Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

México no es un país sin memoria, simplemente lo gobierna un sistema que padece amnesia selectiva altamente infecciosa, tan sólo inmune para quienes padecen en carne propia los efectos de sus eventos históricos. Estamos tan igual como hace 52 años, cuando bajo los efectos de la inmunidad política un batallón bautizado Olimpia –ni la burla pudo perdonar el chacal Ordaz- ejecutó un particular holocausto donde ciudadanos e ideales perecieron, silenciando cualquier posibilidad contestataria hasta la fecha que permita la denuncia capaz de frenar los constantes atropellos que la gargantuesca bestia, insaciable e imparable, con la forma y voz de un Estado comete en actos de autocomplacencia políticamente onanista para satisfacer sus inagotables apetitos de perversa ambición. Nada que no se sepa, intuya o viva, simplemente se padece y encuentra una voz de expresión creativa mediante el arte, por supuesto siendo el cine uno muy contundente. Lo acontecido en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968 no sólo abrió los ojos de nuestra sociedad, son también los del mundo y un eco muy particular pudo localizarse en diversas manifestaciones narrativas que hemos de rescatar ahora sin ahondar demasiado en el porqué o cómo de tan deleznable hecho, pues tanta tinta como sangre ha corrido al respecto.

“EL GRITO” (1968) – “Esto no era una guerra, porque en una guerra ambos lados están armados…”. Esto le enuncia sucintamente Magda Vizcaíno en los primeros minutos de este magnífico documental dirigido por el malogrado Leobardo López Aretche (se suicidó dos años después de realizarlo), egresado del CUEC que supo apresar mediante fotos fijas e imágenes en movimiento la génesis ideológica y política del movimiento estudiantil que culminaría en una masacre a modo de antítesis a las festivas Olimpiadas inauguradas unos cuantos días después del deshonroso acto. Lecturas a viva voz de los pliegos petitorios, tomas situacionales que contextualizan el ebullente entorno que se vivía entonces, tomas cerradas a los rostros idealistas que a la postre probablemente desaparecieron permanentemente de la faz de la Tierra y una música de Oscar Chávez que oprime el corazón cada vez que penetra nuestra psique hacen de este trabajo uno de los más importantes del cine nacional, tanto por su labor cronista como de contenido.

“CANOA” (1976) – El director Felipe Cazals no sólo elevó las posibilidades discursivas del cine patrio con este trabajo, celebrado y premiado en festivales internacionales como el de Berlín, también conjugó una visión clara y honesta sobre las posibilidades del lenguaje cinematográfico ceñidas a un contexto de especificación retórica regional, creando una película netamente mexicana sofisticada, rica y madura que toma un acontecimiento real, lo despoja de cualquier vena sensacionalista y crea un relato pavoroso tanto de fondo como de forma por lo que es y representa. Ubicada por supuesto en el turbulento 1968, cinco trabajadores jóvenes de la Universidad Autónoma de Puebla parten al Cerro de la Malinche con el fin de aprovechar el puente por el 15 de septiembre para realizar montañismo, atravesando un pueblo pequeño llamado San Miguel Canoa donde deciden hacer una parada. Los lugareños los toman por universitarios revoltosos que buscan instaurar ideología comunista y provocan una turba sancionada –e incluso dirigida- por el obispo del lugar que va in crescendo hasta culminar en su linchamiento. Los recursos narrativos y visuales que toma Cazals para desarrollar esta historia rompen con el paradigma de la linealidad argumental o la comodidad de la visceralidad plástica gracias a un inteligente y minucioso guion creado por el finado Tomás Pérez Turrent, quien diseña un hilado narrativo complejo y fascinante donde no sólo se percibe el descarnado drama que viven los protagonistas, también un juego diegético en cuanto a su lenguaje aplicando herramientas más sofisticadas del cine europeo como el quebranto a la cuarta pared, guiños al documentalismo y “testimonios” de los involucrado, bien amarrado por las excelsas actuaciones de Enrique Lucero, Ernesto Gómez Cruz, Salvador Sánchez, Roberto Sosa, Jaime Garza y Manuel Ojeda, entre otros. La mejor película sobre ese período y una de las más grandes cintas mexicanas en su historia.

“ROJO AMANECER” (1989) – Si el filme de Cazals nos daba una cierta perspectiva macro del movimiento estudiantil, esta película se adentra a la intimidad de una familia que sufre vivamente los hechos y sus consecuencias de forma minimalista, emocional y psicológica. Jorge Fons filmó de forma encubierta (no podía ser de otra manera en un Estado gorilesco como el nuestro) este relato sobre una familia donde los padres (interpretados muy bien por Héctor Bonilla y María Rojo) tratan de comprender en qué se han metido sus hijos mayores (Bruno y Demián Bichir) cuando tratan de ocultarse en su hogar para escapar del Batallón Olimpia durante la Operación Galeana en Tlatelolco. Toda la cinta transcurre con naturalidad en el transcurso de dos días, desde la génesis de eventos hasta su terrible conclusión, donde todos verán sus vidas comprometidas por las brutales “fuerzas de la ley”. El trabajo argumental es muy económico, luciendo casi dramatúrgico pero muy bien aprovechado por Fons para confeccionar personajes interesantes y empleando magistralmente el tiempo cinematográfico que dota de cohesión y fluidez al desarrollo. Angustiante, cruda y veraz, “Rojo Amanecer” es una gran película que debe verse al menos una vez.

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