El pasado dos de junio, los mexicanos votaron por una educación de calidad o de excelencia. Los padres de familia ya no quieren que sus hijos obtengan calificaciones mediocres, reprobatorias; quieren que el bajo nivel de aprendizaje de sus hijos se transforme en una educación de alta capacidad para pensar, razonar, argumentar y para resolver problemas de la vida cotidiana; además, que sean competitivos, en todos los ámbitos de la vida, en el contexto internacional. Los votos fueron a cambio de que la educación sea equitativa, que logre igualar en oportunidades y resultados a todos los niños, adolescentes y jóvenes del país. Que los apoyos materiales a las escuelas y a los alumnos no sean tan sólo un fin, sino el medio eficaz para avanzar en los aprendizajes y en la auténtica formación de ciudadanos capaces de crear escenarios de progreso para todos, solidarios, honestos y de claro sentido de vivir en sociedad. En pocas palabras, los votos son a cambio de una mejor educación.

Los mexicanos votaron a cambio de una mejor salud para todos. Ya se ha padecido mucho por falta de medicinas y por falta de doctores (aunque en México hay muchos y muy buenos médicos). Ya no se quiere acudir al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), al Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), o a un Centro de Salud, tan sólo para que programen la atención de los enfermos dentro de seis meses o dentro de un año; ya se debe evitar que, por falta de atención en hospitales públicos, los pocos recursos económicos de los derechohabientes (trabajadores, jubilados, pensionados y familiares) se gasten en clínicas particulares y en la compra de medicamentos. Que quede claro, los mexicanos votaron porque cambie este orden de cosas, que haya espacios suficientes en los hospitales públicos para la atención inmediata de los enfermos; que haya suficientes doctores y suficiente medicina. Y que conste, en salud ya no se quieren más promesas de atención de primer mundo, sino tan sólo atención efectiva y eficiente. Como dicen los campesinos, “ya no la queremos con chongos, sino tan sólo bien peinada”.

Los mexicanos votaron porque ya quieren salir de día y de noche de sus hogares sin sobresaltos, sin temores, con tranquilidad. Ya no quieren amanecer, cada día, contando el número de muertos habidos; ya no quieren más secuestros de personas; ya no quieren más robos; ya no quieren que se invada su patrimonio; ya no quieren el imperio de los vicios que acaban con la vida de personas y perturban la sociedad. En otras palabras, los mexicanos quieren vivir en paz, estudiar en paz, trabajar en paz, progresar en paz y divertirse sanamente y en paz. Por otra parte, los mexicanos quieren que sea la autoridad la que garantice el establecimiento del orden y la ley en la vida económica, política, social y cultural, en todos los municipios, en todos los estados, en todo el territorio nacional. Que no sean los criminales los que dicten cómo gobernar, cómo administrar y quiénes deben gobernar y administrar. Que no sean los criminales los que impongan las condiciones de qué localidades deben permanecer en sus lugares y qué poblados deben desaparecer. Los mexicanos votaron para hacer patente que la única autoridad, legalmente constituida y reconocida, es la que emergió de los votos del dos de junio. Por lo tanto, esta autoridad tiene que hacer valer su investidura y tiene que hacer valer la ley para que los mexicanos puedan vivir en paz y con progreso en todos los órdenes de la vida; entre otras cosas. Y sin olvidar que la única autoridad que debe mandar es la elegida el dos de junio de 2024.