Moshé Leher

Ya he contado aquí, creo que más de lo necesario, de cómo este mundo virtual representa un choque, uno grande, para todos los que no somos nativos digitales y que nacimos antes de que existieran cachibaches como los ordenadores personales, las tabletas, los teléfonos celulares y, obviamente, antes de que asuntos como el de las redes sociales, o la misma Internet, fueran otra cosa que ideas de obras distópicas y propuestas de pura ciencia ficción.

Recuerdo, y miren que ya pasaron 27 años, de cuando Infosel comenzó aquí a ofertar suscripciones a la WWW, y que fui el suscriptor número de 57 del nuevo servicio; eran tiempos heroicos de conexiones telefónicas, de un módem que emitía pitidos y gruñidos, de escasas páginas disponibles, que cargaban con una lentitud que ahora volvería locos a muchos.

Antes de eso, lo recordarán algunos, para llamar por teléfono había que estar en casa o, en ausencia de una línea, ir a alguna esquina y rogar que el teléfono público no hubiera sido vandalizado; para saber del pariente que vivía del otro lado del mundo había dos opciones: las cartas de toda la vida -que parece que son ya material prehistórico- o conferencias telefónicas que costaban un ojo de la cara.

El asunto es arduo y mi espacio aquí poco, sobre todo en estos tiempos en que leer más de un párrafo parece una práctica poco común, casi una extravagancia, de tal manera que de pasada hablaré de que estas modernidades, que parecen que nos hacen la vida más fácil, tienen su lado (muy) oscuro, incluyendo el deterioro de la convivencia, el descrédito de la democracia, la emergencia de estos nuevos populismos que están arrasando las conquistas civiles de décadas, amén de la normalización de dos asuntos preocupantes: la asunción de la mentira como un bien de consumo colectivo y las nuevas patologías derivadas del exceso de información.

Hay un conflicto interior que ya había planeado Freud hace más de un siglo, el que opone la ‘vida real’ y su poetización, contenida en el término ‘Dichtung’, que explica que en estos días cobren auge fenómenos como el de los tarados que piensan que la tierra es cuadrada o como el lamentable espectáculo que dieron ayer los morenistas, pasando por los que creen que las vacunas anti COVID eran -son- un método de control social.

Para no abundar en asuntos que necesitan, primero espacios más grandes y, segundo, lectores interesados, me limitaré a señalar que hace meses que hago cursillos y certificaciones para tratar de combatir mi condición de lego en estos asuntos, para entender cómo van esos asuntos de nuestra privacidad cedida a las grandes corporaciones tecnológicas, el poder ahora omnímodo de la vigilancia universal (el sueño del Panóptico y el Big Brother), y del manejo bestial de datos que ahora usan para vendernos un apartamento en Miami, una crema dental o el elixir de la eterna juventud.

Los datos, que son el oro -y la fiebre- de estos días, que sirven lo mismo para calar bobos para las urnas, para construir o destruir trayectorias, para vender shampoo o hacer millonarios virtuales y destruir fortunas, son tantos que sin saberlo le dijimos a los dueños del ecosistema virtual nuestra edad, nuestros gustos, nuestras inclinaciones, nuestras creencias, nuestra capacidad de compra, nuestras preferencias sexuales.

Ahora mismo dedico mis buenas tres o cuatro horas diarias para estudiar de esos arcanos, avanzando a tientas y no sin dosis de horror al descubrir cómo nos disociamos de la realidad.

Quienes quieran entender un poco, y asustarse un mucho, anda por ahí un artículo, que recoge importantes estudios de neurocientíficos y especialistas en esa otra nueva ciencia de lo mental, que explica ‘Why de facts cant’ change our minds’ (Por qué los hechos no pueden cambiar nuestras mentes), en el New Yorker de febrero de este año, firmado por Elizabeth Kolbert, que es una vuelta de tuerca a aquello que Cioran llamaba ‘las mentiras consoladoras’.

¡Shavúa Tov!

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