RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Una vez al terminar la misa en el Colegio Marista y cuando Luis Manuel se estaba quitando su indumentaria eclesiástica volteó y me dijo: Tú eres “el hombre que fue jueves”. Y me dijo eso porque yo iba todos los jueves a la misa que oficiaba por las noches en el Colegio Marista. La misa era de lunes a sábado, pero yo iba solamente los jueves, que era el día que tenía la tarde libre. Y eso fue durante casi 30 años. Luego me di cuenta que “El hombre que fue jueves era un libro, el cual no con pocos trabajos logré encontrar y, obviamente, lo compré.

En dos o tres ocasiones acudí con el Padre para que ya en el plan de consejero me diera algunas orientaciones en algunos problemas, principalmente conyugales. Me citó en su oficina del seminario, cuando él era el Rector. Recuerdo que la primera vez llegué a su pequeña oficina. Nos sentamos en lo que era como una salita y observé infinidad de manzanas de todos tipos, de cerámica, de porcelana, de metal, de cobre, pintadas en pequeños cuadros, etc. Y al ver tanta manzana le dije: “No sabía que coleccionaba manzanas”. Y como era él, a veces bromista, me dijo: “Ni yo tampoco”. ¿Cómo? Le respondí. “Si. Fíjate que hace algún tiempo fulanita de tal me trajo de regalo esta manzana de cerámica de un viaje al que fue de vacaciones y ahí la puse en la mesa de centro, y como aquí también atiendo a varias personas y vieron la manzana, pensaron que yo coleccionaba manzanas y así me fueron trayendo manzanas de todo tipo y de todos lados, de lugares de México o de otros países, y así he formado esta voluminosa colección”. Nos reímos por la casualidad de cómo se hizo coleccionista de manzanas. Enseguida le platiqué mis problemas. Él con atención me escuchó y me dio sus puntos de vista. Debo decir que Luis Manuel era un hombre sin dobleces. Él era directo en las soluciones, no andaba con rodeos. Luego de sus consejos, me dijo: “Esta plática también te sirvió de confesión” Y me dio la absolución. Nos despedimos con un abrazo muy fraternal. De amigos. Y yo salí fortificado. Contento por tener un amigo así, que me orientaba de una manera muy bella que me hacía reflexionar y ver las cosas de otra manera. Debo decir que al Padre yo no lo veía como cualquier ser humano, lo veía como un santo y eso hacía que mi admiración por él fuera muy grande.

En alguna ocasión me invitó junto con mi familia a una comida y festejo que le iban a hacer los seminaristas con motivo de su cumpleaños. Yo que conocía a Luis Manuel y sabía que no era muy dado a invitar a mucha gente a sus festejos, me sentí muy contento por la deferencia. Ese festejo fue muy bonito, pues empezó con una misa y enseguida en el auditorio del seminario se llevó a cabo un festejo como los que yo viví en mi colegio cuando estuve en la primaria, bailables, canciones y declamaciones. ¡Muy bonito! La familia del Padre, su mamá, sus hermanos, sobrinos y su tía Güera, se veían muy felices. Luego del festival pasamos al comedor y disfrutamos de una comida muy sabrosa. Fue una fiesta muy bonita y emotiva en donde el cariño y admiración de los seminaristas y de los pocos invitados fue evidente. Es una fecha que nunca olvidaré como nunca olvidaré el último día que lo vi. Unas horas antes de que falleciera. Ese día todavía fue a dar misa al Colegio Marista. La capillita esa tarde-noche estaba más llena que de costumbre. Luis Manuel empezó a dar la misa pero estaba como en otro lugar, su mirada ya se veía perdida. Empezó la misa pero antes de leer el evangelio se sentó y ya no se levantó, le pidió al Hermano Lupe, que leyera el evangelio. A partir de ahí vi con mucha tristeza que estaba viviendo probablemente sus últimas horas, pues se veía muy desmejorado. El Hermano Lupe, que también desafortunadamente ya falleció, dio también la comunión. Terminó la misa y Luis Manuel acudió a quitarse la indumentaria. Al salir había que bajar una escalera y todos los que acudimos a misa veníamos atrás de él. Recuerdo que Pepe López Campa le dijo que lo dejara agarrarlo del brazo para ayudarle a bajar, pero Luis Manuel no quiso, todavía tuvo el orgullo de demostrarnos que podía bajar por si solo las escaleras. Todos veníamos con el Jesús en la boca con la preocupación de que no fuera a dar un mal paso, pero no, bajó con decoro. Esa noche sería la última que estaría en el Marista, colegio del que fue Capellán muchos años. Esa noche se acabarían para mí los jueves de misa vespertina. Salí junto a Luis Manuel, igual que unas 30 personas más, hasta el automóvil en el que lo iban a llevar a su casa. Cuando se iba a subir al auto, del lado del copiloto, volteó a verme y me preguntó: ¿Tu quién eres? “Soy Rodrigo, Padre”. Le contesté. Solo respondió: ¡Ah! Y se subió al auto para enseguida alejarse rumbo a su casa. Todos nos quedamos parados ahí en la banqueta de la calle 26 de marzo, afuera de la entrada a la casa de los Hermanos Maristas. Esa fue la última vez que vi a mi querido amigo, a mi sacerdote…¡a mi guía espiritual!

De Luis Manuel hay mucho que escribir, mucho que contar. Su vida es como un cofre llenó de momentos de todo tipo, la mayoría muy bellos. Algo de lo que siempre me percaté fue el amor que sentía por su familia, su madre, su tía, sus hermanos y sobrinos. Vi la preocupación que tenía cuando enfermó su sobrina Astrid. A él lo vi sufrir cuando lo operaron en el Hospital Hidalgo y luego por querer volver a oficiar antes de que lo autorizara el médico recayó y le dio una hemorragia que lo llevó de nueva cuenta de urgencia al hospital. La obra de este hombre fue fructífera pues hay varios sacerdotes que se ordenaron cuando él fue el Rector del seminario, su legado está presente en varias iglesias con la presencia de estos sacerdotes, que sin duda fueron muy afortunados de haber tenido a un Rector de ese nivel, de esa calidad tanto académica como moral. Es necesario comprender lo que lleva implícito la palabra sacerdote: mucho estudio, fe inquebrantable en Dios, en Cristo y en la Virgen María. Luis Manuel decía que el ministro que representa a Cristo en esta vida debía transmitir amor, esperanza, consuelo a los afligidos, paz espiritual, mística, ética, estoicismo para el dolor y sacrificio.

Luis Manuel fue formador de sacerdotes y destacó su lealtad, su carisma, su discreción, su inteligencia, su simpatía, su optimismo y su don de consejo. “Sabía exigir con fortaleza y con cariño al mismo tiempo”. Asimismo, sabía conjugar los grandes ideales con los detalles cotidianos, aparentemente pequeños e insignificantes. Más que mandar aconsejaba, y más que imponer, proponía. Su autoridad venía de la confianza y el cariño que transmitía, destacando su tesón por celebrar la eucaristía, incluso en los momentos más duros de su enfermedad. Le faltaba tiempo para servir y atender al público; no conocía horarios para entregarse en su actividad pastoral como párroco así como cuando solicitaban su presencia como consejero espiritual, confesor, etc. Hoy el padre Luis Manuel goza de la morada eterna con Dios Nuestro Señor y yo lo recuerdo con mucho cariño y le pido me siga bendiciendo desde donde se encuentre.