Moshé Leher

Alta traición: ‘No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible….’ Hasta aquí el aúlico Pacheco; sigo yo: pero, y siempre hay un pero, aunque suene terriblemente mal (la hipérbole como una licencia propia y como un recurso para defenderme de la terrible apropiación culposa que estoy haciendo), daría la vida por un uchepo, unos salbutes, unos sopes con harto guacamole, una buena barbacoa de borrego y un plato de chapulines enchilados.

Hablo, por supuesto, de la más terrible de las nostalgias que sufre un autóctono de estas tierras cuando, por hambre, por miedo, por necesidad de dejar de ser un ajolote (Batra dixit), ha de caer en el terrible exilio, ahora expresado en la penosa migración a los Estados Unidos -que tanto celebra el señor que manda aquí y que cree que las remesas las gana él a 8 dólares la hora y él mismo las envía por Western Union). Hablo, por supuesto, de la nostalgia gastronómica, la más terrible que sufrimos los que hemos dejado por un tiempo considerable estas tierras.

No hablo, of course, del exilio anunciado del señor Riquín Anaya, un hecho lamentable, donde se conjugan un régimen que no soporta el disenso, uno encabezado por el rey del resentimiento en un país de resentidos, y la condición paranoide del político que le abrió las puertas de Palacio al que ahora, dice él, lo persigue y lo obligará a vivir allá donde su familia, aunque eso es un asunto del que hablaré otro día. O nunca, que es lo mejor.

Y es que hace un par de día llegó el Zarévich, que llegó de donde andaba a pasar unos escasos días en la que fue, y será siempre su casa, cargado de relatos, de libros para su padre (el de la Lebowitz, una monografía sobre una semiótica de la arquitectura, un suculento facsímil de la ‘Indagación’ de Burke y una biografía de Debussy), y con unas ganas casi enfermizas de recargarse de vitamina T, pues viene de un rincón del mundo de gastronomía elevada, pero pobrísima si la comparamos con la vernácula.

Yo padecí lo mismo los años de Barcelona; la comida española puede ser, y es, espectacular, pero a los dos meses ya siente uno náuseas cuando entra a algún lugar y ve colgando el embutido, o ganas de tirarse al río Besós, cuando desayuna uno durante diez semanas seguidas bocadillos de tortilla francesa, lo que yo suplía con mis remedos de comida mexicana con los escasos ingredientes que encontraba en tiendas dizque especializadas.

Fue llegar el sábado muy temprano y exigirme su obligada parada en el celebérrimo de Justino, donde no sé con qué estómago aterrizó en tierra de apaches dándose un homenaje de tortas y tacos de moles y carnitas enchiladas; más tarde, al mediodía, frente a unas corundas con barbacoa de res, tuvimos ya una discusión por mi filiación con los primeros jerarcas de los Whigs (Walpole, los Pitt, el Viejo y el Joven) y, de manera irremediable, por culpa de Edmund Burke, que no entiendo por qué causa se convirtió en una de sus bestias negras.

Para abreviar, al margen de liberales y de que la mente preclara descifre el enigma del citado Burke, padre del liberalismo conservador (que Santa Úrsula de Villahermosa lo ilumine), a cambio de su charla, su invaluable compañía y hasta del cargamento de libros, me comprometí a, mientras dure su estancia, pegarme a la cocina para elaborar para su disfrute y su gastroenteritis, cuanto platillo mexicano se le antoje: hoy chilaquiles, mañana tlacoyos, el domingo mole poblano.

Todo bien hasta ahí, si no contamos que por causas aún desconocidas mi estufa dejó de servir, salvo un quemador del que mana una débil flama, pálida y endeble, que, mientras viene un técnico a solucionar el entuerto, me obliga a cocinar más que amorosamente y a fuego lento, de tal manera que para prepararle unos chilaquiles rojos con pollo me fleté desde las siete de la madrugada, contando con que cocer el pollo me llevó cuatro horas, hacer la salsa otra y hacer los chilaquiles (dietéticos, con totopo de nopal), otra larga hora.

Luego hablamos, mientras pelábamos los ojos (quedaron bastante picositos), de la manera poco sutil en que el régimen está echándole un lazo a una posición casi postrada, fabricándole un mártir llorón; para mañana, mientras discutimos sobre el diferendo de nuestro asno trágico y la Corona Española, voy a ir a comprar tacos de canasta, que tampoco es que me piense pasar media vida en la cocina, ni me quite el sueño el pleito del presidente y el panista.

¡Shalom!

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