Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

1965, La Salada es un racho con algunas casas dispersas entre 1 350 hectáreas de pastizales y tierras de cultivo donde habitan 36 familias; la mitad de éstas posee ejidos y la otra mitad terrenos privados. Cada familia construyó su casa, con varas y barro, en los terrenos de su respectiva propiedad; la distancia entre el lugar donde habita una familia y otra se recorre en media hora caminando por veredas, pero hay otros sitios que están a tres horas de distancia cabalgando a caballo. La tierra es propicia, por el clima caluroso y el agua en abundancia, para cultivar caña de azúcar, maíz y frijol. En las orillas de las parcelas crecen generosamente árboles frutales que producen mango, guayaba, tamarindo, naranja, pumarrosa, plátano; aguacate y limón. El rancho La Salada corresponde al municipio de Turicato, del estado de Michoacán, ubicado a pocos kilómetros del estado de Guerrero; en plena Tierra Caliente.

Al terminar mis estudios en la Normal Rural de “El Mexe”, Hidalgo, en noviembre de 1964; el siguiente año, en febrero, me dieron las órdenes para fundar la escuela primaria en La Salada. La zona de supervisión escolar, donde recibí las mencionadas órdenes, tiene su asiento en Tacámbaro; de ahí partí hacia el sur, en un camión de carga, hasta llegar al ingenio azucarero de Puruarán. En esta localidad me estaba esperando un padre de familia, del rancho La Salada, con un par de caballos (gracias a las gestiones del supervisor). De Puruarán al rancho donde trabajaría hicimos dos días y medio a caballo entre veredas y cruzando barrancas y peñascos, hasta llegar a mi destino magisterial. El padre de familia que me guió en el traslado, me dejó en la casa de la familia principal del lugar, la que me recibió con amabilidad. De inmediato noté que en el rancho no había luz ni agua potable. El agua se acarreaba del riachuelo más cercano a las casas y de noche se alumbraba con ocote. También me llamaron la atención las grandes distancias que separaban a una casa de la otra; y, después de mirar los alrededores, por ningún lugar había algo que se pareciera a escuela. Entonces entendí el significado de fundar una escuela: crear, construir, organizar y darle vida a una institución que no existe.

La primera tarea fue visitar, a caballo y entre matorrales, casa por casa con objeto de presentarme como maestro y para pedir a los padres de familia que me ayudaran a construir un tejado donde pudiera dar clases a sus hijos. Una tarde reuní a los padres, en el patio de la casa donde estaba alojado; en esta reunión, ellos acordaron donar un terreno para instalar la escuela, y se distribuyeron tareas a efecto de levantar el tejado y armar mesa-bancos. Mientras concluían los trabajos, inscribí a los niños en la sombra de un frondoso árbol de aguacate; y cuando terminaron de construir el tejado y los muebles, con profunda emoción y grandes expectativas cité a los niños en la escuela para iniciar las primeras clases.

El primero de marzo de l965, a las 7.30 de la mañana, me presenté en la escuela para recibir a mis alumnos. Casi al mismo tiempo llegó un niño montado en un burro y acompañado de su padre: “Buenos días maestro –me dijo el señor– le traigo a mi hijo pa’que usté le enseñe a leer y escribir. Salimos de la casa como a las cinco de la mañana pa’llegar a tiempo, y quiero que le permita, a mi muchachito, amarrar el burro por aquí cerca, en un árbol, pa’que regrese a la casa en él cuando salga de la escuela; y también que le permita hacer lumbre, por ahí, pa’calentar unos taquitos que le preparó su mamá pa’que almuerce antes de entrar a la clase. Y eso va a ser todos los días señor maestro, pues siempre vivemos lejecitos”. Le dije al padre de familia que no había ningún inconveniente, que su hijo podía amarrar su burro en algún árbol cercano y que también podía hacer lumbre para calentar su comida. El papá se regresó a su casa y Pedrito, el primer niño de escasos 6 años que recibí en la escuela, hizo lo que su padre le indicó, antes de entrar a la clase.

Poco después llegaron otros siete niños en burros y caballos; los más cercanos a la escuela llegaron caminando. A las ocho de la mañana los formé frente a la nueva institución; les dije que inauguraríamos las clases rindiendo honores a la Bandera y entonando el Himno Nacional; extendí, con mis brazos abiertos, la Bandera (tres pliegos de papel de china con los colores verde, blanco y rojo, que los había pegado con engrudo un día antes); los niños saludaron la insignia con mucho respeto y me escucharon cantar el Himno Nacional. Después de algunas palabras de bienvenida e inauguración del ciclo escolar, los niños se sentaron debajo del tejado para recibir sus primeras clases. De esta manera inició la Escuela Primaria Rural Federal “Lázaro Cárdenas del Río”, donde aprendieron a leer y escribir, Aritmética, Historia Patria, Civismo, Geografía, Botánica, Zoología y otras nociones fundamentales, 136 alumnos conformados con niños, jóvenes y adultos de la comarca.

El primero de marzo de 2015, se cumplen 50 años de haber iniciado con mi vida magisterial de la forma descrita. En aquel entonces sentí mucha emoción al dar mis primeras clases; hoy siento la misma emoción, cada vez que tengo frente a mí a quién enseñar algo de lo que he aprendido en 50 años.