Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(En la Panadería.- Pusieron las reglas y Toño Martín del Campo las aceptó, antes de atender cantos de sirenas que ven en él una trayectoria consistente, un desempeño eficaz y eficiente en los puestos que ha desempeñado, se disciplinó. Las encuestas, como era previsible, lo han favorecido. ¿Será que Marko Cortés respete las reglas que él impuso madrugando, o insistirá en ir contracorriente? La obcecación puede costar caro a los colores azul blanco.)

En un abrir y cerrar de ojos, con pandemia y todo ya se fueron tres años del gobierno que transformaría a México y yo, sigo pensando en el cuento del hombre nuevo. Aquel vago contumaz que jura y perjura a su mujer que al fin ha cambiado. Soy un hombre nuevo mi vida. Voy a buscar trabajo, arréglate y prepara unos centavitos que yo te repondré, vengo por tí para ir a comer, luego vamos al cine y después a tomar una copa, sólo una, para festejar al hombre nuevo. La esposa, crédula, esperanzada, soñadora, se arregla. Pasa el mediodía, llega la tarde, luego la noche y el calavera no llega. En la madrugada, ebrio como una cuba llega el rufián. Ella con justa razón le reclama al borde de la histeria: “Me dijiste que habías cambiado, me dijiste que eras un hombre nuevo” El desvergonzado contesta “Y sí, mi amor, lo malo es que este hombre nuevo se parece tanto al viejo”.

El gobierno de López Obrador se parece tanto al viejo, pero no al viejo del periodo neoliberal que tanto detesta, sino al viejo del peor PRI: populista, clientelar, chantajista, del compadrazgo, nepotismo y autocracia.

A mitad del camino, las propuestas incumplidas han sido la tónica del gobierno de la 4T, con un discurso simple y ramplón, machacón y falaz, ha logrado sostener, sin embargo, su popularidad en la construcción de un “personaje” que una gran parte de la población se traga, muchos, porque no quieren dar su brazo a torcer, otros, porque alimentan una esperanza que, como decía Nieztche: es el peor de los males porque prolonga el tormento del hombre, muchos más porque traducen dádivas en progreso, limosnas en justicia social, clientelismo en democracia.

José Ortega y Gasset decía que nosotros tenemos las ideas, pero las creencias nos tienen. Cuando una creencia se ha arraigado cuesta mucho desterrarla, así sea la más absurda e irreal. Cómo si no se explica que a estas alturas del progreso científico y vulgarización del conocimiento, haya personas que sostienen que la tierra es plana. En una reciente encuesta de una casa seria, con una metodología respetable, más de la mitad de los encuestados manifestó su creencia (no la puedo llamar de otra manera), de que la política de no combatir abiertamente a las mafias de la delincuencia organizada ha dado buenos resultados para el país. No puedo menos de pensar en aquel programa de televisión en que formulaban preguntas absurdas a las que, sin embargo, respondían los inquiridos desde la ignorancia y desde la creencia, v.gr. Preguntar a los hombres si estarían dispuestos a practicarse la histerectomía, a lo que un gran número contestaba afirmativamente.

Los números del propio gobierno muestran con la rotundidad que dan los números, que la violencia se ha incrementado en todos los niveles, desde la violencia familiar hasta la de los cárteles que enfrentan impunemente a la delincuencia. Sabemos que hay zonas del país y lamentablemente nos rodean algunas de ellas, en las que la delincuencia tiene el control, cobran derechos de piso, recaban alcabalas por el paso, desaparecen a los policías, fijan toques de queda y fijan cuotas por “garantizar” la seguridad de algunos ciudadanos. La presencia del ejército, la marina y la guarida “civil” ha sido ineficaz. Sin embargo la creencia de una buena parte de la población, alimentada en la ignorancia y propiciada por un discurso triunfalista, es que la seguridad marcha bien.

El presidente se ha saboteado. Probablemente se dio cuenta que gobernar era más complicado que abrir pozos petroleros y que abrir pozos petroleros era mucho mas difícil que perforar pozos artesianos (él dijo que no había diferencia). Muy pronto en su gobierno aprendió que la delincuencia no cambió las armas por herramientas y aperos de labranza, por lo que posiblemente (creo que no hay otra opción) decidió hacerse de la vista gorda o negociar con los cárteles, o las dos. En su gabinete tiene gente que le sabe a estas negociaciones. En el manejo hacendario se le ha hecho bolas el engrudo, dos secretarios de Hacienda han pasado y la economía moral sigue sin dar frutos. Recuerda desde luego a su emulado Echeverría, que sostuvo que la política económica se manejaba en los Pinos y así nos fue. Sus ofrecimientos: disminución de la corrupción, descentralización de las secretarías de Estado, el regreso del ejército a los cuarteles, la salud como en Dinamarca, la desaparición de las mafias de la educación, el combate a los líderes venales de los sindicatos, el estado de derecho, etc., etc., han quedado en palabras. Rechaza las políticas neoliberales, pero recuerda mucho al viejo PRI.

En aquellos tiempos se contaba que Miguel de lo Más Gris invitó a Echeverría y a López Porpillo, a acompañarlo a un viaje de prueba de la motovía México-Querétaro. A mitad del camino la máquina falló y los conductores y mecánicos no pudieron hacerla andar. Echeverría propuso ipsofacto la creación de un fideicomiso para el estudio del transporte ferroviario, López Portillo decretó la creación de un Comité Interdisciplinario de estudios para el caso y Miguel de lo Más Gris, congruente con su gobierno ordenó: Subámonos nuevamente y hagamos como que camina.

Andrés López Obrador, congruente con su origen priista, decidió hacer como que el gobierno y el país caminan.

(La cepa “ómicron”.- Ya éramos muchos y parió la abuela. Pasaron dos años y no se cumplieron las metas de vacunación. Apenas la mitad de la población ha sido vacunada. La vacuna Patria quizás se la pidieron al Niño Dios, porque llegó diciembre y todavía no circula. Treinta y tantos millones de vacunas no se sabe dónde quedaron y pa’acabarla de amolar se descubre una nueva cepa del virus. Pero no se preocupen ya López Gatoel, el mismo que dijo que no llegarían a 8,000 los muertos por COVID, aseguró que no hay que alarmarse.)

 

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