RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Luego de reírnos por el susto sufrido por el Padre luego de haber chocado con la escolta del presidente Luis Echeverría, la plática cambio de giro y comenzó a platicarme de su niñez. De sus padres y sus hermanos. Del sufrimiento de su madre y de toda la familia por la desaparición inexplicable de uno de sus hermanos, del cual nunca volvieron a saber nada. Así también de la pena por la enfermedad y muerte de su hermano Darío. Se emocionó mucho cuando platicó de su infancia allá en La Chona, de donde era originario. De cómo desde muy niño se iba a estudiar a Lagos de Moreno, ante el apuro de Conchita, su mamá, que veía que el pequeño Luis Manuel se iba en autobús diariamente a Lagos. Me platicó con alegría cómo desde niño jugaba a ser sacerdote y en su casa colocaba su altar y sus amiguitos eran los fieles. Él hacía como que oficiaba la misa. Por eso no hay duda que Luis Manuel desde que nació estaba predestinado a ser sacerdote. La vocación era innata, Dios Nuestro Señor desde antes de nacer ya le había encomendado esa misión. Luego de platicar un buen rato inicié la tarea de convencimiento para lo que había sido el pretexto de la comida: proponerle que sus homilías fueran publicadas en el periódico cada semana. Cuando se lo propuse su primer respuesta fue que no. “No me gusta balconearme”, me dijo con firmeza, porque así era él, le decía al pan pan y al vino vino. Yo le insistí: Padre, sus homilías no pueden perderse así nada más en el viento luego de que usted las dice, vamos a permitirles que sobrevivan y que conozca la palabra de Dios más gente”. Pero el Padre no quería. Le dije: “Yo los domingos las voy a grabar en la misa y más tarde las transcribo y mando al periódico”, Luis Manuel dudó un poco y aceptó. ¿Qué nombre le ponemos a la columna? Y casi sin pensarlo me dijo: “Escuchando la palabra”.  Y a partir de ahí cada domingo a las 11 de la mañana grababa sus homilías. Acabando la misa me iba rápido a la casa a ponerme a escribir y al otro día aparecían publicadas en el HIDROCÁLIDO. Y la verdad fue un éxito pues Luis Manuel tenía mucha gente que lo seguía y que gustaba de sus homilías, las cuales siempre llevaba muy estructuradas, las dividía en varios puntos, según el evangelio de ese día. Uno o dos domingos después de la primera publicación, Luis Manuel me dijo al terminar la misa: “Oye Rodrigo, no le pongas a la columna “Por Pbro. Luis Manuel Macías López”. Ponle tu nombre y ponle que tú grabas la homilía y la escribes. La verdad no lo hice. Pues el autor intelectual era él, yo solo la escribía y la mandaba al periódico. Ya no me volvió a pedir que le quitara su nombre, pero en una ocasión cuatro o cinco meses después al terminar la misa me dijo: “Oye Rodrigo yo quisiera que ya no escribas las homilías pues le quitas tiempo del domingo a tu familia por irte a escribir y mandar la colaboración al periódico”. Acepté su propuesta pues vi que el Padre se mortificaba por eso. Pero fue una experiencia muy bonita el escribirle sus homilías durante ese tiempo, pues las volvía a disfrutar al momento de plasmarlas en el papel. Puedo decir con mucho orgullo que mucha gente la leía.

Pasaron varios meses después de la comida en mi casa y en verano el Padre, como casi cada año, viajó a Roma para dar algún seminario a sacerdotes de otras partes del mundo. Cuando regresó de su viaje me preguntó un día al terminar la misa en Guadalupe que a qué horas estábamos en la casa. Le contesté que si nos acompañaba a comer en la semana y me dijo que sí. Cuando llegó el día, el Padre llegó cargado de regalos, ¡era como cuando llega un pariente que fue de viaje y te trae algunos presentes! A mí me trajo una botella de… ¡Grappa! Y para la familia un cromo bellísimo de la Virgen María así como una bendición Papal con los nombres de la familia. Y a los chicos les trajo llaveros del Vaticano. Sí, Luis Manuel era parte de la familia, así nos consideraba. Luego de comer y escucharlo platicar sobre su viaje a Roma, así como su visita a Suiza con unos amigos que viven ahí y que aprovechaba para que en ese país le revisaran la vista, nos tomamos una copita de Grappa, para la digestión. Yo agradecí el detalle de Luis Manuel de venir cargando los cromos y la botella desde Europa. Y debo decir que desde ese día que Luis Manuel y yo tomamos la Grappa… ¡No he vuelto a abrir la botella! La tengo como una reliquia. Algún día en alguna ocasión especial la volveré a abrir.

A Luis Manuel lo seguí durante 35 años en Guadalupe y en El Conventito. Y también durante casi 30 años en el Colegio Marista. Fui a misa con él al Marista casi todos los jueves a las 7 de la noche, durante todos esos años, e iba los jueves debido a que era el día que tenía libre en la tarde cada semana. Hubo ocasiones en que andaba de viaje en León o Guadalajara y salía de esas ciudades hacia acá calculando llegar a misa de 7. Recuerdo que Araceli, mi mujer, venía con el Jesús en la boca en la carretera, pues venía a una velocidad excesiva para llegar a misa. Una ocasión venía con mi papá de León y fue lo mismo, salimos de León como a las 6 de la tarde y ¡a darle! Mi papá me decía constantemente: ¡Ya bájele! Pobre, sufrió en ese viaje, pero llegué a tiempo a misa, y había que llegar a tiempo porque Luis Manuel era súper puntual para iniciar la misa. En una ocasión al terminar la misa Luis Manuel, cuando Luis Manuel se estaba quitando su indumentaria eclesiástica, volteó y me dijo: Tú eres “El hombre que fue jueves”. Y me dijo eso porque como le menciono, yo iba todos los jueves a misa. Luego me di cuenta que “El hombre que fue jueves”. Con curiosidad me avoqué a conseguir el libro y me di cuenta que era una de las novelas más populares del escritor y polemista británico G.K. Chesterton y que pertenecía a una variedad literaria peculiar. Aunque su revestimiento externo es el de una ingeniosa trama policiaca, donde el suspenso y la sorpresa juegan un papel destacado, la crítica ha creído ver en esta obra una novela de tesis. El fino sentido del humor de Chesterton lanza sus arpones envenenados contra la filosofía de Schopenhauer, encarnada en el profesor de Worms, contra el pensamiento de Nietzsche o la ideología anarquista emergente de su tiempo. Sin duda un libro muy interesante.