
Existen sucesos históricos que son recordados por su trascendencia institucional, o bien, por ilustrar la valía de aquellos personajes que constituyeron un cambio en el rumbo del país. Sin embargo, también hubo acontecimientos que recordamos no desde el asombro, la valentía y la inspiración, sino desde el dolor, la impotencia y la resistencia. El movimiento estudiantil del 02 de octubre de 1968, también conocido como “la Matanza de Tlatelolco” fue un episodio trágico donde el actuar despiadado de un régimen autoritario cobró la vida de decenas de estudiantes y otros cientos que fueron encarcelados o desaparecidos. ¿por qué? Por exigirle al gobierno que respetara la dignidad de las y los estudiantes y el derecho a pensar distinto.
El entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz ordenó la detención de los líderes del Consejo Nacional de Huelga, el cual se encargaba de organizar las manifestaciones y los actos de resistencia civil. La “excusa institucional” fue buscar mantener el orden y la paz durante los juegos olímpicos, sin embargo, estos actos evidenciaron la podredumbre de un sistema autoritario que se valía del ejército, un grupo paramilitar conocido como “Batallón Olimpia” y los medios de comunicación para cometer un crimen de Estado. Un crimen que a la fecha no se ha olvidado.
La resistencia estudiantil ha sido, desde tiempos inmemorables, un motor de transformación social. Más allá de las posturas ideológicas, los valores dinámicos que abona el pensamiento crítico que se gesta en las aulas de las universidades han sido los propulsores de cambios radicales en nuestro sistema y, por consecuencia, en el Estado mismo. Por ello, el recuerdo de un movimiento estudiantil que fue reprimido violentamente por las fuerzas armadas genera un álgido rencor social (sobre todo en quienes actualmente formamos parte de la academia), porque fue una muestra material de una acción conservadora y deshumanizada de control social, con la finalidad de perpetuar el estatus quo de un oficialismo arcaico y militarista, avivado por el corporativismo sindical y los discursos nacionalistas. O dicho de otra forma, la dictadura perfecta tal y como lo refirió Mario Vargas Llosa a inicios de la década de los 90´s.
Con el paso de los años, se han evidenciado las atrocidades cometidas en este periodo. En 1971, por ejemplo, se dio la “Matanza de Corpus Christi”, donde el ejército y otro grupo militar denominado “Los Halcones”, asesinaron a 225 personas (en su mayoría jóvenes estudiantes), buscando disolver una manifestación en la Ciudad de México convocada por alumnos de la UNAM, IPN y normalistas, en solidaridad con sus homólogos de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Por otra parte, también se dieron otro tipo de crímenes cometidos por el Estado, como fue el caso de Rosendo Radilla Pacheco, líder agrarista que fue sustraído por integrantes del ejército en 1974, siendo el primer caso documentado de desaparición forzada en el país.Son estos, y muchos otros casos similares, los que condujeron a la creación de sistemas de protección de Derechos Humanos, como es la Comisión Nacional de Derechos Humanos y sus homólogos en las entidades federativas, así como también impulsaron la concientización en todo el país sobre la importancia de denunciar y exigir justicia por estos crímenes. A pesar de esto, ¿qué tanto han cambiado las cosas?
El pasado 27 de septiembre se cumplieron 12 años de la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos (Ayotzinapa). A pesar de que el caso aún se encuentra en investigación (conteniendo un expediente de más de 5 millones de páginas con evidencia documental), los indicios sugieren la participación de elementos de la policía local, el ejército y un grupo delictivo denominado “Guerreros Unidos”, quienes de forma coordinada borraron todo rastro de 43 estudiantes quienes, a la fecha, aun se desconoce su paradero. A la fecha, existen aproximadamente 134 mil personas desaparecidas en el país, una cifra que no ha hecho más que crecer en los últimos años; y, aunque el Estado no es propiamente quien les ha desaparecido, lo cierto es que tampoco se ha logrado frenar el incremento sostenido de dichas desapariciones en todo el país. Me gustaría decir que las cosas han mejorado, pero la verdad es que seguimos acumulando casos de crímenes atroces.
A casi 60 años de la Matanza de Tlatelolco, estamos lejos de esa paz y pluralidad de ideas por las que salieron miles de estudiantes esa tarde del 02 de octubre. Por ello, la conmemoración debe orillarnos a hacer un ejercicio de introspección y de fomentar las lecciones que nos dejan estas atrocidades cometidas al motor de cambioen nuestra sociedad: las juventudes. Hace un par de años, recorría los pasillos de la universidad como estudiante, enojado e insatisfecho por lo poco que se ha hecho para cambiar las cosas; ahora, como profesor, recorro los mismos pasillos, solo que ahora cargo con la responsabilidad de sensibilizar el daño generacional que estos crímenes han dejado en nuestra sociedad.
Finalmente, no debemos dejar de exigir un país en el cual no se desaparezcan a las y los estudiantes por expresar sus ideas, así como también, un México en el que las desapariciones dejen de aumentar día con día.
Hasta entonces, con el mismo dolor de siempre, el 02 de Octubre no se olvida.








