Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Permítame, indulgente lector, dejar de lado el tema que inicié en la entrega anterior, que al cabo no se pierde de mucho, y reaccionar a propósito de la muerte, el pasado 12 de diciembre, del ingeniero Carlos Ortiz González, que en otro tiempo fue un personaje de relevancia en la comunidad.

Entonces, permítame compartir dos recuerdos personales que tengo de él. Así que corre y se va: en mi calidad de historiador aficionado, una de las experiencias más agradables que he tenido en el cultivo de la tierra histórica se relaciona con el hecho de encontrar en esas maravillosas ventanas al pasado que son los periódicos antiguos, a personas que conozco, pero de quienes en la consulta periodística averiguo cosas que ignoraba, sobre lo que hicieron o dijeron o fueron, justamente en contraste del tiempo actual de mi conocimiento y/o trato, en que ya no dicen, ni hacen, ni son…

En 2013-14, andaba yo trabajando en una investigación en torno a la gestión administrativa del gobernador Luis Ortega Douglas (1956-62). Entonces apareció el ingeniero Ortiz… Lo hizo en las páginas de la prensa, ocupando algún cargo directivo en la dependencia encargada de llevar a cabo la obra pública, y en particular las obras de agua potable y alcantarillado.

Por ello lo busqué para hacerle una entrevista; conversar sobre aquellos años, su gestión, etc. Por desgracia el tiempo había hecho estragos en su mente, y por más que llevaba mi entrevista preparada, no averigüé mucho más de lo que ya sabía.

Con alguna frecuencia, a mi pregunta siguió la misma respuesta: “no me acuerdo”, pero en determinado momento hubo algo… No recuerdo qué fue lo que pregunté, o quizá fuera la suma de cuestionamientos; este despliegue de un mundo perdido que estaba haciendo ante sus ojos. El hecho fue que algo se disparó en su mente. En determinado momento se quedó callado, y por un instante sentí, tuve la extraña pero agradable sensación, de que miraba por encima de mis hombros, más allá de mí mismo, como si mi peroración, estos recuerdos que yo no tenía; que no eran míos, y que en todo caso evocaba a partir de mi conocimiento, que era no vivencial, no emocionado, de una época que no era la mía, sino suya; una etapa en que él era fuerte y estaba entero y tenía una familia en plena formación, y sueños y esperanzas y una misión que cumplir, y entonces mis palabras fueran como la fórmula que emplea un mago para convocar a los fantasmas de alguien, que de esta forma regresaban a su conciencia desde el fondo de su mente y lo confrontaban, y en el aire; en la nada del aire, en el silencio de aquella tarde opaca de junio de 2013 -el crepúsculo es la hora del poder, diría don Juan Matus; “la raja entre dos mundos”– en que estábamos él y yo solos, se abriera paso desde estas mismas profundidades una pregunta que sólo él escuchaba, como en un eco distorsionado y quizá un tanto confuso, pero claramente audible: ¿te acuerdas, Carlos; lo recuerdas?

Verlo así; ver sus ojos oscuros inmersos en ese trance, me produjeron la sensación de que había dejado de verme para observar algo, o alguien detrás de mí. La sensación fue tan intensa, que propició en mí la necesidad de voltear hacia atrás, para intentar ver lo mismo que él, esos fantasmas que sin querer había convocado. Desde luego no había nada; no había sonido ni imagen ni persona alguna más que nosotros, y a final de cuentas todo ocurría en su mente. Pero independientemente de lo anterior, me fui de su casa con la sensación de haber traspuesto las puertas mágicas del presente, para incursionar en ese campo misterioso del pasado, que por momentos podemos recrear.

El otro recuerdo que tengo de él me conmueve tanto o más que el anterior, aunque ciertamente es mucho más simple, aparte de que no es personal, y en todo caso sólo fui testigo… Hace unos cuatro o cinco años, mi dulce compañía -mi esposa- y este peregrino de la palabra que soy, fuimos a misa a la parroquia de Jardines de la Asunción.

Aquí será importante recordar que el ingeniero murió el sábado pasado a los 96 años, dado que había nacido en marzo de 1924.

En fin, ahí estaba él, entre otras personas, y a la hora de la comunión dejó su lugar y se acercó al altar. De regreso a su sitio ocurrió que equivocó el camino, y más bien se dirigió a otro grupo de bancas. Cuando cayó en la cuenta del hecho; cuando vio que quienes eran sus efímeros vecinos de asiento ya no estaban, sino otros que en el vértigo del momento no reconocía, la expresión de mutismo que gobernaba su rostro, concentrado él como estaba en el momento sagrado de la unión con lo divino, se tornó por otra de angustia: en su vieja conciencia se abrió paso la certeza de que se había perdido…

Tengo la impresión de que una persona de menor edad rápidamente habría caído en la cuenta de lo ocurrido, desandado el camino y vuelto a andar. Pero no él, agotados el vigor y la claridad de la juventud. Según observé, no era que se hubiese equivocado de pasillo, sino que, por el contrario, asumía que mientras había ido a comulgar todo se había transformado de una manera que le parecía incomprensible, y ahora estaba perdido. Mientras oteaba a su alrededor, buscando algún signo que lo regresara a su seguridad; a su tranquilidad, quizá de ver su angustia recordé su vida dolorosa, la muerte natural de su esposa y la tremenda, brutal, de su hijo mayor, y creo que de su nuera, en un accidente carretero allá, a fines de los años ochenta. Pero recordé también la reacción sorprendida de mi hijo menor en una ocasión, ante un elevador, al ver que la puerta de esa caja en que habíamos entrado se cerraba, se movía un poco y al abrirse nos ofrecía un paisaje diferente.

Así le ocurrió al ingeniero: mientras iba a comulgar, en su mente le habían cambiado el paisaje de las bancas y las personas, sumiéndolo en una situación de desconcierto que dibujó en su rostro el miedo por la pérdida… La niñez y la vejez: la vuelta de vals del tiempo a la que quizá se refirió Pablo Neruda; los extremos que se tocan; el principio y el fin.

Desde luego el trance duró unos cuantos segundos, y pronto vino a rescatarlo, literalmente a eso, una joven mujer -¿una nieta?-, que lo llevó de nuevo a puerto seguro y le ofreció la certeza de que ella sabía qué hacer.

Ahora este hombre de buena fama se ha unido a sus fantasmas; convertido en uno de ellos para quienes lo conocimos. Ahora está en paz, sin dolor alguno que turbe su entendimiento, ni desconciertos de ninguna especie. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).