Josemaría León Lara Díaz Torre

Hace poco más de ocho años, cuando me encontraba cursando el último año de bachillerato, recuerdo que un profesor nos dijo a mis compañeros y a un servidor lo siguiente: … “seguramente ya les han dicho que ustedes jóvenes son el futuro de México, pero yo les digo, que a su edad me dijeron lo mismo y no veo que mi generación haya hecho un cambio significativo en la vida de este país”… Tal aseveración me fue motivo de reflexión por largo tiempo.
Después de casi una década, aquel comentario sigue muy presente en gran parte de lo que hago día con día. Volteo a ver a quienes fueron mis compañeros y amigos durante la preparatoria, quienes a la fecha son en la mayoría profesionistas, ninguno hemos hecho algo significativo para cambiar el entorno y a la sociedad. Seguimos siendo los mismos, probablemente más responsables y maduros, pero claramente como dice la frase popular, cada quien ha llevado agua para su molino.
¿Qué tal difícil es desprenderse de lo conocido, de lo fácil, de lo cómodo? Somos parte de la generación “Y”, también conocidos como millennial, nacimos en una era donde la tecnología crecía a pasos agigantados y la adaptación de nuestras vidas a la tecnología se fue dando de manera natural. Tanto se ha hablado de nosotros, los que crecimos en el nuevo milenio, quienes hemos tenido todo más fácil, lo que se refleja en el egoísmo con el que aparentemente llevamos nuestras vidas, y en la poca tolerancia que tenemos frente a la frustración.
Si es que analizamos a simple vista los patrones que seguimos como generación, evidentemente no somos exactamente proactivos y de beneficio para la sociedad, en especial si pretendemos acabar con el paradigma de que los jóvenes no somos el futuro y mucho menos la esperanza. Más debo confesar, probablemente es por soberbia, no me siento del todo identificado con el estereotipo de conducta que deben tener las personas de mi edad, siguiendo el estilo de vida millennial. Y a pesar de lo escéptico que soy, me siento sorprendido en verdad, por el apoyo brindado por esta generación, tras los sismos del mes de septiembre.
¿Aún queda esperanza? Quiero creer en que sí, aun nada está perdido. Existe no solo la esperanza, también existe el sentimiento colectivo de mejora y es precisamente por ello, que cada uno de nosotros como jóvenes, podemos ir dando nuestro granito de arena para vivir el presente y después pensar en futuro. Ya no somos el futuro, somos el presente y es buen momento de creerlo. Probablemente solo necesitábamos del escenario idóneo, para demostrarle a este país, que los jóvenes estamos aquí y hemos decidido asumir nuestro compromiso.
No me resta más que aprovechar estas últimas líneas de esta entrega número 154 de “Según el Sapo es la Pedrada”, misma que está cumpliendo sus primeros tres años de vida, para agradecer a El Heraldo de Aguascalientes por esta grandiosa experiencia, a mi familia, pero sobre todo a usted lector, que semana a semana se toma su tiempo para leer lo que semana a semana, comparto en este espacio.