Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Permítame compartir una reflexión sobre el torero Manuel Rodríguez, Manolete, muerto el 29 de agosto de 1947, a propósito de la corrida en que participó el cordobés aquí, el 5 de febrero de aquel año.

Las siguientes líneas me fueron sugeridas por el tratamiento que dio a este acontecimiento El Sol del Centro, a propósito de algo que a mí, en mi calidad de aficionado que vive la intensidad de la Historia, me causa un apasionado asombro, que bien podría enunciar, para este caso, como la construcción del mito.

El punto de partida será el siguiente: el día de la corrida este diario publicó una gacetilla en la que, entre otras cosas, afirmaba que el cordobés tenía “el aguante portentoso, la casta indomable y el estilo sobrio y elegante a la vez, del moderno Califa del toreo. Baste decir que en México, la actuación de Manolete ha creado toda una época en el arte de lidiar reses bravas y, al efecto, al hacer la historia del toreo habrá de anotarse “antes de Manolete” o “después de Manolete”.

De ese tamaño era el español, pero luego resultó que semejante valoración no se reflejó en la entrada, porque el coso, la Plaza de Toros San Marcos, placita pequeña de provincia pequeña, no se llenó, esto a despecho de lo escrito por Morales de que “En Aguascalientes no se había visto nunca que se apartaran boletos con anticipación. Esta vez lo hubo y en qué forma. A Manolete fuimos a verlo todos, parece que su nombre tuviera arte de magia; pero si no de magia, sí de arte de torear con mucha grandeza.

Pues no; no fueron todos. Por otra parte, la crónica publicada por el diario García Valseca fue cabeceada de la siguiente manera: “Gran triunfo de Procuna y Chicuelín”. El texto contenía dos subtítulos, su importancia señalada por el tamaño de la tipografía, que iba de más a menos: “El de San Juan redondeó la tarde cortando oreja y rabo a cada toro” y “Chicuelín, muy valiente, logró cortar oreja y rabo, saliendo en hombros”. ¿Y Manolete, dónde quedó? Parece ser que su faena no alcanzó para los titulares.

Permítame comenzar haciendo la siguiente proposición: de todas las personas; de todas las cosas, tenemos dos visiones; dos perspectivas, una que llamaré contemporánea, y otra a la que me referiré como histórica, y remataré mi proposición afirmando que difícilmente ambas coincidirán.

Según de quien se trate, la histórica se irá a las nubes del recuerdo nostálgico; agradecido, cuajado de emoción, o caerá hasta el infierno del olvido, el desprecio del respetable…Esto me recuerda la forma como los astrónomos comenzaron a calcular la distancia entre nosotros y las estrellas más cercanas, a partir de lo que se denomina paralaje, que consiste en observar una estrella determinada en distintos momentos del año, es decir, considerando el tránsito del planeta entre los astros. Entonces se echa mano de la geometría y se hace una serie de cálculos, y listo. Desde luego el asunto es más complejo que esto, pero esa es la idea.

¿Qué hace que ocurra una u otra cosa? La combinación de una serie de factores, la muerte, el tiempo, la información que alcance los rayos del Sol y permita ver cosas que la visión contemporánea habría ocultado, etc., que en conjunto producen una especie de pátina. En el caso de -¿podría decirse que malogrado?- Manolete, es obvio que ocurrió lo primero.

Partiré de un supuesto: ¿cómo lo explicaré? Digamos que una es la manera como sus contemporáneos veían a Manolete, y otra como lo vemos nosotros. Es cierto, ya hacía tres años que había sido bautizado –perdón por el término- como El monstruo, pero todavía faltaba que Islero y el tiempo lo canonizaran; lo elevaran a los altares de la tauromaquia y lo convirtieron en El héroe, considerado este desde la perspectiva griega. Entonces, nada más natural que esta visión no se refleje ni en el anuncio de la corrida, ni en la crónica de Morales. Faltaba todavía que la humanidad del cordobés se posara en los cuernos del Miura, y que el tiempo y la memoria sometieran su trayectoria a un proceso de añejamiento, del que resultó la visión que tenemos nosotros de este torero.

Ya para terminar, habría que decir que, en honor a la verdad, a Manolete no lo mató el toro Islero, sino el plasma que le aplicaron en el proceso de recuperación de la cornada que, por alguna razón relacionada con la composición orgánica, le hizo corto circuito, dicho de una manera por demás simple; como si le hubieran aplicado una inyección letal. Esto según el facultativo Rafael Vázquez Bayoo (“Manolete a la hora dorada. Importancia del Manejo Prehospitalario”, publicado en “¡Suerte!” Feria Nacional de Zacatecas 2017, que me hizo llegar el historiador, ese sí de adeveras, Vicente Agustín Esparza) Pero, francamente, se trata de uno de esos casos en que la verdad estropea a la leyenda. Así que quedémonos con el hecho de que a Manolete lo mató Islero, el Miura, y se acabó. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

 

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