Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Los días uno de agosto y cinco de septiembre próximos, con la elección de los poderes de la unión, el Ejecutivo encabezado por el general Álvaro Obregón, México cumplirá 100 años de vida institucional ininterrumpida… En verdad no es cualquier cosa.

Nomás saque sus cuentas –o sus cuentos-: México nació como nación independiente en 1821, y consumió una buena parte del siglo buscando la forma idónea de gobernarse, y en este esfuerzo, que significó grandes sacrificios para los mexicanos de aquella época, pérdida de vidas, de tiempo, de riqueza, de territorio, probó de todo: dos disque imperios, dictadura, república federal, república central, y en cada caso los experimentos se impusieron mediante una sangrienta lucha fratricida; y prácticamente todos terminaron en el fracaso, y a otra cosa.

Las élites políticas que encabezaron al país luego que el gobierno español desapareció, se dividieron en liberales y conservadores, federalistas y centralistas, progresistas y reaccionarios, y los dos grupos tenían algo de razón…

El primer gobierno constitucional de México, amparado por la Constitución de 1824, fue el que presidió el general Guadalupe Victoria, y terminó interrumpido por un Golpe de Estado. ¡O sea que ni una sola vez nos duró el juguetito completo!, sin raspones; ¡ni una, caray! Por cierto que el general que inauguró esta época de desórdenes fue el mismo de quien escribieron con letras de oro en la Cámara de Diputados su frase: La Patria es Primero. Efectivamente, se trata del venerado general Vicente Guerrero…

En 1867, los liberales derrotaron de manera definitiva a los conservadores, por lo menos como fuerza político militar –que no ideológica-, luego de que a la desesperada provocaran una nueva intervención extranjera. Entonces se inauguró un nuevo periodo de vida institucional, la llamada “República Restaurada”, uno de los periodos más brillantes en materia de división de poderes que, otra vez, terminó en un Golpe de Estado, el mismo que puso en marcha la larga gestión del general Porfirio Díaz quien, eso sí, se interesó en darle una apariencia democrática, y lo hizo mediante la celebración de elecciones, debidamente amañadas, de las que muchos de quienes vinieron después aprendieron un montón de cosas.

A su vez este, que fue el primer periodo de tranquilidad pública en la que el país experimentó un crecimiento económico importante, terminó con una revolución. Sin embargo su resultante, el gobierno de Madero; el primer gobierno constitucional del siglo XX, democráticamente electo, fue brutalmente cancelado poco más de un año después por el que, me parece, sería el Golpe de Estado por excelencia, el clásico de su despreciada especie; con todas las agravantes habidas y por haber, y que dio lugar al movimiento constitucionalista que encabezó Carranza.

Al triunfar el movimiento norteño, y luego de la lucha de facciones, vino la promulgación de una nueva constitución, y con ella, el regreso de la legalidad, que volvió a ser desterrada de la vida pública nacional poco más de tres años después, esta vez por última ocasión… hasta ahora. En efecto el 21 de mayo de 1920, se consumó el último Golpe de Estado, con el asesinato del Presidente de la República.

100 años de vida institucional ininterrumpida… De veras que no es cualquier cosa. Vida institucional, es decir, preeminencia de las instituciones por encima de las personas, con división de poderes, Ejecutivo, Legislativo, Judicial, y tres instancias de gobierno, federal, estatales y municipales.

Vida institucional, con la renovación periódica de los poderes públicos mediante elecciones que traen como resultado una transmisión pacífica del poder público. (¿Obregón habría sido asesinado por su pretensión a reelegirse?)

Vida institucional, en fin, determinada con plazos muy específicos; muy concretos, para el ejercicio, no del poder, que es intrínsecamente perverso, sino de la autoridad, que es luminosa (¿Se acuerda lo que decía el general Porfirio Díaz en su Plan de la Noria; su fallida intentona de 1871?: “Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder, y ésta será la última revolución”.)

Ya sé… Casi puedo imaginarme la sonrisa que se dibuja en sus labios al leer este inocente discurso, de cara a la pobreza de nuestra vida institucional, la mezquindad de las élites políticas, los poderes de la unión, los de los estados, frecuentemente sometidos al capricho de quienes los encabezan. ¿Cuánto de lo que vivimos responde al interés público; general, y no a otros que difícilmente soportarían la luz del Sol? Intereses que se asoman a la luz pública mediante el vestido de las leyes hechas a la medida, o que, en su defecto, con leyes maravillosas que se aplican, sí, pero “a los bueyes de mi compadre”, las elecciones fraudulentas, la corrupción, el hecho terrible de que nuestra vida pública sea campo fértil para acoger y cobijar a personas de limitada visión, escasa generosidad, y muy discutible honradez…

No olvido nada de lo anterior, pero estoy convencido de que, con todo y la miseria de nuestra vida institucional; de nuestra democracia, es mejor esto que otras fórmulas. Aquí me resulta obligado el recuerdo de Sir Winston Churchill, su discurso ante los Comunes británicos de noviembre de 1947; su opinión de que la democracia es un mal sistema de gobierno, pero los demás son peores…  Y en verdad os digo que puede haberlos. Con todos los defectos habidos y por haber, yo prefiero esto a cualquiera otra opción, porque en última instancia deja abierta la puerta para acceder a cosas mejores; de nosotros depende.

Curiosamente ocurre que de cara a tanta barbaridad como presenciamos; de tanta gente incompetente ejerciendo cargos de trascendencia con pocos frutos, y/o aprovechándose de los mismos para enriquecerse… Digo que curiosamente, frente a todo esto, tendemos a despreciar nuestra vida pública, cuando más bien tendríamos que cuidarla, protegerla, para evitar que se nos convierta en otra cosa peor.(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).