Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Permítame, inteligente lector, malversar por esa ocasión este espacio, dedicado a lo largo de casi 17 años al tratamiento exclusivo de temas relacionados con el pasado y el presente de Aguascalientes -y a veces, con algo de suerte, al futuro-. Me amparo en el hecho de que el tema que quiero desarrollar hoy tiene la mayor relevancia para usted; para mí, para el país…

El pasado jueves 21 de mayo se cumplieron 100 años del asesinato del presidente de la República, señor Venustiano Carranza… Visto así se trata de una efeméride más, ante la que podemos, o no, encogernos de hombros; una de esas fechas que concitan un acto cívico en la exedra de la Plaza de la Patria, discurso pronunciado por su orador con la mirada puesta en la eternidad, es decir, más allá de la catedral, ofrenda floral y niños de escuela debidamente uniformados y más debidamente aburridos, pero felices de no tener clases y que los lleven a la plaza, aparte de que algunos guardianes de la memoria histórica aprovechan la oportunidad para reflexionar sobre el asunto.

Por mi parte me interesa más recordar el otro lado de esta moneda, más importante que la vida de Carranza, dicho esto con todo respeto para don Venus, que recorrió inmutable el sendero de la muerte, pero nunca el de la claudicación de principios. Porque la fecha señala, también, 100 años del último Golpe de Estado en México…

Hubo otras intentonas, en 1923, 1929, y en cada ocasión, por la sucesión presidencial, ¡la maldita silla que dijo Enrique Krauze que dijo Octavio Paz que “todo el mundo sabe que Zapata vio con horror… y que, a diferencia de Villa, se negó a sentarse en ella. Más tarde dijo: «Deberíamos quemarla para acabar con las ambiciones». ¿Ya ven? No la quemaron y hasta la fecha siguen las disputas para apropiárselay poseerla cual mujer deseada, aunque los métodos actuales hayan adquirido, digamos, alguna civilidad -¿la guerra cristera de 1926 a 29 podría meterse en este mismo costal?-. La última rebelión tuvo lugar ¡uf! en 1938, pero, por fortuna ninguna prosperó después de la de 1920…

Sin abundar demasiado en el asunto, este último levantamiento triunfante ocurrió en abril de 1920,y fue encabezado por los sonorenses, Álvaro Obregón, Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles, quienes amparados en el Plan de Agua Prieta, desconocieron al gobierno de Carranza, de cara a las elecciones presidenciales de aquel año. Con el caudillismo en desbocada efervescencia, encabezado por el héroe de Celaya, el general Álvaro Obregón, ese mismo que habría señalado la necesidad de “liberar a México de sus libertadores” -léase, de sus caudillos- Carranza decidió cortar de tajo semejantes aspiraciones y pasar directamente al civilismo. En efecto, Enrique Krauze escribió que “Carranza abre el último de sus frentes: pensando quizá en la defensa civilista de Juárez en 1871 contra la «odiosa banderola del militarismo», decide incluir en la historia de México un capítulo a la vez deseable y prematuro: el fin del militarismo.

Aquel viejo sagaz sabía que un nuevo Díaz sonorense aguardaba su turno en la presidencia con credenciales no inferiores a las que tenía Porfirio en su momento. Sabía perfectamente el desenlace de aquella historia. Y sin embargo insiste. A (l escritor español Vicente) Blasco Ibáñez, que por entonces preparaba su libro El militarismo mexicano, le confía su propósito: «El mal de México ha sido y es el militarismo. Sólo muy contados presidentes fueron hombres civiles. Siempre generales, ¡y qué generales!… Es preciso que esto acabe, para bien de México; deseo que me suceda en la presidencia un hombre civil, un hombre moderno y progresivo que mantenga la paz en el país y facilite su desarrollo económico”.

Pues no. Como afirma Krauze, el civilismo sería muy deseable, pero en ese momento resultaba prematuro. Al parecer no era tiempo, y no lo fue sino hasta 26 años después, cuando en diciembre de 1946 se convirtió en presidente el abogado Miguel Alemán Valdez. ¿O a poco creerá alguien que toda aquella gente, convertida en resplandeciente oficialidad, se lanzó a la lucha nomás porque sí, en un acto de impoluta y patriótica generosidad?

Las siguientes elecciones, que restablecieron la legalidad rota, y en las que resultó electo presidente de la República el general Álvaro Obregón, tuvieron lugar el 1 de agosto de 1920. Entonces se evocará otra efeméride que me parece de la mayor relevancia.

Entonces, digo, el 21 de mayo se cumplieron 100 años del último Golpe de Estado, y dentro de unos meses se llegará a los 100 años de vida institucional ininterrumpida en México, algo que, salvo quizá Costa Rica, ningún país de Iberoamérica puede presumir; ninguno, e incluso algunos de Europa. Alemania, desde luego, Italia, España, Portugal, y hasta la civilizada Francia, con el vergonzoso régimen de Vichy…

Vida institucional, quiero decir, y digo la vida pública nacida de un pacto social que reconoce en la ley a la única soberana posible, es decir, que sus actores rigen su conducta por una Constitución y el conjunto de leyes aprobadas por el Congreso de la Unión y los órganos legislativos estatales, a quienes se agregan un poder encargado de la ejecución de estas leyes, y otro que se ocupa de la impartición de justicia.

En fin, que estoy pensando en una vida institucional en que los asuntos públicos se discuten y resuelven públicamente. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).