COLUMNA CORTE“El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea el pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del valle de la oscuridad. Porque él es el verdadero guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. ¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡¡¡¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahvé cuando mi venganza caiga sobre ti!!!!”

·    Ezequiel 25:17 (justo antes que sepas que vas a morir)

La ficción pulp había dejado su marca en una generación huérfana de modelos culturales penetrantes o rebosantes en erudición. Cine, radio y literaturas tildadas de “baratas” horadaron la conciencia de aquellos inconformes con las estructuras formativas de antaño y cincelaron en su perspectiva un diseño perceptible que se volcaría ruidosamente como un atropellamiento de aparatosas consecuencias. En nuestro país, tal experiencia podría sintetizarse en el consumo regular de “Libros Vaqueros” y sesiones prolongadas a modo de amoríos furtivos con el cine B nacional, y su prole encontró voz en una versión análoga y sajona que provenía de los mismos arrabales intelectuales, pero canalizados en vías eminentemente cinematográficas y literarias: “Tiempos violentos”, la cinta que redefinió o aclaró para la masa el término “posmodernidad” y expuso un neo-nihilismo de catadura mediática que tomaría al resto de la narrativa occidental por la garganta y jamás, jamás la soltaría de nuevo. Una cinta que propulsó al Olimpo de la cultura pop a su director Quentin Tarantino y generó la violenta catarsis generacional que otras producciones propositivas y mordaces como “Psicosis” (Hitchcock, E.U., 1960) o “Naranja mecánica” (Kubrick, G.B., 1971) modelaron para la juventud de antaño al mostrar cómo era posible escupirle a tus mayores del Hollywood industrial con creativa sagacidad y sucia inteligencia y salirse con la suya, pues como todas las grandes películas, ésta también deconstruye y critica vedadamente la naturaleza misma del cine sin dedos flamígeros que apunten a los sospechosos de siempre.
La identidad paradigmática del filme se comprende con mayor satisfacción cuando se identifica su intertextualidad pop, pues allende a su cronología desmembrada, su tendencia a la violencia exquisita (no estilizada) y las actuaciones memorables, la película es una narrativa erigida a nivel referencial, donde los diálogos abundantes en discusiones de aparente banalidad revelan y amplifican la naturaleza de estos personajes extraídos del imaginario cultural, autodefiniéndose como los nuevos arquetipos de la mentalidad mediática cercana al nuevo siglo, y aquí yace la riqueza, valor y trascendencia de esta cinta, pues reconfiguró los valores estéticos y temáticos de lo que ahora es un cine de vena tradicional para dar paso a lo que décadas atrás Jean-luc Godard bosquejaba en sus obras de la Nueva Ola, al mostrarse irrespetuosa y altanera con los aspectos formales del lenguaje cinematográfico, juguetear con ello y dar a luz al siguiente paso.
Muy coherente con la naturaleza reformadora del filme, su historia es una de conversiones y transformaciones, con dos personajes muy claros en su protagonismo: Jules (Samuel L. Jackson) y Vincent (John Travolta); jocosa dupla sobre quienes la carga narrativa recae en su mayoría y que muestran a lo largo de sus brutales peripecias cómo la evolución vale la pena el riesgo. El primero consigue su epifanía en el punto climático de la cinta durante un atraco a un modesto restaurante -trastornando a su vez a la enamorada pareja tipo Bonnie y Clyde que lo perpetran-, mientras que el segundo lo encuentra después de una surrealista noche que involucra baile, un Hollywood recreado a modo de franquicia hamburguesera y una bella dama cocainómana (Uma Thurman), que es a la vez un ángel redentor y un demonio destructivo. El elemento inverso se encuentra en Butch (Bruce Willis), un ser que vive para mirar atrás en lugar de adelante, pues su existencia se ve marcada por el eterno retorno: un flashback donde conocemos una pieza de relojería que a la postre será invaluable, su regreso al domicilio donde se encuentra dicho artilugio a costa de su vida, su regreso al cuarto donde recién escapó para salvar al matón que lo persigue de un destino peor que la muerte y su regreso a Knoxville, donde el mencionado reloj fue comprado en un inicio por su abuelo. A diferencia de la línea nitszcheana que siguen Jules y Vincent, Butch es aquel que siempre recurrirá al pasado para dar cohesión a su existencia. Todos los componentes se entrelazan y encuentran su sino entre melodías que maximizan el aura nostálgica y cultural de esta Norteamérica alternativa.
Tarantino no sólo confeccionó su carta de amor a toda expresión cultural que mamó y perfiló su idiolecto en la carrera que ha labrado durante ocho cintas, también creó perspectiva, definió el modo en que se puede percibir y realizar cine para una generación Facebook en incubación y revaloró la ficción pulp, tan socavada y menospreciada por el mainstream, para su aprecio y análisis a futuro. “Tiempos Violentos” ha permanecido durante 20 años como un trabajo perenne, perfecto para su época e irónicamente referenciado a perpetuidad. Tan eterno como un reloj alojado en el recto.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com
Tumblr: johnny-dynamo.tumblr.com

¡Participa con tu opinión!