Mircea Mazilu

Este año se cumple el aniversario número 76 de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. El 6 y el 9 de agosto, respectivamente, sobre estas ciudades japonesas cayeron dos bombas nucleares, causando la muerte instantánea de entre 100 y 170 mil personas y dejando un saldo de cientos de miles de heridos. La cifra de defunciones a causa de las explosiones siguió elevándose en los meses y años siguientes, así como el número hombres y mujeres que sufrieron todo tipo de padecimientos relacionados con la radiación. En el artículo de hoy repasamos los atroces sucesos de aquellos días de agosto de 1945.

Tras la rendición de Alemania en mayo de 1945, Japón quedaba como principal miembro representante del Eje, alianza que luchó durante la Segunda Guerra Mundial en contra de Estados Unidos, Gran Bretaña y la República de China, entre otros. El 26 de julio de aquel mismo año, estos últimos le presentaron al país nipón un ultimátum por el cual pedían su rendición. Al ser éste rechazado por el emperador Hirohito, se procedió a la “pronta y total destrucción” del país del sol naciente.

Fue así como el 6 de agosto de 1945 los norteamericanos lanzaron una bomba atómica desde el bombardero Boeing B-29S Superfortress, denominado Enola Gay, sobre la ciudad de Hiroshima. Ésta explotó a unos 600 metros de altura y causó la muerte inmediata a 70 mil personas, además de dejar heridos a miles de hombres y mujeres.

El 9 de agosto de 1945 la ciudad de Nagasaki fue víctima de otro ataque nuclear, esta vez cometido por un bombardero llamado Bockscar. La detonación se produjo a 550 m de altitud y provocó que entre 35 y 70 mil personas perdieran su vida en el momento.

Las trágicas consecuencias de las explosiones no se detuvieron ahí; en los 4 meses posteriores, la cifra de fallecidos creció, hasta llegar a un total de 140 mil para Hiroshima y 70 mil para Nagasaki. Después de 1945 el número de víctimas mortales siguió incrementándose, así como el de los enfermos a causa de la radiación nuclear.

La respuesta del gobierno nipón ante estas atrocidades fue la de la capitulación. Mamoru Shigemitsu, ministro de Exteriores del imperio japonés, firmó el 2 de septiembre de 1945 la rendición incondicional en el acorazado USS Missouri. De esta forma se ponía fin a la Segunda Guerra Mundial, pero no a la constante amenza de los ataques nucleares.

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