Janette Rodríguez

A 70 años de la aprobación del voto para las mujeres en México, de acuerdo a Belén Sanz, delegada de ONU Mujeres, hoy nuestro país destaca a nivel internacional por los importantes avances para garantizar un incremento del género en la toma de decisiones políticas, y convertirse en la cuarta nación a escala mundial con mayor representación en el Poder Legislativo.

Sin embargo, para hablar del Liderazgo Femenino y la responsabilidad de ejercerlo asertivamente, es indispensable reconocer que la dimensión simbólica del liderazgo contiene, por generaciones, un muy arraigado componente cultural de género, ya que el discurso de disminuir las brechas de desigualdad provoca a menudo que las mujeres que logran llegar a posiciones de liderazgo, asuman que hacer frente al reto implica: “hacerlo tal cual lo han hecho los hombres siempre”, perpetuando con ello predominantemente, en muchas ocasiones de manera inconsciente, estereotipos de liderazgo masculinos.

El asumir patrones masculinos, que la sociedad nos ha hecho ver como los adecuados para conseguir el éxito en el mundo laboral, la dificultad de conciliar el equilibrio con el rol en la vida familiar, el llamado “techo de cristal” y los prejuicios de género son algunos de los principales factores que obstaculizan el desarrollo de un liderazgo femenino transformacional y asertivo.

Por ello, resulta sumamente importante no perder de vista que “Liderar no significa estar al mando o ejercer el poder sobre los demás”. Al menos no desde el poder que se impone por sobre los otros, ya que el liderazgo femenino inevitablemente requiere del uso del poder (poder que se transforma en hechos) para influir en los pensamientos y en las acciones de otras personas, cambiar la percepción de todos y ser ejemplo a seguir, de fortaleza, congruencia, tenacidad y especialmente para las mujeres que tienen aspiraciones y necesitan creer en sí mismas, para desarrollar sus capacidades y habilidades directivas hasta lograr sus metas.

Con base en mi experiencia como mentora de mujeres en puestos clave dentro de las organizaciones e incluso ocupándolas, a título personal y después de reflexionarlo con especialistas en el tema, me atrevo a decir que: “El mayor enemigo del ejercicio de un sano liderazgo femenino es hacerlo sin cuestionar un sistema, que nos lleve a reproducir las mismas prácticas que históricamente ha generado condiciones de desigualdad. Pasar de la representación a la igualdad sustantiva es el gran paso de la transformación, el que tiene como objetivo transformar la realidad social atendiendo las necesidades que han sido subestimadas o invisibilizadas y que hoy son los factores de riesgo para alcanzar una sociedad que nos garantice la justicia y la calidad de vida”.

En el momento en que las mujeres dejemos de pensar que nos dan o nos quitan un puesto por cuestión de género y replicar de manera inconsciente conductas destructivas principalmente hacia otras mujeres, o dejemos de seguir patrones aprendidos que violentan a otros dentro del sistema, y que la mayoría de las veces se invisibilizan bajo el discurso de un falso empoderamiento femenino, veremos con claridad que el camino a seguir debería ser el concentrarnos en qué herramientas necesitamos para potencializar nuestras habilidades, no solamente para ascender, sino para trascender impactando positivamente en la vida de los demás.

Llegar a igualdad de condiciones en términos laborales requiere un trabajo como sociedad y por parte de las autoridades, pero mientras eso avanza hay que dejar de “estereotipar” el liderazgo femenino. Para lograrlo, es necesario seguir avanzando y asumir la responsabilidad de fomentar la educación y el desarrollo de habilidades de liderazgo en niñas, adolescentes jóvenes y mujeres, más aún en estos tiempos donde en nuestro país se requiere de mentes preparadas para dar soluciones, que vayan más allá de recitar problemas, de personas que estén dispuestas a poner sus habilidades al servicio de la sociedad.

Janette Rodríguez

Directora General DIA1

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