Hace aproximadamente un año, nos alistábamos para conmemorar el natalicio de Benito Juárez y con ello el correspondiente día de descanso que se nos otorga por ley; sin embargo, millones de estudiantes y trabajadores desconocían que vivirían sus últimos días de “normalidad”. Lo anterior, ya que tan pronto comenzaron a dispararse las cifras en cuanto a contagios por COVID-19, todos los niveles de Gobierno reaccionaron de manera dispareja, hasta que vinieron los famosos decretos en los que escuelas, diversos giros comerciales y establecimientos de todo tipo tuvieron que cerrar sus puertas.

Durante más de 365 días, el grueso de la población ha tenido que buscar la manera de sobrevivir a la terrible pandemia desde el punto de vista de la salud, pero al mismo tiempo, la población ha tenido que arriesgarse de manera absurda buscando sobrevivir en cuanto a su situación económica. Al lograr un punto de convergencia estos factores denominados pandemia, desempleo y pobreza, se transforman en una bomba cuyos efectos quizá en la actualidad no han podido ser dimensionados correctamente, pero que el día de mañana aumentarán aún más las brechas de desigualdad en el país.

Si bien desde hace unos meses comenzaron a llegar las vacunas al país y desde hace unas semanas también llegaron al estado, el Gobierno Federal continúa obstaculizando la inmunización de la población mediante su absurdo plan que pretende prácticamente monopolizar su distribución bajo un maquiavélico efecto electoral que comenzará a desdoblarse en las próximas semanas. Siendo que, al día de hoy, resulta lamentable que ni todos los médicos han sido vacunados, ni todos los adultos mayores han sido vacunados, ni se ha comenzado con la vacunación para personas con alto riesgo.

Nuestro sistema de salud pública federal ha quedado desmantelado por completo, tan sólo el fin de semana pasado observábamos cómo la logística de la vacunación parecía incentivar más el contagio que el propio combate al virus. No existía la sana distancia, las personas portaban erróneamente el cubrebocas y definitivamente constatamos que el Gobierno Federal le apuesta a un modelo arcaico de vacunación en el que difícilmente se cuenta con la certeza de que quienes recibieron la primera dosis contarán con la segunda en el tiempo prometido.

Ahora, a más de 365 días de la pandemia, nuestras autoridades federales pudieran dejar de improvisar para comenzar a actuar y combatir organizadamente el COVID-19. Si no cuentan con la infraestructura o con la capacidad de los servidores públicos, será momento de que cedan para que las entidades federativas decidan dar un paso al frente, utilicen la tecnología y cientos de recursos que están a su alcance para lograr una correcta y rápida estrategia de vacunación.

Mientras tanto, habrá que seguirnos cuidando, pero aún más importante, habrá que seguir exigiendo que pronto podamos salir de este túnel en el que a lo lejos comienza a dibujarse la luz de la salida. Agradezco el favor de su lectura y les deseo un excelente fin de semana.

David Reynoso Rivera Río.

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