Alonso Vera
Agencia Reforma

Durante la aproximación del avión me sorprende la vastedad de la zona pantanosa que bordea, junto con el Océano Atlántico, a Miami, una de las ciudades más prósperas del mundo. Hay quienes la consideran incluso capital de América Latina, cuando menos del entretenimiento y las finanzas. En el siglo 16, Juan Ponce de León desembarcó en la bahía de Vizcaínas buscando la fuente de la juventud eterna. Desde entonces se convirtió en un punto de encuentro para todos los que aún creen en su existencia. Actualmente, uno de cada tres habitantes son de origen cubano.
De camino a mi hotel, el conductor recuerda con nostalgia la isla que le vio nacer. Hace cuatro años dejó a sus familiares. Intentó recordarles sin llorar, pero no lo logró. “Ya tú sabes”, dijo con la emoción a flor de piel mientras recobraba la compostura.
Entonces narró la épica travesía que vivió en busca de oportunidades, atravesando la espesa jungla del Ecuador. Más tarde, oculto en un contenedor repleto de gente, fruta y esperanzas para recorrer con miedo el territorio mexicano. Los ahorros de toda su vida y la vida misma depositada en los representantes de una industria creciente e indignante. La historia de cada conductor y mesera con quien tuve oportunidad de hablar fue idéntica, y no solamente en la Calle Ocho, donde me comí el mejor sándwich de jamón con lechón asado, salami, queso suizo, mostaza y muchos pepinillos.
Antes de llegar al elegante distrito financiero esperamos que un puente levadizo dejara pasar un gran yate color verde limón que navegaba el río Miami con rumbo al océano. Sobre cubierta se hizo evidente el culto que se tiene al cuerpo humano, a las curvas pronunciadas o al dinero que sustituye dientes blancos, bronceados y copetes en la batalla por la dominancia biológica.
Sobra la televisión cuando desde tu suite puedes mirar cientos de balcones y ventanas donde la vida cotidiana sucede sin interrupciones. Me siento un antropólogo inocente. Alrededor hay centros comerciales y boutiques. Las actividades favoritas parecen ser ir de compras, así como ver y ser vistos. El calor y la humedad determinan la moda y el ritmo. Todos me parecen salidos de un musical de alguna banda urbana.
Los alimentos y bebidas tradicionales son los mojitos y el sushi. Durante el día los locales suelen reposar alrededor de albercas. Es una deliciosa vida sin sentido.
Me gusta la vecina Miami Beach. Sufre lo que los expertos llaman una “amenaza existencial”. Plano y construido sobre suelo poroso, este colorido barrio se hunde en el fondo de un mar que se eleva tres veces más rápido que el promedio global. Se han invertido muchos millones de dólares elevando las calles y construyendo sistemas de bombeo para atender las inundaciones que, incluso, suceden aún cuando no haya tormentas. Se pronostica que estará cubierta de agua antes de que termine el siglo. Me gusta pasear para admirar su arquitectura y disfrutar el ambiente de la playa. Es porque me recuerda lo efímero de la vida.
Pero, sobre todo, me gustó visitar el barrio Wynwood. Hace una década Tony Goldman inició la revitalización de este barrio industrial repleto de almacenes con enormes paredes sin ventanas: el lienzo perfecto para el graffiti y el arte urbano. Tony curó uno de los museos callejeros más importantes del planeta, y ha recibido artistas callejeros como los famosos Osgemeos, Invader, Liqen y Aiko. Descubrir estas paredes fue mi actividad favorita durante esta travesía.