RODRIGO AVALOS ARIZMENDI

Hoy hace ocho días se conmemoró el aniversario luctuoso de Luis Donaldo Colosio Murrieta, quien fue asesinado el 23 de marzo de 1994, hace 28 años. El tiempo ha pasado y uno se pone a pensar y cae en la cuenta que ya han sido muchos años de aquél trágico día en Lomas Taurinas. Con claridad recuerdo, como si hubiese sido ayer, esa trágica tarde. Recuerdo en dónde estaba, con quiénes estaba y las caras de sorpresa, pero de una sorpresa desagradable y triste al saber por la televisión lo que había sucedido. A partir de ese momento todo el país se pegó literalmente a los televisores para seguir minuto a minuto la información que casi a cuenta gotas nos brindaba Jacobo Zabludovzky desde la ciudad de México y Talina Fernández en Tijuana. Por ahí observamos también a Emilio Berlié que era el Obispo de Tijuana, él fue quien le dio los santos oleos a Colosio.

El 28 de noviembre de 1993 Luis Donaldo Colosio fue designado candidato a la Presidencia de la República por el PRI. El hecho sin lugar a dudas, expresaba y definía plenamente los tiempos que corrían en el país: la nación avanzaba aparentemente sin obstáculos hacia la modernización y el régimen tenía la suficiente solvencia política y económica para nombrar a alguien que, como él, era fruto del esfuerzo.

Siendo la candidatura de Colosio la coronación de una carrera política brillante, era también la culminación de un proceso político que en México siempre había sido complejo, expectante: la sucesión presidencial. Las demostraciones más evidentes de ese conflicto secular lo eran las habituales reyertas dentro de la clase política priista, que en ese tiempo dominaba el país, las cuales alcanzaban su mayor intensidad en el momento que culminaba el cuarto año de gobierno. Muy diferente a ahora, con López Obrador, que desde antes de su tercer año de gobierno él mismo ha propiciado que se inicie la rumorología al destapar a lo que él llamó las corcholatas, o sea los precandidatos o aspirantes a sucederlo.

No obstante, en esos tiempos todas las sucesiones habían sido conducidas sin mayores contratiempos, pues existía, como lo califica el político aguascalentense Filiberto Ramírez Lara, una disciplina vergonzante de los priistas. Esto había sido así hasta 1987. Los acontecimientos de la sucesión presidencial y las elecciones federales de 1988 modificaron para siempre el sistema político mexicano.

Esa clase de acontecimientos le dieron a la sucesión presidencial de 1993 otras señas de identidad. Emergieron las novedades propias de una sociedad en transformación donde la clase política se hizo más avispada y beligerante en la lucha por la conquista de espacios políticos. Así mismo, las elecciones de 1988 habían dejado fuertes resentimientos y, por lo tanto, otras cuentas pendientes entre los miembros de la elite política mexicana.

La candidatura de Luis Donaldo cobró forma en una sociedad a punto de colapsarse y donde los grupos políticos afilaban sus armas para una larga batalla. El asesinato de un alto dignatario de la iglesia católica, el cardenal Posadas Ocampo, ocurrido meses antes, había sido el anuncio de la lucha entre clanes cuya relación con el universo de la política, por su naturaleza umbría, siempre ha sido difícil de identificar y precisar. Ahora bien, la reacción de algunos aspirantes a la misma candidatura -léase claramente Manuel Camacho Solís- pesó enormemente sobre la implantación de Colosio. Una nube de insidia cubrió la campaña de Colosio. Fue cercado por objeciones pueriles, insultos, críticas. Sus enemigos a través de los medios no argumentaban: agredían, ofendían, torturaban. Expelían sin medir consecuencias las balas envilecidas de la envidia, la intriga, el resentimiento y la pobreza moral. Una peligrosa tensión política se creó en torno a su candidatura. Antes del levantamiento en Chiapas y después del levantamiento. Antes de su muerte.

El 22 de marzo Colosio estuvo en Mazatlán y en Culiacán. Al observar parte de esos actos en los noticieros de televisión, observé en el rostro de Colosio los estragos del tormento a que había sido sometido. En un mitin junto al mar Colosio gritaba a los mazatlecos, con voz ronca, sudoroso, febril, las razones de su proyecto. Un día después en Tijuana, en Lomas Taurinas, sepultaron el breve sueño de una generación; el proyecto que representaba Luis Donaldo, el proyecto que portaba en sus discursos, el México de justicia que imaginaba, eran una utopía. Una utopía insoportable parta muchos. Sobre todo para aquellos que conscientes de su mediocridad, optaron por cobijarse a la sombra de los resentidos, de los derrotados y ambiciosos.

La medida de responsabilidad de algunos medios y de los políticos que con sus actos auspiciaron ese clima de hostilidad contra Luis Donaldo Colosio, quizá nunca será determinada. Después de su asesinato, el 23 de marzo de 1994, levantaron nuevas cortinas de insidia y de simulaciones que enturbiaron todavía más el horizonte mexicano. ¿Colosio cayó asesinado por la voluntad de un solo hombre o por la voluntad de un grupo? No se sabe y casi nadie podrá responder ahora con seguridad. Este hecho también se opacó por la mentira y la corrupción.

A 28 años de lo acaecido en Lomas Taurinas, el vació, la impotencia y el dolor que provocó su muerte aún palpitan. Como la de Álvaro Obregón o la de John F. Kennedy, la desaparición de Colosio entró en el libro de los misterios nunca descubiertos. No me satisface llegar a esta conclusión, pero el tiempo y los hechos indican que la huella de los autores del asesinato va siendo borrada por el mismo remolino que levantó su muerte.

Luis Donaldo Colosio fue un líder natural. A través del estudio y el desarrollo de sus habilidades construyó los liderazgos que le dieron una personalidad ascendente. Colosio hizo una carrera política limpia. Creía en la política con sentido pragmático y como el arte de lo posible, pero asumió que los medios para hacer una política con sentido democrático, la política que el México de hoy reclama, eran diálogo, la tolerancia, el pluralismo y una consecuencia ética frente a la sociedad.

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