Noé García Gómez

Esta pasado 23 de septiembre se cumplen 56 años del Asalto al Cuartel de Madera en el estado de Chihuahua, que fue producto de un movimiento civil campesino que se organizó para buscar una insurgencia guerrillera, consecuencia no de la improvisación o la manipulación, como algunos lo han querido difundir, sino de una larga construcción de conciencia producto de las condiciones de cacicazgo, latifundio y explotación del campesinado y los indígenas de aquella región del país en ese entonces.

En febrero de 1963 en un reportaje publicado en La Voz de Chihuahua se expone que “300 latifundistas son dueños de 24.5 millones de hectáreas, mientras que 100 mil ejidatarios apenas si disponían de 4.5 millones de hectáreas para sus siembras”, pero además, y como ejemplo, “mientras que la empresa maderera Bosques de Chihuahua en 1963 era dueña de una superficie de un millón 200 mil hectáreas de bosques vírgenes para la explotación forestal, ese mismo año existían aproximadamente más de 400 solicitudes para la creación “de nuevos centros de población ejidal”, con un promedio de 10 años de antigüedad que el Estado hizo caso omiso”; parecía que los ideales de la Revolución Mexicana del reparto de tierra y reforma agraria nunca llegaron, o fueron bloqueados o desmantelados por el Estado y los terratenientes.

Pero ello trae un efecto de conciencia de clase y organización que Javier Pizarro describe: “…tras la indiferencia de las autoridades agrarias, se emprende lo que entonces se conoció como ‘El Asalto Agrario’. Cientos de campesinos liderados por Álvaro Ríos, Arturo Gámiz y Pablo Gómez, invadieron decenas de latifundios y realizaron masivas caravanas en la capital del estado de Chihuahua, apoyados por estudiantes de la Escuela Normal del Estado y de las normales rurales de Salaices y Saucillo”. En respuesta a ello, el Estado mexicano a través del gobernador de Chihuahua, Giner Durán, desató una abierta represión, además de clausurar las normales rurales, así como persiguió líderes agrarios y sociales que apoyaban a los campesinos.

Ese 23 de septiembre se dio el llamado “Asalto” y Laura Castellanos (México Armado) narra los hechos con base en documentos y testimonios directos:

“Llegan sigilosos por el sur. Cubiertos por la penumbra que antecede al alba, se deslizan hacia las modestas instalaciones del cuartel militar de Ciudad Madera. Son trece jóvenes que, sin el apoyo de dos grupos que esperaron en vano, echarán a andar su plan: realizar un asalto relámpago para obtener armamento, tomar la población, expropiar el banco local y transmitir un mensaje revolucionario a través de la radioemisora local para internarse de nuevo en la majestuosa sierra chihuahuense.

Pero esta acción superaba en riesgo a las anteriores. El grupo de estudiantes normalistas, maestros y campesinos se lanzaba a un ataque suicida que buscaba sorprender a ciento veinte militares.

La tropa se alista para el desayuno. A las 5:45 de la mañana un grupo de militares salen formados de la barraca principal y cruzan la pequeña explanada. De pronto, de un momento a otro, en medio de la negrura que aún no se levanta, truena la balacera. Desconcertados, los soldados se lanzan pecho a tierra al tiempo que oyen gritar: ¡Ríndanse! ¡Están rodeados! ¡Ríndanse!

El grupo guerrillero intenta resistir con desesperación. Arroja sus bombas de fabricación casera y granadas; dispara sus rifles calibre 22, escopetas 30-06, fusiles de siete milímetros. El tiroteo se prolonga por hora y media.

Cuando deciden replegarse ya no les es posible. El tronido de las descargas ahoga la orden de retirada. Otro grupo de soldados les tiende un cerco por detrás de la vía. Sólo Guadalupe Escobel, Florencio Lugo, Ramón Mendoza, Francisco Ornelas y Matías Fernández logran huir. El paso intempestivo del tren anuncia el fin de la tragedia de los ocho guerrilleros que no logran salir de ahí.

Los militares acomodan uno al lado del otro, a los insurrectos muertos: Pablo Gómez Ramírez, médico y profesor normalista, dirigente del PPS y de la UGOCM; Miguel Quiñónez Pedroza, director de la Escuela Rural Federal de Ariseachic; Rafael Martínez Valdivia, profesor normalista; Óscar Sandoval Salinas, estudiante normalista; Salomón Gaytán Aguirre y Antonio Escobel, campesinos; Emilio Gámiz Garda, estudiante, y su hermano Arturo, maestro rural, cuyo rostro queda despedazado. Sólo Pablo rebasaba los treinta años, los demás eran menores de veinticinco”.

La guerrilla como método de acción política se tiene que ver desde su contexto histórico y político, como lo dice Daniel Carlos en su libro Fulgor Rebelde: “Podremos estar de acuerdo o no en sus métodos, en la factibilidad de la vía armada conforme a las condiciones del país de hace más de treinta años o en la caracterización de las fuerzas y su correlación, pero sin duda, debemos reconocer que fue uno de los elementos que dentro del conjunto, hizo andar a México hacia una nación más plural de la que prevalecía” (García, 2006). Imaginemos las condiciones que orillaron a esos mexicanos a lanzar esa misión suicida, varios de ellos consentidos y apoyados en su determinación por su familia, como lo describe lo documenta Nithia Castorena-Sáenz en su trabajo “Las Mujeres en el Asalto al Cuartel de Madera”, por lo que nos toca recordar, analizar y reflexionar, para que historias como ésta se eviten.