MirceaMazilu

Hiroshima y Nagasaki, dos ciudades portuarias del sur de Japón, son conocidas mundialmente por los ataques nucleares de los que fueron víctimas, el 6 y el 9 de agosto de 1945, respectivamente. Se trata de los únicos bombardeos atómicos sobre la población civil que han ocurrido en toda la historia de la humanidad y de los cuales esta semana se cumple el 75 aniversario. Este año, al igual que los anteriores, el debate de si éstos fueron o no necesarios sigue aún abierto. En el artículo de hoy recordamos estos acontecimientos atroces, los cuales ponen de manifiesto que la crueldad de los actos humanos en ocasiones no sabe de límites.

Con el armisticio entre Italia y los Aliados (septiembre de 1943), y la capitulación de Alemania (mayo de 1945), Japón quedaba como la única potencia beligerante del Eje en la Segunda Guerra Mundial. El 26 de julio de 1945, Estados Unidos, Gran Bretaña y China presentaron al país nipón el ultimátum de Potsdam, por el cual le pedía su rendición a fin de evitar la “completa devastación” de su territorio. Hirohito, el emperador japonés de entonces, desatendió lo mencionado en aquella resolución. Las trágicas consecuencias de su decisión no tardarían en llegar.

El 6 de agosto de 1945, un bombardero Boeing B-29Superfortress llamado Enola Gay, pilotado por el coronel estadounidense Paul W. Tibbets, arrojó una bomba atómica sobre Hiroshima. Se trataba de un dispositivo de uranio-235, con una longitud de 3 metros, un peso de 4.400 kg y una potencia explosiva de 16 kilotones. Little Boy, como fue bautizado, explotó encima de la ciudad japonesa, a unos 600 m de altura, provocando la muerte de miles de personas. Se estima que cerca de 70 mil hombres y mujeres fallecieron inmediatamente y otros tantos resultaron heridos.

Tres días después, el 9 de agosto, fue lanzada una segunda bomba nuclear sobre el territorio japonés; esta vez, encima de la ciudad de Nagasaki, situada a unos 300 km al suroeste de Hiroshima. El artefacto explosivo en esta ocasión era de plutonio, medía 3,25 m de longitud, pesaba 4.630 kg y tenía una potencia explosiva de 25 kilotones. Apodado como FatMan, el dispositivo atómico fue soltado también por un Boeing B-29Superfortress, llamado Bockscar y pilotado por el oficial Charles W. Sweeney. Detonó a una altura de 550 m y se sostiene que causó la muerte instantánea de entre 35 y 70 mil personas.

Aparte de las pérdidas de las vidas humanas causadas directamente por las explosiones, miles de personas murieron después por consecuencias de las mismas. Se afirma que a finales del año 1945 se contabilizó un total de 140 mil muertos para Hiroshima y otros 70 mil para Nagasaki. En los años siguientes, el número de las defunciones siguió aumentando, al mismo tiempo que crecieron los casos de padecimientos de diferentes enfermedades relacionadas con la radiación producida por las detonaciones. Asimismo, cabe recordar la catastrófica devastación de las dos ciudades afectadas.

Pocos días después de estos horribles sucesos, Hirohito decidió capitular ante las fuerzas aliadas. El 2 de septiembre de 1945, Mamoru Shigemitsu, el ministro de Exteriores de Japón, firmaba en el acorazado USS Missouri la rendición incondicional del país del sol naciente. Con este acontecimiento, se ponía fin a la Segunda Guerra Mundial, el conflicto que había durado 6 años y se había cobrado la vida de cerca de 60 millones de humanos.

Luego de lo acaecido en Hiroshima y Nagasaki se inició una controversia interminable en torno a la necesidad de haber llevado a cabo aquellos ataques nucleares. Por una parte, se sitúan los que sostienen que, si los bombardeos no se hubieran llevado a cabo, la guerra habría continuado, provocando la muerte de muchas más personas, tanto estadounidenses como japoneses. Por otra, se encuentran aquellos que afirman que la rendición de Japón no hubiera tardado en llegar, por lo que esos sucesos inhumanos fueron innecesarios. Sea como fuere, la realidad es que, como casi siempre en los conflictos armados, lo han pagado personas inocentes cuyos destinos fueron determinados por decisiones ajenas.

Desafortunadamente, el número de países que cuentan con armas nucleares no ha dejado de incrementar desde aquel entonces; en los años posteriores, a Estados Unidos se le sumaron la Unión Soviética, el Reino Unido, Francia, China, India, Pakistán, Corea del Norte y la lista podría continuar. Sólo nos queda la esperanza de que la memoria perviva y no se vuelvan a repetir hecatombes similares a las de aquellos días de agosto de 1945.

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