En esta ocasión, estimado lector, me gustaría dejar a un lado el inmenso y apasionante mundo de la economía, para reflexionar sobre la importancia de la vida, así como la fragilidad de ésta ante el contexto de nuestras actividades cotidianas. Estas palabras están dedicadas a una de las personas que más he respetado y admirado en mi vida. Indaguemos.

¿Cuántas veces nos hemos detenido a pensar en la importancia de la vida? ¿En lo que significa vivirla plenamente, en contraste a solamente llevarla a cabo? Muchos de nosotros caemos, por las diversas actividades que realizamos, en una cierta monotonía que nos impide valorar y comprender lo afortunado que somos al poder disfrutar de la vida, cada día, en cada momento. Sin temor a equivocarme, aquellas personas que más valoran la vida son también quienes más logran disfrutarla y quienes más aportan a este mundo, lo cual, considero, se refleja en gran medida en la huella que suelen dejar en otras personas.

Dejando a un lado los reconocimientos, considero que la satisfacción de dar y compartir alegrías, experiencias, aprendizajes, memorias y anécdotas con quienes nos rodean, es algo sumamente valioso de la vida. Pienso que en ello descansa la principal misión del ser humano en este mundo, pues esa satisfacción es lo único que con seguridad una persona podrá llevarse cuando se nos adelante en el camino. Es allí, donde mi fiel lector deja una huella inconmensurable en quienes tuvimos el placer y el honor de conocerlo.

Quienes conocieron al Licenciado Acero Templos, compartirán conmigo la extensa lista de enseñanzas que dejó. Fue una persona que siempre buscó el momento para debatir sobre alguna cuestión con cualquier persona que fuera posible. Su extensa lista de libros que leyó durante su vida lo hizo un gran conocedor sobre un sinfín de temas. Sin importar qué tan complejo fuera un tema o qué tan preparada estuviera una persona, un par de horas de debate con él estaban aseguradas.

Fue esa constante búsqueda de confrontar ideas lo que seguramente despertó en ti el interés por debatir desde historia económica, ideologías de líderes políticos, decisiones macroeconómicas, políticas fiscales o principios religiosos conmigo, sin que yo estuviera siquiera cerca de sus aseveraciones vastas, robustas y siempre críticas.

Nunca olvidaré que cuando apenas había publicado mi segunda columna en este mismo espacio, buscaste reunirnos para firmártela y dedicártela. Era tan sólo mi segunda colaboración: la fe que tuviste en mí, nunca la olvidaré.

Recuerdo también aquella frase que me compartiste hace apenas unos meses: “Con estimación y reconocimiento a un conocedor que disfruta y aprecia una buena bebida”, refiriéndote a una de las tantas cervezas que disfrutamos juntos durante alguno de los debates antes mencionados. Todas esas noches buenas, donde tu originalidad, ingenio y regocijo, convertían esa importante velada en un festejo anhelado desde comienzos de cada año, por todos y cada uno de los integrantes de la familia. Tu verdadera familia.

A ti, fiel e inigualable lector, que no dejabas pasar una sola semana sin enviar a tu asistente a comprar este ejemplar para poder leer y recortar esta columna, con la finalidad de la próxima ocasión que nos veríamos, poder ahondar en los diversos temas aquí expuestos. No tienes idea de cómo echaré de menos esas tertulias. Las enseñanzas en las mismas, fueron siempre invaluables.

Fuiste y siempre serás esa fuente de inspiración para no detener el tren del aprendizaje, del cual tú siempre fuiste el maquinista. Estoy convencido, que sin importar el lugar en donde te encuentres, siempre estarás atento a este espacio, el cual siempre estará elaborado en tu honor.

A veces, aquello que no siempre podemos entender comienza a tener sentido con el paso del tiempo. Sólo espero que ese lapso no sea muy prolongado, ya que estoy convencido de que te volveré a ver: ya sea de este o del otro lado.

¡Descansa en paz, tío Adrián!

 

@GmrMunoz