RODRIGO AVALOS ARIZMENDI

El pasado lunes, 5 de octubre, se cumplieron 10 años de la partida a la casa del Padre del Presbítero Luis Manuel Macías López. ¡Qué rápido ha pasado el tiempo! Se me hace imposible que ya pasaron 10 años con la ausencia de quien fue mi guía espiritual, lo mismo que para un gran número de fieles que lo siguieron a lo largo de su apostolado. Siento que hace apenas dos o tres años que se fue. Creo que eso se debe a que siempre lo recuerdo. Continuamente platico con él. Sobre todo en este último año; a partir de que mi padre falleció traté de imaginar qué me habría dicho el Padre para consolarme con sus palabras, con sus consejos, como lo llegó a hacer cuando estando él en vida me aconsejaba cuando tenía algún problema o alguna pena; cómo olvidar que él me aconsejó y me guió cuando tuve un conflicto que cambió el rumbo de mi vida; hasta el día de hoy tengo presentes sus palabras…¡Qué sabios y acertados sus consejos!

Conocí al Padre Luis Manuel cuando fue mi maestro en la carrera de arquitectura en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, en el año de 1975. Lo recuerdo muy joven y muy jovial, poseedor de un carisma tremendo. Muy delgado él, muy blanco, por ello en su casa le decían el “Güero”; de un carácter que era como un imán, muy atrayente. Yo nunca había tenido a un sacerdote como maestro en toda mi vida estudiantil. Su clase era muy esperada, pues su manera de dar la cátedra era ágil y muy relajada, era como un oasis en el desierto luego de tener clase con algunos maestros que eran todo lo contrario y a los que hubiéramos querido ni conocer. Con Luis Manuel se compensaban los malos momentos de otras cátedras.

A partir de la relación maestro-alumno que tuve con él en la universidad, comenzó mi relación sacerdote- feligrés; yo que era de poco ir a misa los domingos, pues los dedicaba a ir a jugar futbol, comencé a ir a misa con el padre Luis Manuel, ya fuera al Templo de Guadalupe a las 11 de la mañana o al Conventito a las 13:30. Y así empezó mi admiración y amistad con él desde ese tiempo. Fueron 35 años de una amistad muy intensa, muy franca, muy sincera y sobre todo de mucho afecto. Con mucho gusto esperaba los domingos para ir a misa; el ir a la celebración eucarística con él era como ir a una fiesta. Parte importante de la magia de sus misas era la homilía. Sin duda eran toda una enseñanza, una cátedra, un compendio de consejos para aplicar la palabra del Señor en nuestra vida diaria. En ese tiempo yo escribía una colaboración semanal en un diario local. Y cada domingo al escuchar su homilía pensaba: “Este mensaje no puede perderse al terminar la misa, no, este sermón que acaba de dar Luis Manuel ¡se debería de escribir y publicar! para que la gente que no viene a sus misas tenga oportunidad de gozar de sus exposiciones”. Así que un día invitamos a comer al Padre a la casa. Yo al principio pensé que no podría ir ya que él era un hombre muy ocupado, su agenda la tenía saturada, entre la universidad, el Marista y el Seminario así como sus labores en la Catedral, aparte de las entrevistas que daba en el Marista por la tarde a quienes tenían algún problema y que iban para que él los aconsejara. Hay que decir que Luis Manuel tenía un Doctorado en Psicología. Recuerdo que en una ocasión, estando en la universidad, le pregunté: “¿Si tuviera que decidirse en ser sacerdote o ser psicólogo, qué escogería usted? –Pues siempre le hablé de usted y él a mí de tú-, y me respondió: “Escogería en donde pudiera ayudar más”. Cuando lo invitamos a comer contestó de inmediato que sí. Nos pusimos de acuerdo en el día y la hora. La alegría de saber que el Padre estaría en casa acompañándonos a compartir el pan y la sal era algo muy hermoso, sentíamos como cuando va a venir a la casa algún  pariente muy querido que viva muy lejos y que hace años que no vemos. El día que programó para ir a comer era para nosotros un día de fiesta. Le preguntamos el día de la invitación: “Padre, ¿qué puede comer? ¿Qué le gusta? ¿Cuál es su platillo favorito?”. El contestó: “No se preocupen, como de todo, menos chile o cosas muy picosas”. Ya con esa indicación con mucho entusiasmo se preparó la comida. Y llegó el día esperado. El Padre llegó puntual en un auto que no le conocíamos, un auto nuevecito, un Pontiac Firebird, muy sport. Llegó sin las manos vacías, traía una botella de vino tinto, del que después supe le gustaba mucho a él: “Marqués de Cáceres”. Antes de pasar al comedor nos sentamos en la sala a tomar un aperitivo. Yo no sabía que es lo que él tomaba, no sabía lo que tomaba un sacerdote. Le pregunté que qué gustaba tomar y me contestó: “Lo que tengas, un whisky, una cerveza, lo que sea está bien”. Claro que yo estaba preparado para lo que gustara pero no sabía a ciencia cierta sus gustos. Nos servimos una cerveza y una botana. Y comenzamos a platicar, pero una plática que jamás habíamos tenido, como dos amigos de muchos años. Me comentó que cuando iba a Roma a él le gustaba un aguardiente llamado Grappa. ¿Lo has tomado? Me preguntó. No, le respondí de inmediato, “¡Es más no sabía que existía ese aguardiente! Y me platicó que Italia no sólo era un país de grandes vinos, sino que también ofrecía uno de los aguardientes más apreciados del mundo, la Grappa. Que era un aguardiente de orujo cuyos orígenes se remontaban hasta la antigüedad y que era una de los digestivos más populares entre los italianos. Me platicó que se elaboraba a partir del destilado de los restos de la uva exprimida, llamados vinacce. Y que en la actualidad se consideraba un producto sofisticado de gran calidad que no podía faltar en la sobremesa tras una buena comida y que era muy buena para la digestión y que se podía tomar por separado, tras terminar el café, o se puede añadir directamente a la taza para convertirlo en un café corretto. Seguimos en amena charla antes de pasar al comedor. Él se veía contento y relajado y me platicó de cuando en el Distrito Federal conduciendo él un Volkswagen tuvo un accidente con el auto que era de la escolta del presidente Echeverría. Y la culpa no había sido de él sino de los escoltas pues manejaban a exceso de velocidad pasando altos. Nos reímos mucho por la anécdota y el susto que había tenido Luis Manuel por haber chocado con quienes cuidaban al presidente de México.

–Continuará-