí es peligroso asistir, por lo encerrado de las salas.

Otra industria que ha sufrido lo indecible es la industria turística nacional. Los principales centros de veraneo han visto muy disminuida la visita de viajeros. Los hoteles han operado a su más baja capacidad y a eso se agregan las bajas ventas en restaurantes y bares. A ello hay que agregar a las personas que viven de las ventas ambulantes en las ciudades turísticas por excelencia. Por ejemplo una ciudad que ha sufrido tremendamente es san Miguel de Allende. Comentaba un amigo que tiene un negocio de bar en pleno centro de dicha ciudad, que no ha abierto por los estrictos protocolos sanitarios en muchos meses. A pesar de eso él sigue pagando la renta de la finca en que se encuentra su bar y como está casi enfrente de la hermosa parroquia de san Miguel Arcángel, la renta es de ¡50 mil pesos mensuales! Y los dueños no le han bajado ni quinto. O paga o que deje el lugar. La verdad de las cosas es que cuando no había pandemia mi amigo, Benjamín Lara más conocido como “El Quitapenas”, sacaba sin problemas lo de la renta y empelados, pero ahora ya despidió a varios de sus empleados y está aguantando lo indecible con la esperanza de que las cosas mejoren.

De la realidad en lo que es la educación hay mucho que comentar. Los niños y jóvenes estudiantes están experimentando una realidad muy inverosímil al tomar sus clases en casa por medio de una Tablet, PC e incluso un smartphone. Qué increíble se me hacía ver a mi nieto tener clases del jardín de niños en la sala de la casa por medio de una Tablet. Imagínese usted a un niño de 5 años tenerlo unas horas sentado atendiendo y obedeciendo a su maestra del jardín de niños ¡vía computadora! Si de manera presencial los niños son muy inquietos, sin la maestra en persona era algo tremendo.

En fin. La población se está acostumbrando a la nueva realidad, sólo que ahora con una nueva esperanza: ¡Que ya hay vacunas! Aunque con una salvedad: Que en México estamos a lo que diga el obstinado criterio del presidente López Obrador. Que promete una cosa y hace otra. Se supone que el día de ayer, según lo pronosticó López Gatell hace unas semanas, se debería de haber terminado de vacunar a todos los adultos mayores del país y esa meta al día de hoy…¡ni para cuando! Con nuestro presidente no podemos confiar. Iniciamos pues el segundo año de COVID-19 y sólo pedimos que en verdad ya vaya a la baja.