
En la vida siempre existe la posibilidad de que los eventos importantes coincidan y, en esta ocasión, ese es el caso. Ayer se celebró el día del maestro, fecha que como docente universitario no solo me llena de felicidad por tener el privilegio de dar clases en mi alma mater (siendo una de mis metas en la vida), sino también por todo lo que he podido aprender en el camino y las personas maravillosas que he conocido; también, porque hoy se cumplen 6 años de este espacio Educación y Crítica, una actividad que me ha permitido conversar con ustedes desde la opinión pública y que ha formado parte de mi rutina semanal. Pocas veces uno tiene la oportunidad de dedicarse y hacer lo que gusta, y yo he podido hacer ambas en los últimos años.
Como docente, adjunté a mi día a día la tarea actualizarme, hacer introspección para mejorar mis clases y planear nuevas actividades que despierte la curiosidad e interés de mis alumnas y alumnos por la materia; también, he aprendido mucho de mis estudiantes, ya que cada una y uno de ellos vive una realidad distinta, a través sus aportaciones en clase, las pláticas constantes en el ritual de instalación de la clase donde uno llega preguntando “¿Qué tal su fin de semana? ¿Cómo les va en sus otras materias?”, sus situaciones particulares y, sobre todo, sus sueños y aspiraciones que inevitablemente he convertido en propias. ¿Por qué? Porque ahora entiendo que una de las recompensas que ofrece la virtud de la docencia es la gratificación de ver a las siguientes generaciones triunfar en sus proyectos personales (y más aún, cuando ellos se convierten en tus amigos). De igual forma, conversando con mis colegas docentes y la mayoría de ellos a quienes nunca dejaré de decirles “maestros”, me doy el lujo de entender esa persistencia y dedicación que conlleva el ejercicio de la docencia. Hoy más que nunca, ser profesor es un acto profundamente humanista y requiere de un compromiso social que trasciende cualquier beneficio personal.
Ser docente te permite conectar con múltiples realidades desde el crecimiento mutuo, la empatía y sobre todo algo que suele verse comprometido en estos tiempos de incertidumbre: la esperanza. He sido testigo de cómo las y los alumnos han podido superar obstáculos académicos y, particularmente, personales siguiendo adelante, siendo imposible que no me vea reflejado en ellos. Ser estudiante es sinónimo de no darse por vencido y ellos son el vivo ejemplo. En ese sentido, he buscado transformar mis clases en un espacio de crecimiento donde les reconozco constantemente ese esfuerzo que hacen día con día para salir adelante, a pesar de los pronósticos desalentadores sobre el futuro (futuro, que muchos olvidan, también es nuestro). Por ello, nuestras palabras como maestros pueden hacer la diferencia y, en pocas palabras, provocar más de un milagro a la vez.
Armónicamente, desde que inicié en este espacio gracias al apoyo de Ana Silvia Lozano y al equipo del Heraldo de Aguascalientes (a quienes les agradezco infinitamente su apoyo y paciencia), he podido expresar mis ideas con relación al sistema educativo, la política educativa, la administración de justicia, entre otros temas en los que me he visto envuelto a lo largo de la última década. De igual forma, plasmé momentos importantes de mi vida aquí mismo, como lo fue mi primera columna mientras todos estábamos confinados en nuestras casas por la pandemia, mis pensamientos con relación a la única elección universitaria que participé y gané como consejero (mi columna favorita), un último mensaje a mi generación de la carrera de derecho, a documentar mi defensa incansable por la independencia judicial y mi constante insistencia en mirar hacia las y los estudiantes que más necesitan del apoyo del Estado. Hoy en día, volteo 6 años atrás cuando estos pensamientos solo quedaban en una conversación con mis papás o mis amigos, y ahora todas las semanas puedo compartir estas ideas en todo Aguascalientes y en las aulas de nuestra máxima casa de estudios.
Procuro, por la naturaleza de este espacio, evitar hacer textos sobre mi persona. Pero, el día de hoy amerita hacer una excepción. Espero que quien esté leyendo esto encuentre en mi experiencia como columnista y docente una, aunque sea mínima, inspiración en que la vida nos puede conducir a hacer lo que más nos gusta cuando perseguimos nuestras pasiones. Por ello, cerraré este texto agradeciendo a todas y todos los que me leen cada semana, al Heraldo de Aguascalientes y su equipo por ser mi casa editorial, a la Universidad Autónoma de Aguascalientes, a mis colegas docentes y maestros de por vida, mis estudiantes, en quienes siempre encuentro nuevas formas de ver el mundo y, sobre todo, a mi familia y amigos, por ser mi principal motor para seguir en este camino.
Y siguiendo la rutina que hemos construido desde hace 6 años, nos vemos el próximo sábado.
Se lumen profere.








