Luis Muñoz Fernández

Recuerdo su dulce y sarcástica sonrisa, con un dejo de malicia pese a su rostro demacrado y ojeroso. El cáncer lo había extenuado, pero una nueva terapia biológica surtió efecto, permitiéndole volver a mirar un poco al futuro. Él me contó que en la escuela de medicina había supuesto que sería psiquiatra, sólo para enamorarse después de la neurocirugía. Esto fue mucho más que una afición por las complejidades del cerebro, mucho más que la satisfacción de educar sus manos para lograr grandes hazañas; fue un amor y empatía por los que sufren, por lo que ellos soportaban y lo que él podía asumir en su beneficio. No creo que Paul me haya dicho esto último; yo sabía de esa cualidad en él por alumnos míos que lo admiraban: su firme creencia en la dimensión moral de su trabajo. Y al final hablamos de la cercanía de su muerte [las negritas son mías].

Abraham Verghese. Prólogo a El buen doctor de Paul Kalanithi, 2016.

Por favor, evitemos caer en el lugar común: “Los médicos son los ángeles que cuidan desinteresadamente a la humanidad doliente”. O su contrario: “La deshumanización de los médicos es cada vez mayor”. Partamos de un hecho incontrovertible: los médicos son seres humanos como los demás.

Y, sin embargo, está en ellos –en nosotros, pues yo también soy médico– la decisión de oficiar con cada paciente un ritual muy antiguo que le da sentido a nuestra profesión: la entrevista exhaustiva seguida de la minuciosa exploración personal. Y digo que la decisión es nuestra porque hay médicos que hacen a un lado el ritual. Lo creen un estorbo innecesario y engorroso, habiendo métodos más rápidos y económicamente más provechosos. Un ritual que les quita un tiempo precioso. Y ya se sabe: el tiempo es oro.

Ante el imperativo inmisericorde de la prisa, quisiera oponer resistencia. Adoptar aquello que el doctor Gregorio Marañón le escribía desde Frankfurt a su entonces novia Dolores Moya: “En realidad, ese es el mayor fruto que saco de esta gente; eso y el modo de trabajar; la paciencia, la calma, la pesadez que tan necesarias son en estos estudios”.

Ante la moda que manda, que da la orden perentoria de ser visible y transparente (sin vida privada), de anunciar a los cuatro vientos (y en todas las redes) nuestra presencia, desearía el silencio del recogimiento y cierta opacidad que me protegiese de los fulgores del éxito y de las miradas indiscretas. Recordar aquello que dijo un médico distinguido:

Vuestro es un deber más alto y sagrado. No penséis en encender una luz que brille ante los hombres para que puedan ver vuestras buenas obras; al contrario, pertenecéis al gran ejército de trabajadores callados, médicos y sacerdotes, monjas y enfermeras, esparcidos por el mundo, cuyos miembros no disputan ni gritan, ni se oyen sus voces en las calles, sino que ejercen el ministerio del consuelo entre la tristeza, la necesidad y la enfermedad.

¿Un ermitaño que se esconde del mundo? En absoluto. El mundo, donde se desarrolla nuestra vida, está lleno de cosas interesantes que vale la pena conocer y experimentar. Más bien es la conciencia cada vez más aguda de que el modo de vivir y los objetivos existenciales que se nos imponen no tienen como propósito nuestra felicidad, sino el control sobre nuestras decisiones. La intención deliberada de esclavizarnos en lo material y de impedir la reflexión para volvernos frívolos –con poca sustancia–en lo espiritual.

Para los antiguos griegos, el equivalente del pecado mortal de nuestra visión judeocristiana era la βρις (hýbris), es decir, la desmesura, la transgresión de nuestros límites. Aquellos mortales que sucumbían a la desmesura eran castigados severamente: los dioses los cegaban con la locura. Hoy, los sinónimos de esa desmesura son la arrogancia, la soberbia y la codicia. Actitudes que a veces se ocultan tras una fachada de saber científico y de exhibición tecnológica. Propaganda bajo la pretensión de que el uso de la tecnología de última generación garantiza una atención inmejorable. Sin fuerzas para oponernos al canto de las sirenas de la industria, sucumbimos y, en la caída, arrastramos a los pacientes con nosotros.

El mismo médico distinguido que ya citamos invitaba a que sus colegas se afiliasen a las agrupaciones gremiales como correctivo para el egoísmo: “Ninguna clase de hombres necesita mayor roce con sus colegas que los médicos. Y ninguna se beneficia tanto”, decía. Es cierto, no hay duda. Pero, tras examinar lo que ocurre en nuestro propio medio, debemos preguntarnos: ¿en qué hemos convertido nuestras asociaciones y colegios profesionales? ¿En verdad nos representan y defienden nuestros intereses? ¿Velan por mantener la ética de todos sus miembros e intervienen decididamente cuando esta ha sido vulnerada por alguno de ellos?

¿Nuestras asociaciones, sociedades y colegios de médicos interpelan a la autoridad sanitaria en relación a las políticas de salud y a las condiciones (instalaciones, personal y equipo) en las que trabajan los hospitales públicos? ¿Exigen una respuesta firme de la misma autoridad ante el avance de las pseudociencias que promueven tratamientos de eficacia dudosa o falsa, sin ningún respaldo científico, con graves consecuencias para los enfermos? ¿Se comprometen públicamente con su elevada misión o simplemente permanecen en un estado de animación suspendida hasta que son requeridas para servir como caja de resonancia de las iniciativas que pretende implementar el gobierno en turno?

Como contraste, existen entre nosotros profesionales de la medicina plenamente entregados a sus tareas, que cada día ejercen su sagrado ministerio sin anunciarlo, actuando allí donde son necesarios, cerca de quienes depositan en ellos (o ellas) aquella confianza tan antigua como la humanidad misma. Demostrando que, incluso en la era de la información infinita e instantánea, no se puede prescindir del encuentro personal entre el médico y el paciente. Un coincidir en el espacio que no se atiene a los límites del tiempo, porque la verdadera medicina no sabe de prisas, aunque se apure ante las urgencias.

Una entrega del tiempo personal a quien espera de nosotros toda la atención, toda la dedicación y todo el esfuerzo que somos capaces de ofrecer. Un regalo de nuestro tiempo personal y familiar sin condiciones preestablecidas, porque no sabemos cuántos minutos serán necesarios para “hacerse cargo del paciente” (in caring for the patient), aquello en lo que otro médico distinguido cifraba el secreto de la profesión.

¿Y qué es lo que les estamos enseñando a los estudiantes de medicina? ¿Existe una congruencia entre lo que les decimos y lo que hacemos fuera del aula? ¿Estamos conscientes de ese currículo oculto del que también toman apuntes, muchas veces más minuciosos y fieles que los que toman de nuestro discurso o de nuestras vistosas presentaciones en PowerPoint? ¿Superaríamos la prueba de la congruencia si nuestros alumnos pudiesen examinar con ojo crítico los expedientes de los enfermos que internamos en los hospitales privados?

¿Les hablamos del valor incalculable de la historia clínica en la enseñanza, la asistencia y la investigación, más allá del requisito exigido por la Norma Oficial Mexicana del Expediente Clínico? ¿Los convencemos de que deben escribir la historia de cada enfermo con el orden, la claridad y la belleza de una buena novela? ¿Les hacemos comprender que el ejercicio de la clínica es mucho más que un método imperfecto y anticuado en esta época de fetichismo tecnológico?

Si no hacemos por lo menos lo anteriormente expuesto, sea como profesionales individuales, como parte de una institución formadora de médicos (hospital y/o universidad), o como cuerpo colegiado de un gremio que debería conocer y honrar la larga historia de su verdadera vocación, entonces este 23 de octubre de 2018 conmemoraremos otra fecha más vacía de sentido y sólo nos vanagloriaremos de nosotros mismos.

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