El pasado jueves se conmemoró un año más de la masacre de estudiantes en el año 1968 en Tlatelolco, Ciudad de México, cuando el priista Gustavo Díaz Ordaz era presidente de México y jefe máximo de las Fuerzas Armadas. Más allá de que la conmemoración se convierte año con año, en una cíclico y mecanizado ritual, de marchas y consignas desideologizadas pero como buen pretexto para “el relajo” (cada año vemos imágenes de anarko-puncks y encapuchados vandalizando); no debemos perdernos que dicha matanza dejó una profunda herida, hoy convertida en cicatriz en la incipiente democracia en nuestro país.

Han pasado 46 años, con la llegada de la alternancia y cierta madurez democrática, aunado a la constante vigilancia ciudadana, cada día pareciera que no pudiera ocurrir una desgracia como aquella; pero con el retorno priista y su política de cooptación de la oposición y empoderamiento absolutista, la conformación de una aristocracia política que siente que todo lo puede, nos regresa a la realidad de lo endeble que somos los ciudadanos frente a la elite gobernante en todos sus niveles.

En Iguala, Guerrero se están dando indicios de lo vulnerable que está nuestro país para repetir algo como lo ocurrido el 2 de octubre del 68; 25 estudiantes fueron heridos, 6 fueron asesinados por fuerzas policiales de aquel municipio por órdenes del Presidente Municipal, José Luis Abarca, y ejecutadas por el Secretario de Seguridad Pública Municipal Felipe Flores Velazquez ambos con filiación al PRD y 43 siguen desaparecidos desde los hechos ocurridos el viernes 26 de septiembre; además, esto sucedió en un Estado –Guerrero– gobernado por un perredista; así es este evento deleznable, fue ejecutado por funcionarios del considerado principal representante de la izquierda progresista en México, no fue la derecha autoritaria priísta, ni la ultra derecha panista, fue ejecutado por personas seleccionadas por el PRD para ser candidato y funcionario; que ya están en fuga.

Lo anterior es producto de la tergiversación y descomposición del PRD a la hora de seleccionar candidatos, donde la principal característica es el pragmatismo y utilidad electoral, que después se convierte en displicencia y frivolidad política; la ideología, la congruencia y los principios han quedado olvidados. Ahí están las consecuencias en el que algunos todavía consideramos el símbolo de la izquierda partidista.

Pero la muerte de estudiantes y su desaparición –guardando proporciones– tiene un matiz similar a lo ocurrido hace 46 años; y que hoy la izquierda no puede minimizar. La calidad ética del PRD está en juego si no se toman acciones inmediatas, la dirigencia nacional y el Consejo Nacional tienen que mandar llamar al gobernador para que dé un informe de los hechos, así como a la dirigencia en aquel estado, y aunque duela hacer pública la realidad de lo ocurrido.

Hoy, a 46 años de la masacre en Tlatelolco, tiene que ser más que una consigna ¡2 de octubre no se olvida!, hoy nos deberíamos preocupar y exigir que no se repita, que se investigue y se castigue.